"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 3 de diciembre de 2024
JANETH TOLEDO
cierro
de golpe los párpados
buscando
la fe
esa
que me interpela y me invita a creer
en
el cuenco inverso de las manos
lo
luminoso de su mundo
el
aliento de sus mantras
en
cada flor colapsada
se
repone la vida
y
cruje como un prodigio
que
estremece el vientre
territorio
de escondrijos
de
horas violentas y arañazos
sitio
de orfandades
De: Lugares rotos
DANIEL ARELLA
Carta abierta de despedida a la poesía
Desde
que usted se fue camino más lento
Lo
supe cuando una niña caminando a mi lado
me
alcanzó y me miró como diciendo que ella era más rápida
Cada
paso que doy es un sonido seco que ocurre en otro lugar
y de
pronto descubro que es el eco
y
entro en cuenta que nunca he movido un pie
Desde
que usted se fue leo más lento
¿No
te ha sucedido, acaso, que aparece una hormiga
—apresurada
y perdida— sobre la hoja del libro de poesía que estás leyendo?
¿Entonces
dejas de leer y ves en la hormiga una letra fugitiva
que
persigue la palabra exacta de tu sentimiento?
[¿La
letra fugada del poema imposible?]
Definitivamente
soy más lento desde que usted partió
Cualquier
insecto es una explicación —diría el viejo Whitman, siempre
oportuno— pero ahora ya no leo ni escribo
como
el mendigo que piensa que el mundo es su mano— recojo cosas de la calle para
salvarme:
semillas
de árboles, lazos de niñas, exámenes de escolares, mariposas muertas, flores
solitarias, plumas, chapas, botones, piedras, tornillos, tuercas, tapas de
cesta, metras, alas de libélulas, antenas de radio o televisores, hebillas,
monedas, recibos comerciales con títulos de “Repuestos El Toro” y “La fuente”,
estampillas religiosas, patas de araña, tapas, sellos, cintas, frascos, gomas,
pedazos de vidrio, cds rotos, balines, barajas:
E
intuyo que son poemas insustituibles que traduce el azar
Y
recuerdo que son poemas que les fue dando forma la intemperie
hasta
ser encontrados por mi mano
Y
siento en mi amanecer recóndito que están vivos
o
son peces por un instante desolado parecido a la luz
Y
siento así que cualquier cosa es una explicación
Y
que Whitman soy yo y mis zapatos
Desde
que te fuiste soy más lento, como caracolado por tu adiós
Cada letra una hora
cada
palabra un día
cada
semana un verso
de este poema último
lento
casi
inmóvil
que
te espera
sin morir
DAFNE BENJUMEA
Señor
Cuervo:
Son
los siglos una luna oscura
que
cabe en la cajita de mi ambición
Cazo
con estacas y no quedan carpinteros;
a la
cabeza del gusano, en su lodo,
apunté
Oh,
herir sin dudar,
pues
yo soy la Gran Herida del mundo
MIHAÏ BENIUC
Antes del invierno
Este
es mi tiempo, el otoñal, el último.
Ataré
mi caballo del tronco de algún árbol
en
el lindero de la selva oscura
y me
extraviaré por los campos que huelen
a
lentas flores tristes, a frases muy maduras,
a
hierbas marchitadas por la helada nocturna.
Podré
escuchar al grillo que intermitentemente,
solitario,
afligido, guarda su violín.
Golondrinas,
halcones y grullas se marcharon,
ya
no hay más resplandor que el de la estrella
de
la tarde, en el cielo como un lar apagado.
La
alta cima, de un día a otro, estará nevada,
y
yo, cerca del fuego, en mi retiro,
me
pondré mi zamarra de piel, amortajando
en
los recuerdos el hogar del alma.
Cual
si perteneciera a la edad de la piedra,
tanto
se amontonaron, con los años que pasan,
tristezas,
aventuras y residuos de sueños.
Este
es mi tiempo, el otoñal, el último.
El
lago está más claro, pero más fría la onda.
y la
hoja verde, enrojecida, gualda,
se
balancea y cae como antes lo hacía.
Voluptuoso
juego este de ir al descenso
en
los racimos de uvas que han guardado la fuerza
y la
miel de la tierra en su granos pesados.
Se
canta en los lagares y cuán hermosas son
las
mujeres que hacen la vendimia riendo.
Sobre
el lago azulado el viento se estremece
y un
inquieto temblor se extiende por las aguas
como
el que al primer beso aparece en los ojos
cuando
al prender la fina cintura de la amada
se
siente que el gran Eras te ha vencido.
¿Todavía
el otoño tiene tales encantos
cuando
ves en las cumbres la nieve deslumbrante?
¡Ah!,
el otoño, el otoño es aún mucho más rico,
más
denso de secretos y también más profundo,
con
días cual lagartos que pasean al sol,
noches
de terciopelo y brillantes estrellas
que
parecen aún más altas y lejanas
de
este globo terrestre, cuya pequeña barca
gira
rápidamente alrededor del sol,
al tiempo que nosotros, entre tantos aromas,
somos,
presos del vértigo y locos de entusiasmo,
como
niños que montan caballos de madera.
Pronto
de todos modos va a descender la noche
y
hacia las casas vamos llorosos, pues los padres
-o
el destino- nos tienen prohibido
dar
vueltas en la feria también después de muertos.
Otoño,
otoño, ay, mi estación bien amada,
cuánto,
cuánto te quise, pero ya envejecí
y si
en los caballitos de madera
no
puedo montar más, es ciertamente signo
de
que les llegó a otros el turno y la ocasión
de
que el gran torbellino los lleve en su locura.
MARIO BENEDETTI
Nadie lo sabe
Nadie
lo sabe
Nadie
ni
el río
ni
la calle
ni
el tiempo
ni
el espía
ni
el poder
ni
el mendigo
ni
el juez
ni el labriego
ni el papa
nadie
lo sabe
nadie
yo
tampoco
PABLO NERUDA
Agua sexual
Rodando
a goterones solos,
a
gotas como dientes,
a
espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando
a goterones,
cae
el agua,
como
una espada en gotas,
como
un desgarrador río de vidrio,
cae
mordiendo,
golpeando
el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo
cosas abandonadas, empapando lo oscuro.
Solamente
es un soplo, más húmedo que el llanto,
un
líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un
movimiento agudo,
haciéndose,
espesándose,
cae
el agua,
a
goterones lentos,
hacia
su mar, hacia su seco océano,
hacia
su ola sin agua.
Veo
el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas,
cigarras,
poblaciones,
estímulos,
habitaciones,
niñas
durmiendo
con las manos en el corazón,
soñando
con bandidos, con incendios,
veo
barcos,
veo
árboles de médula
erizados
como gatos rabiosos,
veo
sangre, puñales y medias de mujer,
y
pelos de hombre,
veo
camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.
Veo
los sueños sigilosos,
admito
los postreros días,
y
también los orígenes, y también los recuerdos,
como
un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy
mirando.
Y
entonces hay este sonido:
un
ruido rojo de huesos,
un
pegarse de carne,
y
piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo
escucho entre el disparo de los besos,
escucho,
sacudido entre respiraciones y sollozos.
Estoy
mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del
alma
en
la tierra,
y
con las dos mitades del alma miro al mundo.
y
aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo
caer un agua sorda,
a
goterones sordos.
Es
como un huracán de gelatina,
como
una catarata de espermas y medusas.
Veo
correr un arco iris turbio.
Veo
pasar sus aguas a través de los huesos.