sábado, 22 de julio de 2017


ELEONORA FINKELSTEIN




1959



Partamos por un close up
a esa foto tuya
que me habría encantado conservar
pero que se nos perdió de vista
con tantas mudanzas.
Era el 59 y andabas por la vida
con 59 de cintura.
Y usabas pantalones, claro
(aunque no se alcance a ver).
Y fumabas.
Ya sé que te ibas a divorciar
(aunque tampoco se alcance a ver).
Increíble, súper rubia, sentada y mirando a la cámara
con esos anteojos negros en forma de alas
Y  esa remera rayada tan op-art.

Esa es mi madre, pero no era mi madre todavía.
La cabeza apenas inclinada y echada hacia atrás.
Un poco de Marilyn, otro poco de las chicas del Che.
Y el tipo de atrás, con los ojos como platos
y la frente enorme.
El que no le saca la vista de encima,
ese, es el músico cubano.
–habría jurado que era Miles–.

Demasiada luz, demasiado foco,
un toque de revolución
contra la multitud de fondo
(apenas linda, algo fea)
desdibujada de solo mirarte.

Y la risa, la risa inolvidable.
Por favor, no te burles de mí:
esa única imagen entre todas
es un lugar donde volver,
más allá de los muros,
de los idealistas a toda costa.
A medio camino y está bien:
entre el teatro y el partido.
Y más allá de las idas y las vueltas.
Del Sputnik , la máquina y el Beat.
Del Bebop y de Engels y de Marx.
Del “opio de los pueblos”  y tanto libro
y la Guerra Fría y Stanislavski y Elia Kazan.

Ahí estás, fija y perfecta, en esa vida eterna,
entre algunas referencias de aquel mundo
y un solo de trompeta ahogado,
que se va llevando la corriente
y nos deja sin batallas.
A medio camino y está bien.
Porque últimamente nadie sabe
dónde queda el horizonte y yo tampoco.
Aunque Dios, aún después de muerto,
es la fe de cada uno. Y está bien.




DIONICIO MORALES

  


Señales



VIII

Entreabriste tus ojos
de sol
          enarenados
y la mañana
perezosa
abrió
        sus
             alas


De: “Inscripciones y señales”


VÍCTOR HUGO




La mujer caída



¡Nunca insultéis a la mujer caída!
Nadie sabe qué peso la agobió,
ni cuántas luchas soportó en la vida,
¡hasta que al fin cayó!
¿Quién no ha visto mujeres sin aliento
asirse con afán a la virtud,
y resistir del vicio el duro viento
con serena actitud?
Gota de agua pendiente de una rama
que el viento agita y hace estremecer;
¡perla que el cáliz de la flor derrama,
y que es lodo al caer!
Pero aún puede la gota peregrina
su perdida pureza recobrar,
y resurgir del polvo, cristalina,
y ante la luz brillar.
Dejad amar a la mujer caída,
dejad al polvo su vital calor,
porque todo recobra nueva vida
con la luz y el amor.


JORGE GAITÁN DURÁN




Si mañana despierto



De súbito respira uno mejor y el aire de la primavera
Llega al fondo. Mas sólo ha sido un plazo
Que el sufrimiento concede para que digamos la palabra.
He ganado un día; he tenido el tiempo
En mi boca como un vino.
Suelo buscarme
En la ciudad que pasa como un barco de locos por la noche.
Sólo encuentro un rostro: hombre viejo y sin dientes
A quien la dinastía, el poder, la riqueza, el genio,
Todo le han dado al cabo, salvo la muerte.
Es un enemigo más temible que Dios,
El sueño que puedo ser si mañana despierto
Y sé que vivo.
Mas de súbito el alba
Me cae entre las manos como una naranja roja.



MARILINA RÉBORA




Con ojos de niña



Señor, siempre te veo con los ojos de niña:
Primero en el pesebre, aureolado de ovejas;
En lo alto, la estrella, que sus reflejos guiña
Sobre el burro y el buey al mover las orejas.

Hombre, vas por montaña, y por valle y campiña,
Curando enfermos graves que bordan las callejas,
La triste multitud que al oírte se apiña,
Y encima de las aguas caminando te alejas.

Al final, te imagino, arriba, entre las nubes,
Centro de los arcángeles con extendidas alas;
En macizo de flores —azucenas y calas—
Se abren las estrellas, por donde al Cielo subes.
Aunque me ves en casa, jugando sobre el piso
Y sonriendo desciendes hacia mí, de improviso.


MARUJA VIEIRA




Más que nunca



Porque amarte es así de dulce y hondo
como esta fiel serenidad del agua
que corre por la acequia derramando
su amorosa ternura sobre el campo.

Te amo en este sitio de campanas y árboles,
en esta brisa, en estos jazmines y estas dalias.
La vida y su belleza me llegan claramente
cuando pienso en tus ojos bajo este cielo pálido.

Sobre la yerba limpia y húmeda mis pisadas
no se oyen, no interrumpen el canto de los pájaros.
Ya la niebla desciende con la luz de la tarde
y en tu ausencia y mi angustia más que nunca te amo.



viernes, 21 de julio de 2017


TOMAS TRANSTRÖMER




Visión de la memoria



Una mañana de junio, demasiado temprano
para despertar, pero tarde para volver a dormirse.

Tengo que salir al verdor que está lleno
de recuerdos, y ellos me siguen con la mirada.

No se ven, se funden totalmente
con el fondo, camaleones perfectos.

Estoy a un paso de oírlos respirar
pero el canto del pájaro ensordece.



Versiones de Roberto Mascaró

De: “El cielo a medio hacer”


FEDERICO HERNÁNDEZ AGUILAR




Esta silla



Le pedí a esta silla que te esperara.

Disculpa si permanece fiel a mi desgracia,
si la encuentras firme como un soldado.

Ella no quiso dejarme solo.
Le hablé de ti con más pasión que la polilla.

Tuvo a bien agradecer con calma,
con resignada paciencia y con fricciones
-la casi inaudible voz de su madera-.

No se quejó como el casero,
no puso en duda mi avaricia,
no tuvo roces con mis llagas.

Por eso te espera, obediente;
por eso dice que estuve solo
y que mis abrigos ya no abrigan;
por eso nos ves aquí,
más honestos y amparados que una rabia.

Siéntate.

Ahora dinos que llegaste.


MARTA BRAIER




¿Te viste, voladora?



Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo SUBLIME
Oliverio Girondo



¿te viste, voladora,
al acecho la mano
de adorado temblor

húmeda raíz
encendiendo tardes
de un tiempo ido?

¿Juego de naipes barajás?

Enternece tu afán
la alegría del aire,

ay, hija del pavor


De: "Esta es la tierra, corazón"



RENE CHAR




El juicio de octubre



Mejilla contra mejilla dos pordioseras en su desamparo rígido;
La helada y el viento no las han instruido, las han ignorado;
Niñas de intrahistoria
Caídas de las estaciones que dejan atrás, y allí apretadas de pie.
No hay labios que las traspongan, la hora pasa.
No habrá ni rapto ni rencor.
Y el caminante pasa sin mirada ante ellas, ante nosotros.
Dos rosas perforadas por un anillo profundo
Ponen en su extrañeza algo de desafío.
¿Se pierde la vida de otro modo que por las espinas?
Claro que sí: por la flor, los largos días lo supieron.
Y el sol ha dejado de ser inicial.
Una noche, el día bajo, todo el riesgo, dos rosas,
Como la llama a cubierto, mejilla contra mejilla con quien
la mato.


Versión de Jorge Riechmann



DIONICIO MORALES




El alba anticipada
fragmento

A mi madre



Te fuiste tan de pronto,
cuando apenas mi noche maduraba.
No me diste el tiempo necesario
de preparar tus cosas para el viaje.
Te fuiste de repente.
Aún persigo incansable con mis manos
la nota vertical de tu sonrisa,
aún te busco incipiente por el tiempo
y no te encuentro hombre, amigo,
hermano de mis sueños clandestinos.

¿Dónde quedó tu paso, padre mío?
¿Qué cárcel subterránea te consume?
¿A dónde fue la ruta de tus ojos?
¿Qué sol penetra la tierra que te cubre?
¿Qué brazos te cobijan desde entonces?

Me hospedo en el paisaje.
Recorro las recámaras del tiempo,
la vista se me pierde en las ventanas,
te busco, de pared a pared, y no te encuentro.
Me tiendo mar adentro en la espesura,
reposo en los pasillos infinitos,
ahuyento con mis pasos tu presencia

y en el último peldaño de la noche, me detengo.
La mirada se vuelve hacia todos los lados
circunspecta, se suspende en la lámpara, se fija
y un resplandor sonríe a la deriva.

Me estaciono en el alba anticipada.
Me quedo allí clavado
conjugando tu acento con mi nombre
viendo cruzar los aros sorprendidos.
Mi sangre está de pie, fluye, se arrastra.
Se desprende mi ser. Se secó la raíz,
y es por eso que en mí, árbol herido,
llueve todos los días y a destiempo.


De: “El alba anticipada”


PAUL CELAN





Los años de ti a mí



De nuevo se ondula tu cabello cuando lloro. Con el azul de tus ojos
cubres la mesa de nuestro amor: un lecho entre verano y otoño.
Bebemos lo criado por alguien que no era yo, ni tú, ni un tercero:
saboreamos algo vacío y último.

Nos vemos en los espejos del mar profundo y nos pasamos más de prisa las viandas:
la noche es la noche, comienza con la mañana,
me tiende junto a ti.


De: "Amapola y memoria"

Versión de José Luis Reina Palazón





jueves, 20 de julio de 2017


ELVIRA SASTRE





Ruido




 Si te marchas

hazlo con ruido:

rompe las ventanas,

insulta a mis recuerdos,

tira al suelo todos y cada uno

de mis intentos

de alcanzarte,

convierte en grito a los orgasmos,

golpea con rabia el calor

abandonado, la calma fallecida, el amor

que no resiste,

destroza la casa

que no volverá a ser hogar.


 Hazlo como quieras,

pero hazlo con ruido.


No me dejes a solas con mi silencio.



PABLO GARCIA CASADO




Número trece



te despiertas miras la hora vas a la cocina
bebes agua te quedas sentada escuchando
el motor del frigorífico por el patio interior

los hijos de la vecina juegan a destrozarse
los oídos estás sola y te acude una inquietud
propia de domingos con resaca un nerviosismo

de condones rotos


De "Las afueras”




GONZALO ROJAS




Algo, alguien



Las personas son máscaras, las acciones son juegos de
enmascarados,
los deseos contribuyen al desarrollo normal de la farsa,
los hombres denominan toda esta multiplicidad de seres y
fenómenos,
y consumen el tesoro de sus días disfrazándose de muertos.

Yo vi el principio de esta especie de reptil y de nube;
se reunían por la noche en las cavernas;
dormían juntos para reproducirse.
Todos estaban solos con sus cuerpos desnudos.
En sus sueños volaban como todos los niños,
pero estaban seguros de su vuelo.

He nacido para conducirlos por el paso terrestre.
Soy la luz orgullosa del hombre encadenado.

Mío mi Dios, el viento que sopla sobre el mar del tormento
y del gozo,
el que arranca a los moribundos su más bella palabra,
el que ilumina la respiración de los vivientes,
el que aviva el fuego fragmentario de los pasajeros
sonámbulos;
el viento de su origen que sopla donde quiere; mis alas

invisibles están grabadas en su esqueleto.

En este instante,
todos los hombres están oyendo mi golpe, mi palabra:
los dejo en libertad.



ELVA MACÍAS




Ciudad interior

Fragmentos



Sólo una flama palpita como deseo escondido. Es la ora­ción del sastre que cae como aguja en la tarima del ter­ciopelo nocturno. Ahí donde se alzan de día los cuerpos desnudos esperando el entallado de sus ropas.

* * *

La ciudad ve partir a sus exarcas a países remotos, como la certidumbre de su cometido. Después de que el último peregrino recibe la sombra en su cuerpo, como un vaso olvidado, cierra sus puertas.

La ciudad vuela cuando el desierto enfría. Su muralla es el canto de una moneda que se acerca al ojo del Gran Coleccionista.

Lanzada al cofre de sombra como una parábola, encalla en mar ajeno.

Ojos que dormían se abren y no recuerdan un ocaso sin mar. Alaban y vuelven a cerrarse avecindados en su revelación.

* * *

Ah, ciudad que viaja para desconcierto de las caravanas. Ninguna cartografía señala su espesor de tejo sobre el polvo.

* * *

La ciudad contra el cielo avanza y deja tras de sí sus ce­menterios, ahuyenta bandadas de perdices. En los ojos de las aves nocturnas, el llanto de sus hijos extraviados. En la cancelación del duelo, su errancia interminable.



ÓSCAR HAHN




Invocación al lenguaje



Con vos quería hablar, hijo de la grandísima.
Ya me tienes cansado
de tanta esquividad y apartamiento,
con tus significantes y tus significados
y tu látigo húmedo
para tiranizar mi pensamiento.
Ahora te quiero ver, hijo de la grandísima,
porque me marcho al tiro al país de los mudos
y de los sordos y de los sordomudos.
Allí van a arrancarme la lengua de cuajo:
y sus rojas raíces colgantes
serán expuestas adobadas en sal
al azote furibundo del sol.
Con vos quería hablar, hijo de la grandísima.


JOSU LANDA




Dejad que los dioses vengan a mí



Ocho y media de hastío
preñando mi torre de papel
El asco ha esparcido ya sus sombras
Decreto mi propio toque de queda
Promulgo el fin de este día
muerto
como el día muerto de ayer
muerto
como el día muerto de mañana
y mi oficina abjura de la gran feria del mundo

Ahora
El Topos Hyperouranios está aquí
el Olimpo son las praderas de este cubículo
Aquí
Venus (la de tetas como soles)
hace de mi sangre una anémona
me incendia en el fuego de sus Tres Gracias
puebla de mirtos mis cabellos
y me prodiga la espuma de su mar

Aquí
Príapo (el hortelano
           falo siempre vivo
           hijo tercermundista de Afrodita y Dioniso)
recibe este verano mi espiga
(hostia de potencia campesina)

Hasta aquí llega Dioniso
a marcar mi alma con besos eleusinos
a seducirme con plegarias de hiedra y vino
a compartir conmigo sus sacramentos de orgía
(“Haz conmigo lo que te pluguiere:
conviérteme en delfín licencioso
en la más prístina cepa de tus vides
en el canto de las urracas del monte Citerón
Llévame contigo al entusiasmo
a la bacanal triunfante
Del final de los tiempos”
le digo)

Espero la llegada de Mnemósine
para abrevar en la poesía de sus pechos

Pronto vendrá Sileno
y
montará en su asno
y
su asno montará en los lomos
de todos los mortales
hasta la absolución del pecado de nacer

Antes de terminar este poema
esta comarca de máquinas de escribir
gavillas de roñoso papiro
dedos pintados de secretarias
grises archivadores
será el Templo Mayor
Delfos de los dioses más divinos
                                más humanos


De: “Bajos fondos”



miércoles, 19 de julio de 2017


MARISOL BOHÓRQUEZ GODOY



El poema que no quiso ser escrito



Fui testigo de la guerra antes de mi nacimiento
Yo era un trozo de carne que intentaba latir
en un vientre acechado por la angustia

Resistimos el hambre de los violentos
La lluvia borró el silencio que dejaron las balas
Lavamos nuestras pesadillas en los ríos teñidos de sangre
y mordimos la oscuridad hecha ceniza
para enfrentar el miedo a un nuevo amanecer
con la muerte esperando

Vimos madres llorar a sus hijos
y esposas que eclipsaron el día con el luto en sus ropas
Nos aferramos cada noche a la protección de unos dioses
que aún no muestran su rostro
y ocultamos los sueños bajo el dintel de la puerta

Nuestra herradura de la buena suerte
fue la bendecida víctima de una bala perdida
para que yo pudiera creer en los augurios


Yo vi la guerra antes de mi nacimiento
conocí el llanto de mi madre
y el estrépito en el corazón de mi padre
antes que los cantos de cuna

Vi el naranjo agrio llorar sus naranjas podridas
y servir de refugio a quienes bajo sus ramas
intentaron borrar el infierno de la memoria


Y me preguntan a mí ¿por qué no escribo poemas a cerca de la guerra?
A mí, que aún sigo intentando callar el eco de sus voces durante mis sueños



De: “La soledad de los espejos”

VICENTE QUIRARTE

  


Cuerpo Encarcelado



Cuando te verdaderamente beso toda, cuando dejo de pensar estos son dientes, lengua tibia, tu saliva, lentamente me entero de tu historia; y algo que no sabes tuyo me transmina, desencadena mareas inaudibles, como si mi cuerpo tendido en la arena fuera bahía que recibe al mar de la resaca. Ese beso llega de sorpresa, sin que podamos conjurarlo a tiempo, y todo le es propicio: el marco de una puerta que nos guarda de la lluvia, el intermedio entre los trastos, la cómplice penumbra de los parques. Pero si el beso ocurre en una cama, las sábanas combaten, como si ellas quisieran enterarse de su propio cuerpo, de aquel pliegue antes dormido que la nueva caricia reconoce. Porque esos besos son como el milagro que nos deja vivir los otros días en que nada parece rescatable. Y los milagros ocurren, para gracia de todos los mortales, de cuando en cuando y sólo si son absolutamente necesarios.

*
Cuando te tiendes desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios: el ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si, aun dormida, construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia —inútilmente— mi pasión, siento el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto.


FRANCISCO GONZALEZ DE LEON




Agua de luna



Las tertulias de la tienda de la Hacienda:
tienda de misceláneas y vejeces
de un magro viejecito.
Cuántas veces
pretextando regatear un alcatraz
a ella me asomaba,
por bañarme en la diáfana cisterna
de su genuina paz.

Hacia afuera la plazuela;
el patio hacia el interior;
fragancias a pan maduro y a encurtidos;
gorjeos y silbidos en las jaulas,
y en el huerto las sombras y el frescor.

Almas sencillas y campesinas,
almas desnudas,
sin filosofías ni dudas.

Por las mañanas una ardentía;
los zumbidos de las moscas en la tienda;
en la banqueta la resolana;
y en la capilla de la Hacienda,
la campana
señalando la equidistancia del mediodía.

Crepúsculos pintores por las tardes;
ápices de arbolados verdinegros
asomados de la huerta en los tapiales;
noches de sombras plurales
con la mermada prebenda
de aquellas poligonales
luces de las puertas de la tienda;
y noches de revancha y de fortuna,
con una inundación de luz abierta,
en que era la visión de la desierta
plazuela, una laguna,
colmada por el agua de la luna.


(Revista Coatl)



LUISA CASTRO




Reflexiones hipnagógicas



I

Imposibilidad del amor turco,
del amor que se arrecia en una estampa de niña desnutrida,
en un candente gesto de impotencia acribillada,
en la necedad y en lo vacío de unas muertes gratuitas
con su odio de vejeces aceleradas bajo la tristeza más simple
que se nos iba perdiendo -otro abandono más para nuestras vidas
sin lirismo.
Porque es lo inaudito
amarse en las basuras de una noche de viento
confundiéndonos del delirio infantil
y perverso de los gatos, contagiando
nuestros cabellos de la perfección y
la morosidad de la piel de las patatas,
embelleciéndonos los trajes con el contacto de la sangre
púber
que derrocha este desorden nocturno de finales de guerra
y destrozos humanos.
                 Punto.                          El viento.


II

Para encontrar pronto la Henoc robustecida de tu estrofa
donde también tenga cabida el amor en toda su vastedad
de azules.
Temprano es una palabra no muy bella que exige mujeres
repentinas y constelaciones espontáneas.
Quizá no sea preciso hablar de una truncada estrella
en las alcobas cuando algún crimen corrobora
la lentitud y la paciencia de unas medias desmayadas sobre
el suelo.
Y luego el acento agudo de tu risa tónica
clavándoseme en unas sangres que destila mi tristeza
atareada con las cosas más urgentes
desbaratándome un verso con su imprudencia de pájaro
cosiéndome los labios a pares suicidas
mutilándolos para lo más dulce,
negándoles tus arañas.


III

Sobre ti, sobre todo. Sobre lo que es locura
sobre todo en las mañanas necesarias del deseo,
en los tilos de un amor que se recupera de la desmesura
con un desayuno tardío
y el final de una historia mal mecanografiada de niños de ayer
que aún no sé, no sabes, si se han muerto, si van a
comprar la libertad de su poema
o si tienen que vivir
para una madre enferma de naufragios;
la historia siempre interrumpida por la inminencia
del dolor o del placer oscuro de los cuerpos,
la historia siempre interrumpida,
la historia siempre, siempre. Al final
siempre aquella cosa del término y el cierre,
la clausura,
el final.


IV

Pero ahora vamos cayéndonos en este desagravio de las fuerzas
y una ordenación de paralelas fijas
entreteje nuestros tiempos
señalados, abocados a la causa de las calles más anónimas
y mares y atmósferas tumultuosas y suburbios de palabras,
arrabales de gestos imprecisos, atajos peligrosos de llegar
antes de las diez para atrapar las primeras uvas
que desgaja el día.
                       Es la guerra, ya.
         Atiende, esta es la hora
                       propicia
                       para decir cosas como levántate, te amo, es tarde,
mi amor, qué tomas, sólo queda café y leche,
y cómo
nos queremos, decir no quieres más, estás cansado,
mi amor, mi amor, atiende,
                       son ya las diez
                       (cómo te maldigo),
         la guerra ahí afuera,
                       y tú, etcétera, márchate.
 

V

Habremos de volver, en todo caso, a la espesura,
a la concatenación de los días,
purgándonos el alma con dos soles de amianto,
haciéndonos las uñas con una suavidad de oficio
sin quebrantar las reglas de la moral que presiden los retratos
blanquinegros de las casas.

              Volveremos siempre,
aunque sea cierto que nunca se retorna,
aunque Nietzsche tenga o no la razón,
y nosotros
(indefensas criaturas de la fonética más ardua)
no sepamos escribirles el nombre a los filósofos, no sepamos
consumir
el goteo milenario y lentísimo de las estalagmitas,
aunque afuera, en el río callejero de los claxons
nos aturda un viento claro de poniente,
una confusión
de abreviaturas y escaparates.


VI

Pero ¿es necesario que te ausentes para el hambre?
No, dime que no como se dicen las canciones, t
dí no como una canción apenas retenida,
duda no para que la canción sea más lírica y
romance.
               No vamos a volver al filo estrecho de los meses,
no vamos a ser la estatua de sal,
               la mujer de Lot,
la destrucción de un renunciar,
               de un abdicar,
de una puerta maltratada.

               Y el abandono delante de las ventanas encendidas,
el abandono de un hombre-sombra borrado de la historia,
un hombre que apenas es objeto oscuro, macizo,
recortado, opaco, impenetrable
tras la luz que desbarata y obstruye
los sentidos,
la luz mortificante de ver cosas,
la luz que destruye y minimiza
el horror
de ser un ave bajo tierra.


VII

Es mejor, mi amor, el cuarto oscuro de los juegos
malogrados de la infancia.
dejemos los mediodías abiertos para los últimos
pobladores de la noche,
apenas Se te ve ya entre tanto rayo creador
y tanta renuncia de larvas.

Renunciar es esto.

Un temblor de temores bajando las escaleras,
cayendo hacia los portales barridos
y solitarios,
un agolpamiento de polvo, de tierra fértil y de
frutos dibujados en el movimiento súbito
de tu paso meteórico y fugaz
como Una ausencia de niños pálidos.

Tanto hueco.

Ausentarse es esto.

Así,
es mejor, mi amor, el cuarto oscuro de los juegos
aunque tu recorrido dure lo que duran las abejas.


VIII

Cómo he de decirte que vengo de beber de tus sequías,
cómo voy a contarte mi febril búsqueda de rastros
en tu cuerpo abandonado.
Otra cosa es la lluvia y los morteros patriarcales,
las herencias seculares de comerse una manzana,
las costumbres y atavismos de monedas insectívoras,
tu rostro adaptado a la geografía universal del hombre ameba.

Pero llego y se te borran los ojos,
las crines
de semental confuso se te vuelan
y ya no quedan en la superficie de tu cuerpo
estigmas de raza, edad, sexo o condena a muerte
y sólo eres ya una cosa rosa mate de pesada traslación
e ingente abrazo.
Eres únicamente una carne ciega y útil,
una carne abierta que maneja mis palabras,
carne viva, animal puro, sin timbre humano,
aproximándose al ser-latido, al primer peldaño de tu
génesis
violácea,
recordando el primer árbol, la primera gota,
el primer silencio.
Y entonces es cuando te amo, ciertamente.
No hay un amor suicida para cada minuto de cada catástrofe,
otra cosa es el olor que dejas en los pasillos
cuando es necesario que te vayas a la guerra,
mi amor,
a la guerra callejera del inmueble y la agonía.
Ah, el amor de nunca
retenido en los estantes suntuosos de la tradición amable,
pisado de polvo, arañado, entristecido,
apenas soleado, a una esquina de la muerte,
alguna vez te diré que no me angustia
este amor tártaro,
que solamente preciso de tu cálida carne siberiana.


De: "Odisea definitiva"