Era
como Dios. Ocupaba como Dios
el centro de mi plexo.
No es atroz decirlo. Era como Dios.
Yo le rezaba.
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
Era
como Dios. Ocupaba como Dios
el centro de mi plexo.
No es atroz decirlo. Era como Dios.
Yo le rezaba.
Decime
si aparecer
es como venir sin nunca haber estado
o si es haber estado
y nunca aparecido.
Tránsito de fuego
Yo
no sé de cenizas, sé de fuego.
No me conforman formas contraídas.
No sé tocar el frío, no lo puedo.
Ni sé vivir así, desposeída.
Quiero
atajar el aire, contraerlo.
Secar el viento que levanta cieno.
Mostrarte qué fragor el poseerlo,
Decirte por qué vivo, por qué peno.
Y me
miro las manos y me miro
Este ardor y esta llaga que se crecen.
Este dolor, y ya, ya no respiro,
Porque crezco de nuevo aunque me cesen.
Haz
un garabato en el cielo
sé un avioncito de juguete
con la cola de humo
y escríbeme “te quiero”
Recojo
apenas a penas junto
un poco de besos la piel del abrazo
una ceja / esquivo el hielo / el filo
del cuchillo / doy de comer al labio
inferior / busco la oreja izquierda
digo el mensaje cierro el recorrido
y un terremoto atronador
me arrastra sin sentido.
Borra
esa marca, bórrala,
es de noche y aunque no se ve
se verá igual cuando enseguida aclare.
Tanta raya en las manos tanta búsqueda
tanto camino incierto y más que cierto.
Porque en el mundo se abren tantos ojos
así como se cierran otros tantos
la multiplicidad de la mirada vuelve
al abrir y cerrar y eso es lo cierto.
Si
es un riel
de esos que no corren
aunque debieran correr y
deslizarse no insistas.
No insistas.