sábado, 11 de abril de 2026


 

MADELINE MENDIETA

 


 

Puerta

  

Es cerrar la puerta lo que temo.
Claribel Alegría

Trémula la mano
Duda en el cerrojo
Girar la compuerta
Abrir una vez más el abismo.

Las cadenas de un puente levadizo
Tímidos los dedos empujan la puerta
La pupila escudriña
Dentro de un par de ojos perdidos
En un metálico sueño

“Deja la puerta abierta”
No cruces el umbral
del arco de cipreses
Aunque sepas el camino
Sabes que hay en él
Un jardín de senderos que se bifurcan
Un camino soleado a ciudad esmeralda
no hay migajas
Comidas por las aves.
Entras y te achicas
Entras y te agigantas
Entras y te pierdes corriendo tras el conejo
Entras y sientes miedo de no regresar.
No cierres la puerta
Déjala abierta para que pueda entrar la oscuridad.

 

ANTENOR SAMANIEGO

 

   

Santidad y diablura (XI)

  

Eje carnado en hemiciclos de oro.
Contienda de herejías y de ruegos.
Lujuria alucinante, meteoro
y arcángel, a la vez, de rostro griego.
Testuz el seno de escondido toro.
Purpúrea boca –insinuación de fuego-
Mármol triunfal, latente, gran tesoro
de Fidias o de Scopas, alterego…
Las rosas de Renoir su carnatura.
y en el enigma del mirar risueño
mezcla de santidad y de diablura.
Diosa de amor. En vano se sofoca,
volando en tu redor, el dios pequeño
para robarte un beso de la boca…

 

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN

 

 


Grito bajo el agua

  

Da la vuelta.
Coloca las plantas de los pies en la losa brillante.
Se encoge, se empuja, se desliza.
Es un trayecto que tiene en la raya negra
el único sendero, la única marca, el único hito.
Va bajo el agua con el peso excesivo de un cetáceo.
No está en edad para estos juegos de viejos perezosos
como si fuese una foca amasándose el bigote en la Antártida.
No hay noción de tiempo a la vista.
Continúa un momento
con esa sensación plástica del agua discurriendo
en tanto busca un agujero que garantice el desplazamiento
para emerger exacto a un animal que, por primera vez,
irrumpe en tierra y se topa con esa capa gris, perenne,
instalada de por vida en su ciudad.

Saca la cabeza.
Mira el burbujeante paisaje monótono
de un carril abandonado.
No tiene apuro. No esperan su palabra o su vértigo.
Hace poco, hará un par de años,
un muchacho lo miró con desprecio.
En sus ojos surcaba una flecha de odio.
Empezó a empujarse de lado a lado, risueño e idiotizado.
Después debió marcharse con su andar de muñeco
antes de que se confundiera el cloro con su propio orín.

Acostumbra llegar después de los entrenamientos
de los muchachones, de las doncellas, las chicas,
las algarabías, los silbatos, las ordenanzas
y de aquella repetición indefinida de ejercicios.
Llega rengo, con dos o tres heridas graves,
algunas cicatrices, magulladuras
y un par de traumas que prefiere retener
en cada uno de esos empujones por si le da por atorarse.

Convertido en un pegote hace las veces de muertito.
Le da por flotar, mover esas piernas ridículas
como si fuesen las hélices de un bimotor en la Ceja de Montaña;
va, se desliza, es un tórtolo arrugado, de alas plegadas.
Lo hace en estilo espalda. Es la hora en que no hay nadie.
Comparte ese instante con dos viejos y una anciana esbelta
que acostumbra surcar el aire oscuro en dos o tres brazadas
ayudada por esas aletas que él tanto detesta
en su pensamiento minimalista, naturalista,
de que hay que sumergirse prácticamente desnudo.
Él lo hace con una trusa indecente:
considera que debe dejar de lado el artificio.
Dar la cara, el nombre, las señas:
mostrar la panza, las pecas, las vísceras, esa es su estética.
Empujarse en una de esas, y al dar la vuelta,
no hacerle ascos al aire frío.
Tropezar de lleno, tal como colisiona una embarcación
arrastrada hacia el costado de un iceberg y, al final,
hacer suyo el rugido que proviene del remoto reino de la muerte.

 

 

JOSÉ RUIZ ROSAS

 

 

 

Yo tengo un sol opaco en la mirada
puesto a secarse allí como una estopa
y me ciega de veras, porque abundan
marginadas estrellas en los párpados
que concurren a diario entre la sombra,
leve delito de la luz, que cuaja
en pretéritas lágrimas de infancia
y, durecidas pústulas, legañas
estorban todo el porvenir del ámbito,
miran apenas huellas, más por tacto,
más por olfato que por fiel vislumbre.

Yo tengo el ojo así, túrbido y tenue,
pegado al microscopio, sin los ágiles
desplazamientos de húmedos microbios
atender, con la voz puesta de bruces
convertida en silencio desde el tiempo,
desde las hóspitas cavernas, desde
la pelambre aterida, desde el rayo
divinizado, desde el árbol mágico.

Yo tengo el tímpano más bien ligero,
el martillo en metal endurecido
como un desnudo afán de lluvias, como
un onanita enfermo en resonancias,
acuclillado caracol, dormido
estribo en los galopes de la noche,
oído en tajo al sol y a las tinieblas
como hendida raíz de intermitencias
resonando en porqués y cuándos, ecos
de los ecos que moran en el aire,
de lo que respiramos, convencidos
de asegurar las ondas sin estrépitos,
las paredes abiertas por la técnica
trayéndonos mensajes y leyéndonos
en alta voz las cosas más distantes,
ah laberinto al que retorna Dédalo
como herida paloma, eterno caos
que vuelve al punto umbilical ya seco.

Yo tengo el tacto ardido, porque toca
alguna vez la yema el frasco ajeno,
la mejilla pueril que riega el ojo,
la piel de la mujer, plena de esencias,
la insensata moneda que acaricio
en veces, yermo símbolo palpable,
y esta verdad ambiente en que ambulamos
del catre, de la mesa, de la ropa,
hasta llegar al más purificado
papel, página en blanco del poema,
margen desgarratriz de lo sensorio,
sutil profanación, cosa en la cosa,
eléctrico y sensual presentimiento
en claros eslabones y ataduras,
en diligentes florescencias náuticas
al azar controladas por cronógrafos,
entre la estricta realidad sumerso
con instantáneas fugas palpebrales.

Yo tengo, cual tú tienes, tan sin duda
este incómodo espejo en vano huero,
este acústico umbral siempre horadado,
esta sepulta cárcel transeúnte
caminados al cielo, en los compases
de qué mefisto ingenio calculados.

 

SEBASTIÁN SALAZAR BONDY

 

 

 

Peregrinaciones de las horas

  

VI

 

En todo aquello de que hablo hay temor,
hay piel de gato silenciosa por los suelos,
hay pequeñas imágenes y moscas y cuchillos
y gracia dulce en su saliva.

Madre escucha venir con sus coturnos de acecho
al dios de la salud en su coche de mimbre
y hay todavía en las ventanas que al estero
abren su interna paz de dormitorio,
el amuleto mágico de pelos,
el nudo, el alfiler muerto.

Hay un vago temor cuando algo se detiene o las cortinas
danzan al lado mismo de las almas cercanas.

 

 

GUADALUPE VELASCO

 

  

Añoranza del quinto día

 

En la noche del sexto día
Dios se asomó desde el cielo de Okavango
y vio junto a la charca
una elefanta muerta
—trozo de luna abandonando su brillo—
Alrededor de la cena imposible
leones hambrientos
 hienas
la cigüeña marabú
y al final de los huesos
el polvo
el marfil y el hombre
Y supo Dios
que no era bueno.