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viernes, 27 de marzo de 2015

GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO


  

Pronunciarte

Déjame
que con mi última ternura
alfombre tus pasos que se van.
                               Vladimir Mayakovski
 

 
Déjame contarte, querida niña,
que no se me acabe la memoria.

Déjame abrirme en tu carne,
amoldarme a tus huesos,
herirme en tu alma.

Déjame sorber tus ojos
como rodajas de cielo fresco,
y déjame robar
la espina que sube a tu cuello.

Déjame contarte, querida niña,
de mis viajes terrenales
a la gruta del miedo
o al triste pasaje
de mis más guardados recuerdos.

Déjame decirte
que hoy sé de abismales presagios,
de tus manos asustadas
y tu cara de encino.

Déjame tomarte libre de tardes,
de coronas impías coronando tus senos.
Déjame tenerte entre mis labios...

... yo quisiera que oprimieras mis labios,
y así, jamás decirte que te quiero.


 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2015

GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO


  

Pasar

 

Pasar de vos
sin verte,
tocarte,
y dejar de mí
el rastro
sediento,
aluvión de rosas
en mi pecho.

Pasar de vos
sin apremio ni amargura,
gratificante dolor,
médula inocua,
abierta.
Pasar de vos
sin quererte
y no dejar tendido
entre nuestras manos
el fraterno duelo
de palomas candentes.

Pasar de mí,
pasar de vos
de lejos,
que no pueda tocarte,
tenerte.
Pasar de vos y olvidarme,
comenzar el día sin vos,
sin mí,
y que todo se aleje...

y pase.

 

 

domingo, 15 de marzo de 2015

GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO


 
 
Fantasmas

 

Juro que los he visto,
en algún bar buscando ángeles borrachos,
mendigando bajo mis calles un poco
de resurrección.


lunes, 9 de marzo de 2015

GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO


  

                                             A Jacques Prévert

  

Calmada estaba la Aurora.
Callados los pechos heridos los hados.
La piedra secular pulida
la estatua grande y monumental.
Las calles extraviadas
y los muros abiertos.
La extraña ausencia de una dama,
burdel de incienso cura del ángel,
sombra inerte descuidado el llanto.
El paseante que adula,
la belleza que entra
en un purgatorio de ebrios.
La fuente ya seca
la tarde que la finge.
El edificio de las palomas rojas
abriendo sus puertas al oscuro diciembre.

Tus piernas que crujen cenizas del viento,
yo que me acerco y mi madre que llama,
llora, llora y gime que me acerque
-la tumba es demasiado angosta sutil el cuerpo-.
Mi padre ha fallecido
la hermana ríe los perros la siguen,
la estancia lejos la ventana se abre,
el sol que entra y el paseante ausente.
¿Qué nos va quedando detrás del hambre?

El hastío harto de sí mismo.
Con una linterna que alumbra su desnudez apócrifa;
su belfo limpio y disecado.
Efuminación latente del crisol del Alba.
El hastío aguardando y me detengo.




martes, 3 de marzo de 2015

GUSTAVO SOLÓRZANO ALFARO


 


 

Mi mano habita la muerte
sin corresponder nunca
su presagio de nacer.

El rostro es ceniza,
límite primigenio del horizonte
que yo antepongo en tus brazos.

Y vos tenés mi distancia cansada
más allá del olvido.

Cuerpo, destello frágil
del silencio perpetuado,
figura de barro en tu voz
cuando todos pedimos el presuroso
instante de volvernos aire
y polvo y ausencia,
cuando el viento apenas insinúa
nuestra espalda
y yo muero rompiendo distancias
de tu nombre.

¿Será tu nombre,
raíz última del aletargado respiro
en la incertidumbre del mundo ?
¿Será tu nombre?
O tan solo ambos cayendo
en la tarde partida
que nos encontró en su lecho.

Mis ojos murmuran su golpe amargo
de volverse extremos vedados
de un mismo cuerpo.

Tu nombre es el destino,
perfil obsoleto
de lo que nos queda
en esta mentira del crepúsculo.

Y solo vos tenés el final,
ser parte de estos días
en que hemos habitado
casi todas las muertes.