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domingo, 29 de julio de 2018

MARIO BOJÓRQUEZ





Casida de la angustia



I

Un ácido durazno
una escaldada lengua de durazno
un picante y ardiente y amargo y picante durazno
en la escaldada lengua, oh tristes,
eso es la angustia.

¡Ah! sonrisa estudiada, aligerada, ensayada en el espejo
de lo que no digo.
¡Ah! estúpida respiración despepitada, oprimida, deletreada
veneno inocuo
ulceración.

Qué frágil corazón para el que sufre angustia
qué lenta máquina, qué desastrada
y lenta máquina es el corazón.


II

No conoció la fiebre
mi lengua no conoció la fiebre
no se alzó enardecida para un canto febril
sólo un cantar alegre
oh tristes
sólo un cantar alegre
cantaba mi lengua en su canción.


III

Este veneno ya estaba en mí
en mi sangre
antes de mí, mi sangre ardió,
antes de mí, mi sangre envenenaba a otros,
mi padre y su padre y sus abuelos, todos heridos
hasta el principio primordial.
Todos ardían como yo
todos arden conmigo.


IV

Pero el veneno escalda la lengua más feliz
¡oh, tristes!
Hablo de mí, sólo de mí.


De: “Diván de Mouraria”



miércoles, 11 de julio de 2018

MARIO BOJÓRQUEZ





Casida del odio
                                  


I

Todos tenemos una partícula de odio
un leve filamento dorando azul el día
en un oscuro lecho de magnolias.
                                  
                                  
II

Todos
tenemos una partícula de odio macerando sus jugos,
enmarcando su alegre floración,
su fruta lánguida.

¿Pero qué mares
ay, qué mares, qué abismos tempestuosos golpean
contra el pecho y en lugar de sonrisas abren garras colmillos?

Levanta el mar su enagua florecida, debajo de su piel va
creciendo una ola dispersada en su vacua intrepidez elástica.
Levanta el mar su odio y el estruendo se agita contra los muros
célibes del agua y atrás y más atrás viene otra ola, otro fermento,
otra forma secreta que el mar le da a su odio, se expande sábana
de espuma, se alza torre tachonada de urgencias; es monumento
en agua de la furia sin freno.
                                  

III

Todos tenemos
una partícula de odio
y cuando el hierro arde en los flancos marcados
y se siente el olor de la carne quemada
hay un grito tan hondo, una máscara en fuego
que incendia las palabras.


IV

Todos tenemos una
partícula de odio.

Y nuestros corazones
que fueron hechos para albergar amor
retuercen hoy los músculos, bombean
los jugos desesperados de la ira.

Y nuestros corazones
otro tiempo tan plenos
contraen cada fibra
y explotan.


V

Todos tenemos una partícula
de odio
un alto fuego quemándonos por dentro
una pica letal que orada nuestros órganos.

Sí, porque donde antes hubo
sangre caliente, floraciones de huesos explosivos,
médula sin carcoma,
empecinadamente, tercamente,
nos va creciendo el odio con su lengua escaldada
por el vinagre atroz del sinsentido.


VI

Todos tenemos una partícula de
odio
y cuando el índice se agita señalando con fuego,
cuando imprime en el aire su marca de lo infame,
cuando se erecta pleno falange por falange,
¡Ah! qué lluvia de ácidos reproches,
qué arduos continentes se contraen.

El gesto, el ademán, la mueca,
el dedo acusativo
y la uña,
                 ¡ay! la uña,
corva rodela hincándose en el pecho.


VII

Todos tenemos algo que reprocharle al mundo,
su inexacta porción de placer y de melancolía,
su pausada enojosa virtud de quedar más allá,
en otra parte,
donde nuestras manos se cierran con estruendo
aferradas al aire de la desilusión; su también,
por qué no, circunstancia de borde, de extrema lasitud,
de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas,

                                   
VIII

Todos tenemos algo que decir de los demás
y nos callamos.

Pero siempre detrás de la sonrisa
de los dientes felices, perfectos y blanquísimos
en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,
los verdugos amables.


IX (coda)

En alguna parte de nuestro cuerpo
hay una alarma súbita
un termostato alerta enviando sus pulsiones
algo que dice:
ahora
y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse por los ojos,
las mandíbulas truenan y mascan bocanadas de aire envenenado y la espina
dorsal, choque eléctrico, piano destrozado y molido por un hacha y los vellos,
las barbas y el escroto, se erizan puercoespín y las manos se hinchan de amoratadas
venas, el cuerpo se sacude convulsiones violentas y todo dura sólo, apenas, un segundo
y una última ola de sangre oxigenada nos regresa a la calma.


De: “Diván de Mouraria”


miércoles, 11 de abril de 2018

RICARDO MOLINARI





Casida de la bailarina

                                                     A Federico García Lorca




1

Quiero acordarme de una ciudad deshecha
junto a sus dos ríos sedientos;
quiero acordarme de la muerte de los jardines, del
agua verde que beben las palomas,
ahora que tú bailas, y cantas con una voz áspera de
     campamento;
quiero acordarme de la nieve que vuelve con la lluvia
para humedecer su boca de viento dormido, su luna
     abierta entre la yedra.
Quiero acordarme de mis amigos, ay, de cómo
     dormirá una mujer
que he querido.

Baila, aliento triste, alarido oscuro. Lleva tus pies
de acero sobre los alacranes
que tiemblan por las hojas de la madera,
golpeando sus tenazas de polvo
cerca de tu piel.
Baila, amanecida; empuja el aire con el calor del
     cuello, con la serpiente que conduces rota
en la mano enamorada y dura.

Yo estoy pendiente de ti, ensombrecido: tu canto
     me enfría la cara, me envenena el vello.
Qué haría para poder estar quieto,
abierto en tu garganta llena de barro,
hasta resbalarme por tu pecho, como una llama de rocío.

Baila sobre el desierto caliente,
Nilo de voz, delta de aire perecible.


2

Quisiera oír su voz que duerme inmensa con su narciso
     de sangre en el cuello,
con su noche abandonada en la tierra.

Quisiera ver su cara caída, impaciente sobre el amanecer,
junto a su viola de luz insuperable, a su ángel tibio;
su labio con su muerte, con su flor deliciosa sumergida.

Así, ofrecido; luna de jardín, perfume de fuente,
     de amor sin amor;
ah, su alto río encerrado, vagando por la aurora.


3

Rosa de cielo, de espacio melancólico;
Orfeo de aire, numeroso solo. Quien verá
su sombra cubriendo los árboles
o volviendo del agua, desnuda. Quién verá
la tarde que contuvo su cara de hombre muerto.
su soledad esparcida entre los ríos.


4

Baila, que él tiene el cuerpo cubierto de verguenza
y la lengua seca saliéndole por la boca dulce,
como una vena perdida.

Yo pienso en él, y ya no me duele el silencio,
porque nunca estará más cerca de la luz
que en su muerte. Su pobre muerte
encadenada.
¡Ya ve su sueño en el desierto!

Las altas tardes que van naciendo del mar, los pájaros
     con los árboles de las colinas; las gentes aún pegadas
     a las sombras,
a los ríos oscuros de la carne-

Su muerte, sí, su muerte, un poco de la nuestra;
de nuestra muerte sin premura. Ya estás ahí, solo
como alguno de nosotros en la vida.

Duerme, triste mío, perdido, que yo estoy oyendo
el canto del adufe que viene del desierto.


Enero 18 de 1937



jueves, 5 de abril de 2018

IBN ZAYDUN





Cásida XXII



Te recuerdo con nostalgia en al-Zahra[1]
claro el horizonte, puro el espejo de la tierra,
con la brisa tan suave de sus tardes,
que me compadece y con su piedad se hace más mansa.
Y los arriates con sus riachuelos de plata me sonríen
como con collares desgarrados de tu cuello.
Un día como otros de placeres ya pasados
en cuyas noches fuimos ladrones mientras el destino dormía.
Cautivados por las flores solícitas,
tan colmas de rocío que inclinaban sus tallos,
como ojos que contemplan mi descanso
y lloran por mí lágrimas a raudales.
Una rosa luciente en su trono de sol,
que aumenta a la mirada el esplendor de la mañana.
Un fragante nenúfar con ella rivaliza,
cuando la aurora aleja el sueño de sus hojas.
Todo aviva el recuerdo de mi amor,
por él se oprime mi pecho sin alivio.
¡Niégue Dios el reposo al corazón que de ti se olvidara
y no vuele otra vez con las alas vivaces de la pasión!
Si la brisa me tomara a su paso
te llevaría un hombre consumido por sus penas.
Si cumpliera el deseo de nuestra unión,
sería para mí el día más cumplido.
¡Mi joya la más preciosa y excelsa, tan querida
para mí!, cuando los amantes adquirían joyas de devoción.
En otro tiempo la emulación en el amor más puro
era la arena donde libres corríamos.
Pero hoy hasta el tiempo tan amable a mi lado
has olvidado, y quedo, ¡ay!, para siempre solo con mi amor.


                                       —Ibn Zaydún (m. 463 h / 1070 n.e.) Córdoba—


[1] Así era conocida la residencia califal de ‘Abd al Rhmán III, cerca de Córdoba; significa “la resplandeciente”.

lunes, 26 de marzo de 2018

FEDERICO GARCÍA LORCA





VIII Casida de la muchacha dorada



La muchacha dorada
se bañaba en el agua
y el agua se doraba.

Las algas y las ramas
en sombra la asombraban
y el ruiseñor cantaba
por la muchacha blanca.

Vino la noche clara,
turbia de plata mata,
con peladas montañas
bajo la brisa parda.

La muchacha mojada
era blanca en el agua,
y el agua, llamarada.

Vino el alba sin mancha,
con mil caras de vaca,
yerta y amortajada
con heladas guirnaldas.

La muchacha de lágrimas
se bañaba entre llamas,
y el ruiseñor lloraba
con las alas quemadas.

La muchacha dorada
era una blanca garza
y el agua la doraba.




martes, 20 de marzo de 2018

FEDERICO GARCÍA LORCA





VII Casida de la rosa



La rosa
no buscaba la aurora:
Casi eterna en su ramo
buscaba otra cosa.

La rosa
no buscaba ni ciencia ni sombra:
Confín de carne y sueño
buscaba otra cosa.

La rosa
no buscaba la rosa:
Inmóvil por el cielo
¡buscaba otra cosa!


miércoles, 14 de marzo de 2018

FEDERICO GARCÍA LORCA




VI  Casida de la mano imposible



Yo no quiero más que una mano;
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano
aunque pase mil noches sin lecho.

Sería un pálido lirio de cal.
Sería una paloma amarrada a mi corazón.
Sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.

Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía.
Yo no quiero más que esa mano
para tener un ala de mi muerte.

Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya. Astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.


jueves, 8 de marzo de 2018

FEDERICO GARCÍA LORCA




V  Casida del sueño al aire libre
  


Flor de jazmín y toro degollado.
Pavimento infinito. Mapa. Sala. Arpa. Alba.
La niña finge un toro de jazmines
y el toro es un sangriento crepúsculo que brama.

Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura,
y el toro circo azul sin lidiadores,
y un corazón al pie de una columna.

Pero el cielo es un elefante,
y el jazmín es un agua sin sangre
y la niña es un ramo nocturno
por el inmenso pavimento oscuro.

Entre el jazmín y el toro
o garfios de marfil o gente dormida.
En el jazmín un elefante y nubes
y en el toro el esqueleto de la niña.


viernes, 2 de marzo de 2018

FEDERICO GARCÍA LORCA





IV  Casida de la mujer tendida



Verte desnuda es recordar la Tierra.
La Tierra lisa, limpia de caballos.
La Tierra sin un junco, forma pura
cerrada al porvenir: confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.