viernes, 22 de mayo de 2015

ELIZABETH BISHOP


 

Paisaje marino

 

Este paisaje celestial, con garzas blancas que ascienden
    como ángeles
volando tan alto como quieren y hacia ambos lados tan lejos
    como quieren
en hileras y más hileras de inmaculados reflejos;
esta región entera, desde la más alta de las garzas
hasta la ingrávida isla de mangles, aquí abajo,
con sus brillantes hojas verdes nítidamente orladas de
    excrementos
de pájaros, como estampa iluminada sobre plata, y los arcos
tan sugestivamente góticos de las raíces del manglar
y los hermosos prados verde habichuela
donde a veces un pez salta como una flor silvestre
en un ornamental rocío de rocío;
este cartón de Rafael, para alguna papal tapicería,
se parece al paraíso.
Pero el faro esquelético que allí se alza,
de clerical vestido blanco y negro, siempre alerta,
piensa que él sabe la verdad de las cosas.
Piensa que el infierno hierve a sus pies acerados,
que por ello son tan cálidos los bajos de las aguas;
sabe que el paraíso es diferente.
El cielo no es como volar o nadar,
tiene algo que ver con la negrura, y una fiera mirada,
y cuando se ensombrezca, recordará el faro
algo bastante rudo que decir sobre el tema.

 

ÁNGEL GONZÁLEZ


 

Porvenir

 

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
…Mañana!
                  Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

 

 

ALFREDO VEIRAVÉ


 

Mi casa es una parte del universo

 

Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
           la tierra
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.

 

 

GERARDO DENIZ



Duda

 

Mercurial,
suma de alboradas en la frecuentación del silencio,
ciervo cercado de rigor y bruma
y de esa envidia que al caer la noche,
mientras se oyen todavía los niños afuera,
se pone en la garganta —el pájaro vuela en círculos,
    desciende,
y al llegar tiende las garras anhelantes—, desde cualquier
    retorno,
desde quién sabe qué amistad.

                                                Porque creerlo es fácil, sí,
aun en estas fechas que a veces huelen como el agua de
    flores que se tiran, como el agua
del manglar, fría en lo hondo y que se pudre sin prisa. Feliz
    lenguaje
y la paciencia de la lluvia en los cristales, esta certeza de
    climas y de floras
o la figura hermosa de muchacha huesuda sacudiendo sus
    sandalias en la playa.

 

LÍBER FALCAO




Regreso

A Mario Arregui

 
Allí golpea lejos sobre el mar la lluvia.
Desde siempre y siempre.
Desde quién sabe qué oscuro designio,
allí golpea y golpea la lluvia sobre el mar.

¡Oh! inmemorial paisaje.
Monstruo paciente y solitario,
mar amargo, agua última
donde un hombre y su miedo
huyen, beben y vuelven
en secreto y solos.

Cuando de allí se vuelve
nada alcanza en la Tierra y todo es triste.
Sin embargo, con urgencias de ahogado
uno pregunta y llama, y otros nos oyen;
porque es preciso juntos, enterrar la muerte.

Y aunque llueve también sobre la Tierra
y sobre los campos y ciudades llueve,
lejos quedó lo que no tiene nombre
y alguien con visceral memoria
se rescata y vive.

Entonces, sí, qué alegría, sentir que estamos vivos,
ir por las calles con cantos de borracho
y sobre tantas cosas inefables y tristes,
poder de nuevo y otra vez, recuperar los días.

Así de oscuro, de embebido o muerto,
un hombre lleva su alegría por la tierra.

 

ELISEO DIEGO




Frente al espejo

 

    En un abrir y cerrar de ojos
ya no estarás en donde estabas:
un triste viejo está mirándote
con qué terror desde tu cara.

Mirándote ávido y mirándote
mientras la luz te da en su cara:
en un abrir y cerrar de ojos,
ni tú, ni él, ni nada.