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lunes, 29 de mayo de 2017

ABEL RUBÉN ROMERO




Voz remota



No el cuerpo ni los ojos,
la llama de lindes fatuos,
una cálida curva
hasta mi cráneo,
hasta mi sangre.

La llamada remota,
el tiempo incorruptible,
el pozo que acecha.

No los ojos,
el mirar de los dedos,
un respiro cuando la ansiedad se agolpa
y exhala en busca de sosiego.

No el cuerpo,
la carne.
No los ojos,
la mirada,
la ancestral llama(ra)da
siempre sola y sólo nuestra.

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martes, 23 de mayo de 2017

ABEL RUBÉN ROMERO

  


Bálsamo

Para G, por la sed compartida.



B(v)e(r)saré tu boca, tu cuello.
tus líneas aclamadas por los lobos y la tierra,
cada gota de sudor
que llama como incendio
para consumirse en tu alabanza.

B(v)e(r)saré
más allá de tus márgenes
para que cuando te desdibuje el tiempo
y resten sólo hilachos de memoria,
la palabra de mi boca testaruda
te preserve en esta luz que sobrevive.



miércoles, 17 de mayo de 2017

ABEL RUBÉN ROMERO




Comunión



Creen los deseosos,
las bestias de esperanza,
que algún día un hombre hallará
un trago de mil cuerpos sin fronteras
y un sopor de mar entre los muslos;
piensan que algún día un hombre de saliva
calzará luminiscentes lenguas
y abrirá al fin los ojos
y será carne pura su materia,
hombre largo, ancho, deslumbrante,
todo ojos de caricia
refugiado en un fuego sin extremos.
Entonces ese hombre
no tendrá dónde moverse
y será su carne extensa,
y su deseo, satisfecho
y perderá los ojos
y no será nunca más un hombre.



jueves, 11 de mayo de 2017

ABEL RUBÉN ROMERO




Obstinación



Donde otros ven cascajo
o escombros del incendio,
se yergue la melancolía.
El polvo es cordillera
de ayeres derruida;
la nostalgia, temblor
que apila el mundo en nuestros pasos.
Y por más que se quiera
prevenir quemazón y derrumbe,
escatimar el fuego, apuntalar la roca,
renovada imprudencia nos empuja:
quema nuevo el mundo en cada pecho,
quema un nuevo mundo antes sufrido.



viernes, 5 de mayo de 2017

ABEL RUBÉN ROMERO





No ansiamos amor,
ansiamos la muerte;
la muerte de dientes
y lenguas que caen
cual vidrio molido,
de labios rasgados,
de ojos henchidos,
de ropa que cae
trozando la piedra,
de gritos bramados
desde las paredes,
desde el tragaluz,
desde los espejos;
la muerte de hundirnos
en sitios angostos,
en voces procaces
que mecen su nombre,
que mugen su nombre,
que mojan su nombre;
la muerte que al fin,
chispeantes los ojos,
vibrantes las manos,
vencidos los huesos,
nos llena de vida.

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