"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 10 de enero de 2024
WILLIAM BUTLER YEATS
Cuando anciana
Cuando,
anciana y canosa, te domine el cansancio
y cabecees junto al fuego, toma este libro
y léelo sin prisa, y sueña con la vieja
ternura de tus ojos y con sus hondas sombras;
cuántos
amaron tus momentos de dicha y gracia
y amaron tu belleza con amor noble o falso;
pero un hombre amó en ti tu alma peregrina
y también las tristezas de tu rostro voluble;
y
mientras te reclinas junto al hogar radiante
musita con tristeza cómo el Amor huyó
y anduvo a grandes pasos por las altas montañas
hasta esconder su rostro en un tropel de estrellas.
De: “He extendido mis sueños
a tus pies”
URSULA K. LE GUIN
Canción
Oh,
cuando era una desastrada virgencita
me sentaba a arrancarme las costras de las rodillas
y soñaba con algún treintañero
y sin hacer nada hacía lo que quería.
Una
mujer se hace mayor y engendra,
tener y recibir es el femenino de vivir.
Lo sabía, lo sabía incluso entonces:
¿qué tenía yo que pudiera dar?
Un
cáliz rebosante, un cuerno de abundancia
lleno de más cosas de las que puede contener,
pero la leche y la miel se acabarán,
se quedará vacío, según se hace mayor.
Más
dentro que el sexo o incluso el vientre,
en lo más íntimo sigue la niña intacta,
la desastrada virgencita que se sienta y sueña
y no tiene nada que ver con la realidad.
De: “En busca de mi elegía”
BEATRIZ PÉREZ SÁNCHEZ
El
aire que ahora respiras se desvanece
y desciende hacia donde cavas tu tiempo.
Desciende
sin descender a la vez
y nos señala tu equilibrio.
Las
raíces son la tierra que componen una existencia.
Descienden como grumos
y en el trayecto se nos clavan.
Y
como un gusano hemos decidido bajar tempranamente a ese lugar donde nacimos.
Descendemos y no queremos saber.
Descendemos porque nos sostienes
Descendemos con el miedo del silbante que se sabe humano.
Descendemos
y enlazamos nuestra respiración con la permutante mezcla de ceniza y miel en
nuestro aliento.
Descendemos porque nos arraigas.
Descendemos hacia los días opacos.
De: “Memoria”
WILLIAM HENRY DAVIES
El perplejo Brown
Vino
un hombre a vendernos su camisa.
¡Un borracho misérrimo, sin blanca!
Riley, que por allí estaba sentado,
le susurró a Brown estas palabras:
“A
ese mendigo que ha pasado ahora
lo conocí yo en tiempos más boyantes.
Ganaba tres chelines en un día
cuando la recogida del guisante”.
“¡Dios
nos asista! ¿Quién lo hubiese dicho?”,
exclamó Brown, “Hoy cuesta imaginarlo:
pensar que el hombre fue lo que me cuentas
¡y hoy verlo taciturno y cabizbajo!”
“Si
fuese otro, Riley, quien contase
lo que tú me has contado”, siguió Brown,
“—¡Dios nos asista!— yo pondría en duda
que es como tú lo cuentas”, le gritó.
“No
lo vas a creer, pero hace años
conocí en este mismo albergue a alguien
que ahora es propietario”, dijo Brown,
“de una pescadería, ¿no es chocante?”.
“Un
tipo muy educado, pero hacía
cosas extrañas para un pordiosero:
lo vi una vez lavándose los dientes”,
exclamó Brown, “¡que me aspen si no es cierto!”.
Versión de Gabriel Insausti.
PAULA BOZALONGO
Psique no se resiste a la belleza
Cuando
se divorciaron
dejaron de ser héroes.
Con
el paso del tiempo
encontré su poder
en mi supervivencia,
en el esfuerzo desapercibido
del trabajo diario,
las discusiones o las advertencias,
el perdón incesante que procuran,
la locura con la que nos profesan
esa fidelidad casi suicida
aunque andemos, las hijas,
directas al desastre.
Después
del cáncer, todos
nos hicimos mortales.
Imperfectos, humanos
hoy nos sabemos hijas,
quizás madres,
que como todo héroe
han conocido el miedo.
De: “La piel de la naranja”
