"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 12 de diciembre de 2023
MANUEL IRIS
Itinerante
I
Sonriendo
bajo lluvia
quiero pedir perdón, porque sé bien –lo dijo ya el maestro—
que vale mucho más sufrir que ser vencido.
Pero
es, amigos todos, que hoy lo supe
mirando mis maletas, mis libros y mi pan
con soledad distinta:
Tengo casa.
Como
hecha de veneno, como si hubiera sido arrebatada a alguien
me duele esta alegría de que tengo casa.
No
pienso merecerlo
y no celebro.
Se
los digo:
Mi
casa llega iluminando un cuarto
que nunca será nuestro.
Mi
casa duerme y yo la miro y duermo.
Tengo
casa.
II
Mi casa llega iluminando un
cuarto
que nunca será nuestro
y se recuesta y abre, delicada
cada una de sus antesalas.
Su
cadera, si volteada
son balcones.
Su
cuello
es una larga escalinata
del silencio al grito.
III
Amor,
existen
días que te ando como a un parque.
Hay
días que entro a ti
como a una plaza de toros.
Entraste
al cuarto para platicarme algo, venías agitada. Hice silencio y me pudiste
revelar que habías pasado, sin salir mucho de tu camino usual, junto a una
galería en la que había una exposición temporal. Al fondo de de un pasillo, sin
poderla distinguir completamente (era un retrato o eso parecía, desde lejos),
una pintura te había maravillado y entraste para verla más de cerca y descubrir
que era un retrato tuyo, unos años más joven y con un vestido que jamás usaste.
Tenía como título, además, la sola palabra de tu nombre. Desconocías al pintor.
Sentiste miedo y asombro. Me sigues relatando, emocionada: como pintura no era la gran cosa, pero era yo, te lo juro, y yo te
creo porque pienso que es normal que una belleza sin límite, como la tuya, haya
sido inventada por un pintor que no sabrá jamás los alcances que ha tenido su
intuición: otros sin duda han inventado rostros lejanos, pasados o futuros,
rostros posibles. Él ha inventado, cuando es viable comprobarlo todavía, el
rostro tuyo.
Sigues
hablando y te miro en el reflejo de uno de los vidrios de la ventana y pienso
que, a diferencia de lo que sucede en ese lienzo allí aconteces, te pasa el
tiempo.
VICTORIA GUERRERO PEIRANO
Estoy frita
Está
loca
Loca de
Atar
Eso decían mis maridos
Mis maridos decían eso
Mientras
tanto:
“toda mujer ama a un fascista”
Eso “decía” Sylvia
(Hoy no estoy para discusiones teóricas sobre el yo poético)
Miraba
el pozo
El pozo negro de mi alma
Ese rincón sucio y polvoriento repleto
De zapatos y libros
En
eso aparecía Emily
La muy condenada
Emily casada consigo misma
Y ¡zas!
Eras Nadie
Y ellos
Ellos crecían y croaban como locos
Vete
de la casa
Murmuraba mi patético yo
Y ellos iban y venían como si tal cosa
Una
torre de libros en la cama
Un celular escondido en el ropero
Un gato insaciable acurrucado en las almohadas
Cómo me miraban esos ojos
Levántate, boba —decían
Su voz se parecía a la de mi Madre (ergo, mi súper yo)
Y mi yo poético como si viera llover
Y
luego Marina, tan rusa ella:
¿Cómo te va la vida con otra?
Más fácil, ¿verdad?…
Estaba
loca de
Atar
(Marina, digo)
El
amor era una cosa insoportable
Estaba en todos los libros
—Los muy traidores—
En el ropero
En los estados de Facebook
En los chillidos del gato
Me cercaba
Mientras
tanto:
It’s a nice day
Yes, it is
See you
(smile)
Espantoso
Yo
Súper yo feliz
Sonreía en los ascensores
Hablaba del nice weather
Y se comía las uñas
Y
mi salvaje Ello
Allá tendido en la cama repleta de libros
Inventando asesinatos diarios
Solazándose en el pozo negro de mi alma
A pan y agua
Alimentándose de libros y pastillas
No
había cuando ejecutara sus planes
Y los maridos iban y venían como si tal cosa
La
cama del amor hecha un
Manicomio
Y yo ora hiena ora cierva
Y ellos, como los criaron
Well, Sylvia
Si
toda mujer ama a un fascista
I am through
LUIS EDUARDO GARCÍA
Lo que no sabemos de la luz
La
hemos sentido
como una tela delicada
que nos cubre el cuerpo a medias.
También ha sido polvo
dentro de los ojos
y consuelo. El punto
que seguimos para no vagar
en zonas abisales. Una ola. Pero
jamás conoceremos
a qué sabe, qué es
lo que susurra, qué se siente
que te invada. Para nosotros
se quedará en la superficie. Los tratados, las
naturalezas muertas
solo hablan
de lo que no entendemos, del hilo
que no existe. De cómo
la más simple hoja, el tallo
más ligero
saben cosas que ni siquiera imaginamos.
PURA LÓPEZ COLOMÉ
Tierra de azafrán (lenguando, anolando)
Existencia
inoculada,
integrada al cuerpo,
ya habiéndola disfrutado.
Tierra masticada a fondo
con dientes de leche,
albóndigas amasadas
a la sombra de una higuera,
a los cuatro, yo, a los tres, tú,
sazonadas con plantitas
en sartenes invisibles,
jugando a la comidita.
Carne no de res o de algún otro animal,
carne de arcilla del mismo color
que aquella doblemente roja,
mezcla del marrón natural (alma)
y el carmín sanguíneo (cuerpo),
que desesperadamente devoraban
luego de desmembrar
los músculos de sus víctimas
los caníbales que observó de lejos,
aterrado, a salvo de la tierra,
desde las ramas de un árbol,
Robinson Crusoe,
tan lejana o cercana
—según se interprete—
de la semilla
—aunque igual de inspiradora,
igual de digerible—,
del “Preludio”
que hizo al iluminado crecer,
desarrollarse
como cualquier criatura,
alimentándose
tanto de la belleza como del terror,
ambas cosas en claroscuro
—dos perfiles, dos miradas,
dos caras que somos—:
miedo y hermosura amasados en inglés
con acierto y aderezo meridiano,
son simplísimas “bolas de carne”,
mismas que de este lado de la luna
con ornato y filigrana árabe,
se revelan como “búnduqa”,
precedida del artículo “al”,
al-bóndiga, la bola,
sin mencionar de qué.
Delicia de agrio sabor y aroma,
idéntica a los huéspedes en boca,
estómago e intestinos
de los nativos de Trinidad.
*
Intentaron
convencerme.
Debía ayunar, limpiar, purificar. Nada.
Yo quería seguir comiendo tierra.
Máxime si llegaba a incluir
espagueti en movimiento.
Hasta que un día su sabor,
amado en amada transformado,
se volvió más penetrante, más intenso.
(Metieron mano —no magia— negra,
creando una réplica espuria
del lodo ab/origen,
pulverizando, desbaratando, desmoronando
la intimidad familiar de seres entrañables,
que hablaban de lo mismo que comían,
comían de lo que hablaban,
saboreaban la confianza incalificable,
incomunicable).
Alguien se propuso
envenenarme el alma.
Con azafrán. Con “oro rojo”.
Bastaron unas albóndigas
en caldo hecho con restos de paella,
dejadas con descuido al pie del árbol,
para adoctrinarme,
disuadirme de,
perder la fe en,
para recelar del mundo.
Las delicias (del jardín),
lo más granado del reino vegetal,
me estarían esperando en ultratumba.
Y
mientras tanto, a pasar el rato,
a “hacer” tiempo.
[Cada
uno de mis dos hijos tenía su propio concepto y definición de un verbo que
habían inventado juntos, en confabulación absoluta: lenguar. Para el más pequeño significaba deshacer algo entre la
lengua y el paladar. Para el mayor implicaba prorrumpir en palabras de
distintos idiomas, desconocidas para los demás, creadas por él, o encadenando
esta terra incognita con la terra cognita del español, el inglés, el
alemán… Uno entendía lo que para el otro quería decir tal acción, aparte de
salir con un “voy a lenguar”, refiriéndose a una idea recién generada. Me fascinaba
escuchar sus conversaciones a hurtadillas, reconociendo a solas mi propio
des/quiciamiento nombrando por mi cuenta anolar
(que nadie entiende, en todo caso, más que un yucateco de generaciones casi
extintas) a la acepción del menor, babelear
a la del grande. Cada uno de los tres degustaba estos asuntos a su manera…pero
muy ahí, a profundidad.]
¿Sabrá
a tierra la muerte
del enterrado, del aterrado,
a diferencia del cremado?
¿Sabrán a crema
los restos del incinerado,
sus sedosas cenizas?
Yo sé (al conjugar
el significativo sabor
mediante el cual
se adquieren conocimientos)
que el azafrán
servía para embalsamar,
colorante precioso de mortajas,
perfume voluptuoso del cadáver
que se momificaría.
Yo sé (al conjugar
el significativo sabor
mediante el cual
se distinguen los sabores)
a néctares ambiguos
al proponerme lenguar, anolar,
crear una múltiple variedad babélica,
al tentar y aproximarme
a la muerte,
al concebirla por obra y gracia egocéntricas,
al identificarla con la tierra y sus delicias.
De este modo reconozco
las paredes de adobe de mi cuerpo,
estos peculiares muros de lamentaciones,
estos rojos intensos de sangre y azafrán
que, aun y aún deseando vivir,
me sacan de la zanja
y me hunden hondo en ella
cada vez que me humedezco
los dedos con saliva
al pasar las páginas de un libro:
voy lenguando
eso,
lo voy anticipando.
[Que
la tierra,
me trague
(y no nada más cree
el vernáculo vacío de alguna frase),
y me suspire sin regurgitar,
o me confirme sin prescindir.]
MA YONGBO
Retraducción
de Ashbery, verso a verso
La espera democratiza el
tiempo, acabas de decirlo,
entonces pasó corriendo un caballo blanco, siempre yendo y viniendo
como un mensajero que atraviesa varias habitaciones desde la puerta principal
hasta salir por la puerta trasera; así esperé durante veintisiete años.
Antes fue miel de distorsión fermentada en ámbito deformado por tu espejo
convexo
y ese gesto era a la vez una invitación y un rechazo
que me revelaba un momento que fluctuaba sin cesar
una grieta que existe, la circulación del agua en el océano
un anillo formado por una serpiente que se devora a sí misma en movimiento
y en medio está el vacío lleno de poder.
Este espejo de los otros lo refleja al mismo tiempo a uno mismo
deja que todas las imágenes de hojas apiladas en la profundidad del espejo
queden
como demonio en botella, flotando sobre una superficie infinitamente
transparente
anhelando la luz de tu rostro, piedras simbólicas.
Sólo se detienen momentáneamente para concentrarse
para dar algún tipo de sentido, pero enseguida son arrastradas
por lo aleatorio de una precipitada avalancha retrospectiva.
Esto es más un sueño con el que una persona lucha, del que no puede despertar;
quizás en realidad no quiera despertar de verdad,
encontrándose en una calle desierta,
en el silencio, justo cuando parte el último autobús
entre el vapor, las luces traseras parpadean tenues.
Éste es un clima sin paisaje, es algo sin nombre
que se mueve, aparece y desaparece, borrando algunas cosas,
y luego añadiendo otras desde el vacío
añadiendo algo, originalmente el mensajero y el mensaje eran uno.
Cómo recibir el retorno infinito de la cinta de Moebio
De lo que has experimentado, no sabes nada
y la poesía es una comprensión de este dolor, y también un olvido
así sea la recompensa una flauta de caña, o la separación del cuerpo y la
cabeza.
Todo entrará en un espacio destilado
como abejas que viven en el nido del sol
y éstas, si acaso me bastasen
para fingir que nada ha pasado, siguen cantando.
Quizá sea el bárbaro saqueando Roma,
una zona declarada segura, varios templos esparcidos por las colinas.
Sigamos con determinación,
digamos a los demás el simbolismo, y mostremos el misterio a nosotros mismos
4 de enero de 2018
Versión
de Jan de Jager
