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jueves, 16 de octubre de 2025

NATALIE DIAZ

 

 

Aritmética estadounidense

 


Los indígenas norteamericanos son menos del

1 por ciento de la población de los Estados Unidos.

0.8 por ciento del 100 por ciento.

 

Oh, mi patria eficiente.

 

No recuerdo los días anteriores a Estados Unidos

—no recuerdo los días cuando todos estábamos aquí.

 

La policía mata nativos estadounidenses más

que cualquier otra raza. Raza es una palabra curiosa.

Raza implica que alguien ganará,¹

implica, tengo tantas posibilidades de ganar como…

 

¿Quién gana la carrera que no es una carrera?

 

El 1,9 por ciento de los asesinatos policiales

son de nativos estadounidenses, un porcentaje más alto

[per cápita que el de cualquier otra raza

 

—a veces raza significa corre.

 

No soy buena en matemáticas —¿puedes culparme?

He tenido una educación estadounidense.

 

Somos estadounidenses y somos menos del 1 por ciento

de los estadounidenses. Nos sale mejor morir

a manos de la policía que existir.

 

Cuando nos estamos muriendo, ¿a quién debemos llamar?

¿A la policía? ¿A nuestro senador?

Por favor, que alguien llame a mi madre.

 

En el Museo Nacional del Indio Americano,

el 68 por ciento de la colección es de Estados Unidos.

Estoy haciendo lo posible para no volverme un museo

de mí misma. Estoy haciendo lo posible por inhalar y exhalar.

 

Estoy rogándoles: Déjenme estar sola pero no me hagan invisible.

 

Pero en un cuarto estadounidense de cien personas

soy nativa estadounidense —menos de una, menos que

completa— menos que yo misma. Sólo una fracción

de un cuerpo, digamos, soy sólo una mano

 

—y cuando la deslizo bajo la blusa de mi amante

desaparezco por completo.

 

De: “Poema de amor poscolonial”

Versión de Elisa Díaz Castelo

 

 

1.- Nota de la Traductora: En inglés, la palabra race se utiliza para hablar de una etnia o raza pero significa, también, competencia o carrera.

 

martes, 14 de octubre de 2025

NATALIE DIAZ

 

  

Fueron los animales

 

 

Hoy mi hermano trajo un pedazo del arca
envuelta en una bolsa de plástico del súper.

Puso la bolsa en la mesa de mi comedor y la desanudó
para revelar una madera fracturada de un pie de largo.
Dio un paso hacia atrás y la señaló con un gesto
de brazos y manos abiertas:

Es el arca, dijo.
¿Te refieres al arca de Noé?
¿Acaso hay otra?
respondió.

Lee la inscripción, me dijo.
Dice lo que sucederá al final.
¿Qué final? quise saber.
Se rió, ¿A qué te refieres con «¿Qué final?»?
El final final.

Luego la extrajo. La bolsa de plástico cascabeleó.
Sus dedos, lisos por las ampollas de la pipa.
Sostenía con tanta gentileza el trozo de madera quebrada.
Había olvidado que mi hermano podía ser gentil.

La puso sobre la mesa como la gente en la televisión
coloca objetos que podrían estallar
o activarse —la colocó justo al lado de mi taza de café vacía.

No era un arca
—era la orilla rota de un marco para fotos,
tallada con flores en la superficie.

Recargó la cabeza en las manos.

No debía mostrarte esto…
Dios, ¿por qué le mostré esto?
Es tan antigua —Ay, Dios,
es tan vieja.

Bueno, cedí. ¿Dónde la conseguiste?
La chica, dijo él. Ay, la chica.
¿Cuál chica? pregunté.
Desearás no haberlo sabido nunca, me dijo.

Lo observé pasar sus dedos deshechos
por el trabajo floral y despostillado de la madera.

Deberías leerlo. Pero, ay, no podrías tolerarlo
—sin importar cuántos libros hayas leído.

 Estaba equivocado. Pude tolerar el arca.
Incluso pude tolerar sus dedos maravillosamente jodidos.
Cómo, casi, brillaban.

Fueron los animales —a los animales no pude tolerarlos

—subieron por la pasarela y entraron a mi casa,
rompieron el marco de la puerta con sus cascos y caderas,
me pasaron de largo, entraron en mi cocina, en mi hermano.

Sus colas serpentearon sobre mis pies antes de desaparecer
como los cables de las aspiradoras rebobinándose en los huecos
de las clavículas de mi hermano. Los colmillos rayaban las paredes,

extendiéndose hacia él: ñus, cerdos,
los oryx de negra y concordante cornamenta,
jabalíes, jaguares, pumas y aves de rapiña. Los ocelotes
con sus rostros matemáticos. Tantos tipos de cabras.
Tantos tipos de criaturas.

Quería seguirlos, llegar al fondo del asunto,
pero mi hermano me detuvo.

Esto es algo serio, dijo.
Tienes que entender.
Puede salvarte.

Así que tomé asiento, con mi hermano arruinado y abierto así,
y, de dos en dos, las bestias fantásticas
lo desfilaron. Me senté, mientras el agua caía sobre mis tobillos,
se elevaba a mi alrededor y llenaba mi taza de café
antes de que flotara lejos de la mesa.

Mi hermano —abarrotado de sombras—
un casco de huesos, encendido por dientes y colmillos,
levantaba bien alto su arca en el aire.

  

De: “Poema de amor poscolonial”

Versión de Elisa Díaz Castelo

 

 

martes, 7 de octubre de 2025

NATALIE DIAZ

 

  

La cura para la melancolía es tomar los cuernos 

Alguna vez se pensó que el cuerno molido de unicornio curaba la melancolía.

 

 

Lo que carga el daño no es nunca la herida

sino el jardín encarnado que el cuerno borda

al retirarse —cuando ella se retiró. Estoy floreando

rozagante ausencia —una alarma brillante.

 

Brodsky dijo, La oscuridad restaura lo que la luz no puede

reparar. Me entusiasmaste —rasgada hasta la cresta.

Lo quiero todo —el toro de ébano y la luna.

Vengo y de nuevo por el cuerno de melaza.

 

La reina Isabel intercambió un castillo por un solo cuerno.

Yo atiendo el reino de mis manos

—un ejército de tacto que marcha por el alcázar de tus muslos

en voz alta y brillante como cualquier cuerno de guerra.

 

Llego hasta ti —mitad bestia, half feast.

Noche tras noche cosechamos el Iliac

Forest luxado, segamos la fruta oscureciente entibiada con

[especias

en nuestras bocas, separamos lo dulce de la espina.

 

Mi linternista. Tus manos, pabilo en la lámpara bronce

de mi pecho. Rózame hasta sacar chispa

—tiémblame hasta el asombro. En tu regazo

deja que recueste mis pesados cuernos.

 

Cumplí la profecía de tu garganta, suelta en ti

el ala fabulosa de mi boca. Rojo fantasma

sagrado y rojo. Dejé mi cuerpo y hablé con Dios, volví

angelada en serafina —con alas de cobre y cuernos.

 

Nuestros cuerpos no son sino lugares donde ser poseídas,

como en, Dios, me tenía agarrada por el cuello,

por la cadera, por la luna. Dios,

ella me lastimó con mis propios cuernos.

 

De: “Poema de amor poscolonial”

Versión de Elisa Díaz Castelo

 

 

 

lunes, 30 de diciembre de 2024

NATALIE DIAZ

 

 


Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones con mi hermano llegan a silencios incómodos

 

 

Perdónenme, guerras distantes, por traer

flores a casa.

             Wislawa Szmborska

 

 

En las montañas de Cachemira,

mi hermano tiroteó a muchos hombres,

hizo estallar cráneos en pieles morenas,

tiñó de carmesí la blanca arena del desierto.

 

¿Qué se puede decir a un hombre

que ha recorrido un mundo así,

cuyas manos y cuyos ojos

lo han traicionado?

 

¿Había flores por allá?  Pregunté

 

Esta fue su respuesta:

 

En una aldea, una turba de hombres

envolvió a una mujer en sábanas.

La mujer no se resistió.

Sus pies descalzos se arrastraban en el polvo.

 

La acostaron sobre el camino

y la apedrearon.

 

El primer hombre era su padre.

Lanzó dos piedras, una tras otra.

En el camino, el hermano de la mujer

le había llenado los bolsillos de piedras.

 

La multitud era un enjambre

de abejas trastornadas. La andanada

de piedras contra su cuerpo

ahogó sus gemidos.

 

La sangre estalló en las sábanas

como un racimo de violetas,

como cien rosas en flor.

 

Versión de Francisco Larios

 

 

miércoles, 2 de marzo de 2022

NATALIE DIAZ

 


 

Cuando mi hermano era un Azteca

 

 

vivía en el sótano y sacrificaba a mis padres
cada mañana. Algo espantoso. Imperdonable.
Pero ellos volvían por más. Lo amaban, era cuanto podían decir.

Todo comenzó con él rebotando por la Avenida de los Muertos,
mis padres caminando detrás como efigies en una procesión,
él podía arder sobre el piso en cualquier momento. Ellos no sabían

qué mas hacer salvo estar ahí para recogerlo cuando muriera.
Olvidaron quién estaba muriendo, quién estaba ya muerto. Mi hermano
dejó de ponerse la camisa cuando un carnaval de mujeres de pechos sucios

lo convirtió en su líder, siguiéndolo arriba y abajo de las escaleras.
Eran acróbatas, ondulaban, sacudiéndose como serpientes. Lo alimentaban
con diamantes molidos y fuego. Él devoraba sus regalos. Mis padres

le suplicaban que les arrancara los ojos. Él se creyó
Huitzilopochtli, un dios, mitad hombre, mitad colibrí. Mis padres
a sus pies, eran rotos chupadores de miel. Él les acercó su boca como espada,

los engulló, sacándoles el color hasta que las cejas les quedaron blancas.
Mi hermano los estrujó y descuartizó en el altar de sus celebraciones,
agitó en los puños sus corazones temblorosos,

mientras perros pulguientos corrían arriba y abajo de las escaleras lamiéndose el culo,
tirándose mordiscos. Los vecinos se sorprendían de que los corazones de mis padres
volvieran a crecer. Decía mucho de mis padres, o de los corazones de los padres.

Mi hermano los sumergió en cenotes, los tiró de los acantilados,
agujereó sus cráneos como vasos o jarras inservibles que fueran,
los despedazó para alimentar a los dioses que gobernaban

los coños de rata de las putas picadas de viruela
abriéndose de piernas en casas colgantes sin luz. Dormía
con la ropa oliendo a durazno podrido y cerillos, se enamoró

de las cucharas burbujeantes con las que lo alimentaban las mujeres-perro. Mis padres
perdieron el apetito de comida y de hijos. Como todos los reyes malvados, mi hermano,
el Azteca, llevaba una corona, una gorra de béisbol puesta hacia atrás

con la bandera de México bordada. Cuando la usaba
en el patio de la casa, que consideraba su Zócalo personal,
su rebaño sabía que él tenía el poder ese día, que poseía todas las joyas

que un monarca puede comer, fumar o inyectarse. Las esclavas
se aproximaban a la cerca y comían de su mano. Les daba para su maiz
por entre los eslabones de sus cadenas. Mis padres miraban desde la ventana,

lloraban de ver su casa convertida en un zoológico, y era su hijo el que estaba
encerrado en una jaula oxidada. El Azteca encontró su corte en un matorral
al otro lado de la calle, entre pavorreales. Mis padres cruzaban los dedos

para que no volviera, le ponían veladoras
para que sí. Siempre regresaba con plumas de jade y turquesa,
oliendo a la mierda de los pavorreales. Mis padres levantaban

lo que él dejó de sus cuerpos, intentaban sostenerse sin piernas,
eludir sus golpes con brazos ausentes, buscándose los dedos
para juntarlos y rezar, para salir de cualquier vientre negro al que mi hermano,
el Azteca, los hubiese arrojado.

 

 

jueves, 24 de febrero de 2022

NATALIE DIAZ

 

  

Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones con mi hermano alcanzan incómodos silencios

Perdónenme guerras distantes, por traer
flores a la casa
.
Wislawa Szymborska

 

 

En las montañas de Cachemira
mi hermano mató muchos hombres,
voló cráneos debajo de pieles oscuras
tiñó el blanco desierto de rojo carmesí.

¿Qué se le puede decir a un hombre
que atravesó un mundo así
donde sus manos y sus ojos
lo traicionaron?

¿Había flores allá?
le pregunté.

Esto me dijo:

En una aldea, muchos hombres
envolvieron a una mujer en una sábana.
Ella no opuso resistencia.
Le arrastraron los pies descalzos por el suelo.

La acostaron sobre el camino
y la lapidaron.

El primero fue el padre.
Arrojó dos piedras al hilo.
En el trayecto su hermano
se había llenado las bolsas con piedras.

La multitud reunida
era un enjambre alborotado. La lluvia
de rocas contra su cuerpo
ahogó los gemidos de la mujer.

Manchas de sangre en la sábana,
un ramo de violetas,
cien rosales en flor.

 

 

viernes, 18 de febrero de 2022

NATALIE DIAZ

 

  

Hacia las puertas amaranto del amor y de la guerra

 

 

Esta noche la ciudad es destello.
Lo que queda de un temporal de Agosto
es calor y humedad. Tras la ventana abierta,
la farola es una colmena en miel que podría cortar
con mi mano, mi palma un pozo de luz.

En la televisión, bombas como campanillas de plata
tañen sobre borroso horizonte—
Lo único que sé sobre la guerra es gana.
¿Qué es un muro sino un objeto que hay que empujar?
¿Qué es una alcoba sino un epicentro
de saqueo? ¿Y qué puedo hacer con cien hogares
sino abandonarlos como cartuchos gastados del deseo?

El zumbido de las ardientes, azules moléculas de ozono—
un hipotálamo de clarines de caballería—
me llama para algo—tú,
tan dispuesta a ser triturada. Podría morirme.
Me inclino, te beso sentada en el sofá,
imagino que estamos tendidas
sobre aquel desierto enjoyado de escombros—
la única aflicción es tu boca,
solo me duele no llegar a tu fondo—
las explosiones son contra nosotras.

La guerra no es más
que un recordatorio de Misa.
El tañer de las campanas, tus suspiros.
Las bombas, un carnaval de cuerpos, de tacto,
de todas las cosas que queremos probar—
un trozo de manzana empapado en vinagre,
una naranja roja henchida como un pecho—
esos mendigos de dientes.

Te quiero así—lo justo para crujirte
rumbo a un silencio hecho de pedazos de plata.

Allá afuera, los autos corren las resbalosas calles.
Mi boca está en tu cadera—
por arrancar solo este pedazo tuyo daría la vida,
por vaciar tu brillante vestido sobre el piso,
mientras las largas y sombrías piernas de las bombas,
me llevan a las puertas amaranto de la ciudad.

 

 

sábado, 12 de febrero de 2022

NATALIE DIAZ



 

Ligera luz de sangre

 

 

Mi hermano sostiene un cuchillo.
Ha decidido apuñalar a mi padre.

Esto podría ser una historia bíblica,
si no fuera ya una historia sobre estrellas.

Lloro alacranes —escorpiones repiquetean
y caen al piso como tijeras metálicas amarillas.

Caen boca arriba, sobre la espalda y los ojos
pero se retuercen y se voltean sobre sus vientres segmentados.

Mi hermano olvidó ponerse los zapatos de nuevo.
Mis escorpiones lo rodean, latigan sus tobillos.

En ellos está lo que me punza
—hacen que mi hermano caiga al suelo.

Se levanta, todavía con el cuchillo en mano.
Mi padre salió corriendo de la casa,

lloraba por la calle como un farolero
—pero nadie encendió sus luces. Está oscuro.

Sólo queda la luz que emanan los escorpiones
—queda una luz pequeña también en el cuchillo.

Ahora mi hermano me quiere dar el cuchillo.
Alguien podría decir, Mi hermano quiere apuñalarme.

Intenta pasármelo —como si se tratara de algo bueno.
Como si dijera, ¿No quieres un poco de luz en el vientre?

Así como Orión y Escorpio
—a lo largo de toda esa noche negra— se pasan el sol.

Mi hermano se suelta la mandíbula
—entre sus dientes, pulsa la roja Antares.

Una manera de abrir el cuerpo a las estrellas: con un cuchillo.
Una manera de amar a una hermana: ayúdala a sangrar luz ligera.

 

domingo, 6 de febrero de 2022

NATALIE DIAZ

 

 

Poema de amor poscolonial

 

 

Me enseñaron que las sanguinarias pueden curar la mordedura

[de serpiente,

pueden detener el sangrado —casi todos olvidaron esto

cuando acabó la guerra. La guerra acabó,

dependiendo de a cuál guerra te refieras: aquellas que empezamos,

las anteriores, hace milenios y más,

aquellas que me empezaron a mí, que yo perdí y gané

—aquellas heridas que florecen sin pausa.

Un salario me dio forma, libra a libra. Y yo libro el amor y cosas

[peores:

siempre hay otra campaña que atravesar marchando,

una noche en el desierto para el relámpago de cañón de tu pálida

piel apaciguada en tu pecho, laguna de plata y humo.

Desmonto mi caballo oscuro, me inclino ante ti, te entrego

el tirón fuerte de mi sed, de todas.

Aprendí Bebe en un país de sequía.

El dolor nos place, dejamos marcas

del tamaño de piedras  —cada cabojón pulido

por nuestras bocas. Yo, tu lapidaria, tu rueda lapidaria,

giro —verde moteado rojo—

el jaspe de nuestro deseo.

En mi desierto hay flores salvajes

que tardan hasta veinte años en abrirse.

Las semillas duermen como geodas bajo la arena caliente del

[feldespato

hasta que un destello de inundación estremece el arroyo,

[levantándolas

en su flujo de cobre, las abre de memoria

—recuerdan lo que su dios les murmuró

en las costillas: Despierta y duélete por tu vida.

Donde estuvieron tus manos hay diamantes

en mis hombros, deslizándose por mi espalda, muslos

—soy tu culebra.

Estoy en el polvo por ti.

Tus caderas son luz de cuarzo y peligro,

dos carneros de cuernos rosados que trepan una estela suave

[de desierto

antes de que el cielo de noviembre desate un diluvio de cien años

—el desierto devuelto de pronto a su mar antiguo.

Levántate, heliotropo silvestre, hierba del escorpión,

facelia azul que sostiene el morado como un cuello puede

[sostener

la forma de cualquier gran mano.

Manos grandes, así llamaba ella a las mías.

La lluvia vendrá en algún momento, o no. e

Hasta entonces, tocamos nuestros cuerpos como heridas—

la guerra no terminó nunca y de algún modo comienza de nuevo.