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lunes, 27 de enero de 2020

CARLOS VILLALOBOS




  
Exhumación de la Madre



No, Madre, no estás piedra sin palabras en la tumba.
Tu cadáver aún sabe a beso.
Tu vientre es una llaga en llamas
que alumbra cuando Dios se apaga.

No, Madre, no estás en el fondo de los perros.
No cupo tu nombre en las fosas que dejó el olvido.

Aún hay saliva de la luna en tu cadera.
Aún hay ceniza de tu hueso cada viernes.

He visto tu evangelio carcomido por la culpa.
He visto la luz a rastras en los templos del castigo.

Urge, Madre Nuestra, que regrese tu regazo,
que nos salves del humo,
y del aliento que madura con el trueno.

Urge que nos laves la duda con la duda misma
que nos quites del ojo estos buitres del noveno mandamiento.




miércoles, 15 de enero de 2020

CARLOS VILLALOBOS





Diosa de los viernes



Pinta ya tus labios con el magma de los tigres
y ven conmigo a los altares de la cama.
  
Pinta ya tus uñas con la sangre de la noche
y ven a emborrachar de Venus este mito.
  
Ensilla los gatos de correr a la batalla,
carga las ballestas ya de pájaros en celo,
y deja que ancle un barco de guerra en tu cintura.
  
Vamos, Freya, suelta ya los linces boreales de tu pelo.
Vístete de llama y baila a quemarropa este deleite.

 Vamos, que ya es viernes en todos
los rincones de la Tierra.




jueves, 9 de enero de 2020

CARLOS VILLALOBOS





Chimalma



Se te antoja un tal guerrero
de nombre Mixcóatl.

Se te antoja su miedo y la belleza,
y tú, Chimalma, desnuda del arco y de las flechas,

desnuda de la muerte,
lo derrotas en batalla.

A ti, Chimalma, no te toca su donaire
ni las fechas que te lanza.

Tú, Chimalma, simplemente
lo derrotas para amarlo.



viernes, 3 de enero de 2020

CARLOS VILLALOBOS





Diana



No.
No fue la primera oscuridad de Dios.
No fue la herida que llamó a la muerte.

Diana fue la primera luz de los profetas,
la primera sed que da la sal cuando amanece.

No fue fácil esconder la sangre de mujer en los silencios.
No fue fácil negarle el deseo al labio de la piedra.

Lucifer, su hermano, lo supo demasiado tarde.
Quiso matarla con las misas de la culpa,
pero Diana fue siempre más astuta.

Ahora ella es el ojo de un felino,
el caldo de las ollas,
y la yema de las llamas.

Es ella la que corta yerbas para amar.
Es ella la que sube por los montes en busca de la llaga.

Los hombres que cortejan a la muerte la buscan para hacerla suya,
pero Diana es siempre más astuta.

Los curas de los templos ebrios
la buscan con los perros más borrachos.
Pero Diana es siempre más astuta.

De su lengua de partera es hija Aradia.

La niña también sabe cocinar
las uñas de la noche,

también sabe vestirse de sueño
cuando llegan los que duermen.

Madre e hija son la misma abeja
y el mismo hilo de las ruecas.

Son las hojas de un árbol que lo sabe todo:

El evangelio de las brujas.