jueves, 22 de octubre de 2026


 

ANA ROMANO

 


 


C

  

Indulgentes

                   conceden

Enguantadas

                     convalidan

eclipsadas

                 consagraciones.

 

ANA PORTNOY BRIMMER

 

  

 

Fresas

 

   Siempre me dijeron que las fresas no se daban
   en Puerto Rico. No teníamos el clima.

Aquí arriba, en esta finca, más allá del cadáver
petrolero de Peñuelas, donde hasta

   los colibríes se marean con la altura,
   pedacitos de fresa se zafan como joyas

de un collar sobre mi lengua. El agricultor las recoge
dulcemente de su escondite—cálidas

   y tiernas al absorber las golpizas del mundo—
   mientras nos enseña su cultivo de café.

Crecemos el café bajo sombra.
Pienso en todo el trabajo que hacemos en las tinieblas.

   Criar café bajo el sol es impaciente
   y amortigua el sabor estratificado

como esta roca que es montaña,
esta montaña que es isla.

   Todas las plantas son paciencia vegetal.
   el café es un parto lento, grano de empuje

que puede tardar hasta cuatro años en madurar.
Intercalado con guineos, papayas y pelitre

   para ahuyentar plagas, permitir un crecimiento justo
   y solidario, una existencia abundante—esta cosecha

empinada es todo lo que buscamos ser.
El agricultor dice que después del huracán

   perdieron la mayoría de sus arbustos de café.
   Las semillas fueron arrastradas con todo lo demás.

Semilleras multinacionales proponen acuerdos y ofrecen semillas
para que agricultorxs locales las siembren y se las vendan de vuelta.

   Tenemos que sembrar lo nuestro para entendernos nuestres,
   sonríe, rompe la cáscara del fruto,

deja caer el cuerpo pulposo
en mi mano y me invita a probarlo.

   Siempre me dijeron que la libertad no llegaría
   para Puerto Rico. No teníamos el clima.

Le pregunto al agricultor sobre las fresas. Son silvestres,
responde, admirando su hermoso exceso.

 

CARLOS A. COLÓN RUIZ

 

  

 

XV

 

Cualesquiera las personas
   que carecen de importancia al trabajo de la mirada
   buscando inmortalidades en cuerpos y objetos
   añorando a convertirse en miedos rotos
   siendo una absoluta decisión desplomarse
   en una región en llamas.

Érase un caminante
   preguntándose por el absurdísimo descrito
   por cualesquiera las personas que carecen de importancia
   mientras se dirige al olor deambulante del fuego
   que se desplaza por la avenida
   de una segura muerte.

Insospechable el lugar
   batido en flema, aceite, neuronas, carnes, cristalizas
   pasiones simples, zonas de obras, elogios y manuales
   corrida, salteamiento, lectura… y, en fin, relleno
   de una gran albóndiga de cosas que se reducen
   a nadas cuando la miras de lejos.

Entonces la quemadura
   que se extiende ante la llanura de nuestra codicia
   sumergiéndose por quioscos, tuberías subterráneas,
   postes eléctricos y papeles que cargamos pensando que contienen
   un mapa lo suficientemente convincente para hacernos pensar
   que tenemos la salvación asegurada.

Cualesquiera las personas
   imaginando luciérnagas en el corazón
con dos bloques de infierno en la mirada.  

 

 

JOSÉ SAED AYUB

 

 

 

 

Pretérito imperfecto

 

Cuando te viera por primera vez,
lenta, sigilosa, cuidadosamente,
iba a acercarme a ti,
como, curioso, se aproxima un gato
a otro gato desconfiado.

También con lentitud iba a tocarte
(como se toca un instrumento musical recién nacido),
a descifrar con prudencia tu sonrisa,
a desnudar de ruidos, con el reverso de mis yemas,
el lóbulo de tus orejas.

Te iba a pedir que musitaras buenos días,
iba a tañer en tu garganta la oscilación de la mañana.

Se iba a tratar de arrinconar el tiempo,
de estrechar la distancia con pequeñas cortesías.
Y, en esa carretera que conduce hasta tu casa,
con la tarde coloreada por tu voz durante horas,
cerrar, despacio, el abismo entre las manos.

Iba a ser perfecto.
Pero —con razón así lo nombraron los gramáticos—
iba es pretérito imperfecto.

Ya cerca, apuro el paso, me apresuro.
Tranquila, silenciosa, con cuidado,
te alejas,
como se aparta un gato herido
de un gato desconfiado.

 

EVANGELINA VIGIL-PIÑÓN

 

 



ritual en un instante

ves
estaba este hombre
sentao
en una mesa
en una esquina
de un cuarto
y el color de la pared
era verdecito
como el color de un cascarón
ves
y esto hacía que se le mirara
el pelo
y los ojos
y el bigote
muy suave, ves
y luego el bato se sonrió conmigo
y pues qué pude yo hacer
más que quebrarle’l cascarón

© Arte Público Press, 1982.

 

De: “Thirty an’ Seen a Lot”

ÁNGELA DE HOYOS

 

 


Realidades macabras a la Rulfo

 

Cállate pero ya
   ya no me hables
      —el hombre le decía.
Al cabo cuando me hablas
   no te escucho. Hablas
      y hablas y nada dices
      . . . para qué hablas?

No platiques. No platiques
con la gente.
      Pensarán
      que buscas algo
      para desaburrirte

… como que
      no estás conforme…

y eso
no me cuadra.

No te rías.

      Solo tú
      te ríes
      a boca abierta.

Yo no veo a nadie
reírse como tú te ríes.

Uuuuuujale. Otra vez
vas a llorar.

      No llores.
      No te das cuenta
      que te ves muy fea

—pareces gata enferma
cuando lloras.

Hasta que de tanto oír
no hables
   no platiques
      no te rías
         no llores
—sin llanto ya
sin voz
   sin boca-vocabulario
   sin belleza propia
      de mujer inviolable—
         un día
         la mujer
         amaneció
         muerta.

© Arte Público Press, 1995.

 

De: “Woman, Woman”.