domingo, 15 de febrero de 2026


 

BORIS ROZAS

 


 

Exilio

  

Saluda a Ingeborg Bachmann
mientras se queman
las columnas de Roma.
Hoy no habrá tormenta de rosas
en su honor,
salvas de afecto en el exilio.

La muerte se anuncia
como un perro
entre los cuerpos mordidos
en la tierra.

Bajo la mirada atenta
de los que decidimos quedarnos,
el silencio
permanece.

  

De: “Wes Borland aprende a tocar de oído”

 

 

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

 

  

La herida

  

Herida de mi infancia, que aún fulgura,
pues nunca se ha cerrado.
Hecha de soledad, de amor, de origen,
de mucha luz y tanto desamparo,
de cosas insondables que ocurrieron
y que siguen pasando.
Es una herida extraña, que duele y da consuelo.
De un signo u otro, de ella brota el canto.

  

De: “Mi tan ajeno yo. Autorretratos 1978-2025”

 

MARÍA BARCELÓ CHICO

 

 

 

Sostienes un lenguaje
que está roto.

Las palabras que exigen ser
escritas estallan en metálico
silencio.

No preguntes.
Ya no hay nadie.

Y todo está por decir.

  

De: “Acaso el grito”

 

MAY SARTON

 

  

 

Los sonetos de otoño

  

2

 

Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir
sus hojas, tan naturalmente, una por una;
si puedo llegar a saber lo que ellos saben,
que la caída es alivio, es consumación,
entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta
no perturbaría los grandes cielos lúdicos,
este otoño extrañísimo, dulce y severo.
Si puedo soportar lo oscuro con los ojos abiertos
y llamarlo estacional, no áspero o extraño
(porque también el amor necesita un tiempo de descanso),
y como un árbol estarme quieta ante los cambios,
perder lo que se pierda para guardar lo que se pueda,
la extraña raíz todavía viva bajo la nieve,
el amor resistirá –si puedo dejarte ir.

 

 

ALEJANDRO CÉSPEDES

 

 

 


 

Fragmento 19

El ojo incalculable (II)

  

Es hora de desmontar la tramoya de los sueños.
Meterla en una bolsa de pan Bimbo,
cerrarla con un nudo en el pescuezo
—igual que con los restos de pescado—
para que no desprenda su olor indeseable
cuando se tardan días en tirar la basura.

Ha llegado la hora de salir a la calle
y sumarse al siniestro desfile de los zombis,
al caminar estéril de millones de seres replicantes
donde, otro día más,
seguiremos pasando inadvertidos.

Todos somos dibujos bajo un papel de calco,
los hijos de un facsímil,
nietos de la matriz de un aguafuerte.

El ojo incalculable nos vigila.

Anuncios luminosos inundan las ciudades
donde deambulamos
y en todos aparece el mismo eslogan:
Lo que esperasteis hoy vendrá mañana.

La casa del dolor abre sus puertas.

El ojo incalculable cierra el párpado.

  

De: “Taller de relojería”

 

 

LUIS CHAVES

 

 

 

20 años después

  

Quinientos kilómetros sin hablar
no fueron suficientes para la iluminación.
En cambio, el paisaje en retirada
como los años venideros
y el raspado del viento
en el borde de las ventanas
parecían decir algo. O lo dijeron.

Llegar adonde íbamos
fue llegar adonde iban otros.
El plural es engañoso,
no lo es sin embargo el silencio
sostenido menos por voluntad que por
economía de recursos o por
una aerodinámica de la contemplación.

Estalló la pirotecnia de las nubes
cada fin de tarde; y la lluvia tibia
de ciertas noches alisó tu pelo
mientras veías desde afuera
habitaciones en las que alguien
encendía la luz.

Los menos afortunados
se conformaron con más.

Si nadie lo ha dicho todavía, es hora:
toda rama que cae del árbol
tiene forma de pájaro.