viernes, 10 de abril de 2026

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN

 

 

 

En el ir y venir

  

Introduce la mano como si estuviese envuelta en un guante de sangre.
Es una mano lacerada que conserva los cinco dedos juntos
tal como lo indica la disciplina. Busca el agua nueva.
Su instinto le indica un curso por descubrir
e ingresa en un enjambre de hierbas rígidas.

Jala, después de sacar el codo bastante alto:
alarga el brazo en toda su dimensión y reconoce
que ha creado un nuevo trazo en el espacio submarino.

Mueve discretamente el cuello. Le toca el turno
a la otra extremidad, dispuesta a meter esa mano tiesa
y a reconocer el ardor húmedo que señala,
en el ir y venir, la incólume raya negra.

La frente la tiene levantada. Lo necesario,
sin que deje de estar metida en el agua.
La nuca, en cambio, recibe al sol, al viento, a la garúa
y con los hombros son las dos partes de ese organismo
que se desplaza sosegado, respirando a su aire,
con la boca bien abierta, al sacar parte de la cara,
la mitad, tan solo, que se mantiene seco.

Cierto: es una balsa que se balancea nerviosa pasada la tarde
y adquiere consciencia de que se le viene la noche.
Se agita poco y su cuerpo se ha fusionado a esta agua limpia,
poza que bien podría denominarse de la Maravilla
en honor de quien la hizo,
cavando un agujero y destripando la vieja herida.

Va, llega a un borde, da la vuelta y recorre,
a la inversa, el exacto tramo rebalsado
sin perder la compostura, que es el estilo, la manera de hacerlo,
resguardado en las formas clásicas, lineales, tersas:
un brazo detrás de otro,
siempre dejando a las extremidades de abajo
hacer lo suyo, pateando, sin sacar agua, sumergidas,
evitando el desplome y asegurando el equilibrio.

 

 

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