miércoles, 3 de junio de 2026


 

AURELIO PASTORI

  

 

El promotor

  

Recorre prolijamente las casas.
No encuentra en ellas a nadie.
Camina veredas deshabitadas.
Vehículos enfrascados llenan las calles.
Llama por teléfonos digitales.
Le responden
con precisión
los contestadores.
Envía folletos por el correo
a nombres desconocidos y direcciones.
Entra en la red
con sus dedos
y ahí también
queda el mensaje
flotando.

Vuelve a su hogar
un poco cansado de dialogar
con tantos.
Encendido el televisor
la gente que no descubrió
durante el día
ahora desfila.
Todos dicen lo mismo que él.

 

VÍCTOR FOWLER

 

 

 

Nada de lo perdido volverá con la lluvia

 

Nada de lo perdido volverá con la lluvia.
Las voces, los gestos de aquellos
a quienes deseábamos
y ahora son un hueco en la respiración.

Quemaduras al bosque de las mesas,
en las paredes, encima de la piel.
El agua será una purificación,
pero no un regreso.

No vuelven los objetos, ni sonidos,
ni escenas que tuvieron algún significado
o incumplieron su misión.

Tal vez, mientras observamos absortos
la enorme pared de agua que se desploma,
pasa lo Perdido, aunque irreconocible ya.
La memoria lo ha transformado en bucólico.

¿Quién tocaba a la puerta aquella vez?
¿Qué mano recorría los cabellos
haciendo breves surcos
y era un placer sentirla?

Sensaciones lejanas, perdidas.

Tal vez enfrente de nuestros ojos
todo se repite, pero gastadas las formas,
como en los aquelarres.

Quemaduras al borde de las mesas,
en las paredes, encima de la piel.
Quemaduras en el cerebro.

Establecer analogías con el agua
es el peligro en este país
donde nunca termina de llover.

 

ARMANDO CERÓN CASTILLO

 

  

 

El alucinado

  

Vengo de un continente alucinado
Con las alas girando en pesadillas
Y en las manos escritos de recuerdos.

Vengo de las espinas del desierto
Con la arena pegada en las heridas
Y la duda pulsando el pensamiento

Llego de los naufragios de un velero
Con el mar dibujado en las miradas
Y el azul de la estrella en el ensueño.

Vengo de algún sendero introspectivo.
De riberas salobres de la angustia
Y de la oscura sonrisa del hastío.

Me sumerjo en aquello nunca visto,
En fantasmas que visten a las noches
Y en el yo de otro yo desconocido.

Enajenado ruedo en torbellinos,
En luchas de raíces subjetivas
Y en garras lujuriosas sin destino.

Oquedad ululante en otros signos,
Vivo la eternidad en cada instante
Y esculco las palabras al vacío.

Hambre de perfección, sed de infinito,
Hacia fuera, hacia dentro, en cada paso
Cruzan interrogantes mis caminos.

En la voz de esperanzas y lamentos
-este dolor de sangre enamorada-
desata sus quimeras en el viento.

Y así viajo en mis versos -peregrinos-
Para enlazar los sueños de la altura
Y jugar la razón en laberintos.

 

JAIME LIZAMA

 

 

 

Rodrigo Lira y la contingencia

 

Rodrigo Lira fue un poeta de una dura y
Despiadada contingencia biográfica.
No ocultaba ni ficcionaba absolutamente nada.
Hasta su currículum vitae formó parte de su desesperada
Poética,
Una poética como si fuera
El último intento de abrazar de una vez por todas
La contingencia radical de los “otros”.

 

EDITH SITWELL

 

 

 

Aún cae la lluvia

 

Aún cae la lluvia—
Oscura como el mundo del hombre, negra como nuestra pérdida—
Ciega como los mil novecientos cuarenta clavos
Sobre la Cruz.

Aún cae la lluvia
Con un sonido como el pulso del corazón que se vuelve martillo
En el Campo del Alfarero, y el rumor de los pies impíos

Sobre la Tumba:
Aún cae la lluvia

En el Campo de Sangre donde germinan las pequeñas esperanzas y el cerebro humano
Alimenta su codicia, ese gusano con la frente de Caín.

Aún cae la lluvia
A los pies del Hombre Hambriento colgado en la Cruz.
Cristo que cada día, cada noche, clavos allí, ten piedad de nosotros—
De Dives y de Lázaro:
Bajo la lluvia la llaga y el oro son uno.

Aún cae la lluvia—
Aún cae la Sangre del costado herido del Hombre Hambriento:
Él lleva en Su Corazón todas las heridas—las de la luz que murió,
La última chispa tenue
En el corazón que se suicida, las heridas de la triste noche incomprendida,
Las heridas del oso acosado—
El oso ciego y lloroso al que los guardianes golpean
En su carne indefensa… las lágrimas de la liebre perseguida.

Aún cae la lluvia—
Entonces—Oh saltaré hacia mi Dios: ¿quién me arrastra abajo?—
Mira, mira dónde la sangre de Cristo corre por el firmamento:
Fluye desde la Frente que clavamos en el árbol

Hasta el moribundo, hasta el corazón sediento
Que sostiene los fuegos del mundo—manchado de dolor oscuro
Como la corona de laurel de César.

Entonces suena la voz de Aquel que, como el corazón del hombre,
Fue una vez un niño que yació entre bestias—
“Aún amo, aún derramo mi luz inocente, mi Sangre, por ti.”

 

GABRIEL ARTURO CASTRO

 

 

 

Aurora

  

Desnudos, humeantes,
bajo la eterna noche de estrellas primitivas,
con los ojos cerrados y lejos del mundo,
tomamos un trozo de hueso y lo frotamos.
Quizás sea el reinicio que nos lleve a la aurora.