lunes, 29 de mayo de 2023


 

TED HUGHES

 



La última carta

 

¿Qué pasó aquella noche? Tu última noche
doble, triple exposición
a todo. Tarde, el viernes,
mi última visión de ti viva.
Quemabas tu carta para mí en el cenicero,
con esa extraña sonrisa. ¿Había arruinado tu plan?
¿Me sorprendió antes de lo que esperabas?
¿Te la llevé corriendo demasiado pronto?
Una hora después —te habrías ido
a donde no podía encontrarte.
Me habría regresado de tu cerrada puerta roja
que nadie hubiera abierto
sosteniendo aún tu carta,
un rayo que no pudo aterrizarse.
Habría sido terapia de choques
para mí,
repetida una y otra vez, todo el fin de semana,
cada que la leyera o pensara en ella.
Hubiera cambiado mi mente, y mi vida.
La terapia que planeaste necesitaba algo de tiempo,
no puedo imaginar
cómo habría sobrevivido el fin de semana.
No lo puedo imaginar. ¿Lo habías planeado todo?

Tu carta me llegó antes —ese mismo día,
el viernes en la tarde, enviada por la mañana.
Los demonios reinantes la aceleraron,
fue una gota más de mala suerte
llevada a ti por la oficina de correos
y sumada a tu carga. Me moví rápidamente,
a través del crepúsculo londinense, de febrero, azul-nieve.
Lloré con alivio cuando abriste la puerta.
Un montón de acertijos en solución. Lágrimas precoces
que no lograron traducirme, no lograron divulgar
su valor verdadero. Pero qué dijiste
sobre los fragmentos humeantes de esa carta
tan cuidadosamente aniquilada, tan calmada,
que me dejaron soltarte, y dejarte
a borrar sus cenizas de tu plan —del cenicero
contra el cual te apoyaste para que leyera
el teléfono del doctor.
Mi escape
se convirtió en algo tan perseguido
insomne, sin esperanza, todos sus sueños exhaustos
sólo quería ser capturado de nuevo, sólo
quería caer, salir de su vacío.
Dos días de nada colgante. Dos días gratis.
Dos días en ningún calendario, pero robados
de ningún mundo,
más allá de realidad, sentimiento o nombre.

Mi vida amorosa lo agarró. Mi adormecida vida amorosa
con sus dos agujas locas,
bordando su rosa, punzando y jalando
su tapicería, su tatuaje sangriento
en alguna parte tras mi ombligo,
enhebrando ese amasijo de adornos,
dos agujas locas, entrecruzando sus puntadas,
escogiendo entre mis nervios
sus colores, remodelándome
dentro de mi piel, cada una reconstruyendo a la otra
con sus propias caricaturas,

su obsesivo entrar y salir. Dos mujeres
cada una con su aguja.

Esa noche,
mi Susan dellarobbia. Me moví
con la cautela
de la flama en una mecha. Toda mi furia
fue un abandonado esfuerzo para explotar
el viejo globo donde las sombras se inclinaban
sobre mi rastro delator de cenizas. Corrí
de aquí para acá, de espaldas, una película en reversa,
¿hacía qué? Fuimos a la calle Rugby
donde tú y yo empezamos.
¿Por qué, entre todos los lugares, fuimos ahí?
¿Por qué fuimos ahí? La perversión
en el arte de nuestro destino
ajustó sus finuras para ti, para mí,
y para Susan. El solitario
que jugó el Minotauro de aquel laberinto
incluyó aun a Helen, en el departamento de la planta baja.
La habías notado —una chica para un cuento.
Jamás la conociste, pocos la conocieron,
excepto a través de las orejas y la máscara demente
de su Pastor. Ni siquiera fugazmente la viste.
Sólo te echaste para atrás
cuando el loco animal estrelló su peso
contra la puerta mientras nos escurríamos por el pasillo
y lo oímos ahogarse en infinito odio alemán.
stanza-break
Aquel domingo por la noche abrió su puerta
los pocos centímetros permitidos.
Susan recibió sus ojos negros, el sobrepeso
infeliz, bello rostro, que se asomaba
por la cadenita. La puerta se cerró.
La oímos consolar a su carcelero.
En su celda, su perrera, donde días después,
gaseó a su feroz kapo, y a sí misma.

Susan y yo pasamos la noche
en nuestro lecho matrimonial. No lo había visto
desde que nos acostamos ahí el día de nuestra boda.
No la llevé a mi propia cama.
Pensaba, que tras el fin de semana,
podrías aparecer —una visita sorpresa.
¿Apareciste, para tocar mi ventana oscura?
Así que me quedé con Susan, escondiéndome de ti,
en nuestro lecho de bodas —el mismo del que
en tres años sería llevada a morir,
en aquel mismo hospital donde, en doce horas,
te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
la llevé a su trabajo, en la ciudad,
luego estacioné mi camioneta al norte de la calle Euston
y regresé a donde mi teléfono esperaba.

Qué pasó aquella noche, en tus horas,
es tan desconocido como si nunca hubiera pasado.
Qué acumulación de tu vida entera,
como esfuerzo inconsciente, como parto
empujando por la membrana de cada lento segundo
al siguiente, pasó
solamente como si no pudiera pasar,
como si no estuviera pasando. Qué tanto
sonó el teléfono ahí en mi cuarto vacío,
tú escuchando el tono en el auricular—
en ambos lados la evanescente memoria
de un teléfono sonando, en una mente
como ya muerta. Enumero
cuantas veces caminaste a la cabina del teléfono
hasta abajo de la terraza de St. George.
Estás ahí siempre que miro, saliendo
de la calle Fitzroy, cruzando
entre los bancos apilados de azúcar sucia.
En tu largo abrigo negro,
con tu trenza enrollada tras tu cabeza
caminas incapaz de moverte, o despertar, y ya eres
nadie caminando,
caminando en las vías bajo Primrose Hill
hacia la cabina de teléfono inalcanzable.
Antes de medianoche, después de medianoche. Otra vez.
Otra vez. Otra vez. Y, casi al amanecer, otra vez.

¿En qué posición de las manecillas de mi reloj
tu último intento,
ya profundamente rebasada
mi capacidad de escucharte, sacudió la almohada
de esa cama vacía? ¿Una última vez
tocó levemente mis libros, y mis papeles?
Cuando llegué mi teléfono dormía.
La almohada inocente. Mi cuarto dormía,
cubierto ya de luz matinal iluminada por la nieve.
Encendí el fuego. Había sacado mis papeles.
Y había empezado a escribir cuando el teléfono
se sacudió, en una alarma trepidante,
recordándolo todo. Se recuperó en mi mano.
Luego una voz como arma elegida
o inyección medida,
entregó fríamente sus cuatro palabras
al fondo de mi oído: "Su esposa está muerta."

 

Versión de Iván Viñas

 

JOHN ASHBERY

 

 

 

Para Redouté

 

A las rosas verdaderas alzadas en la marea biliosa del anochecer
y a las glorias de la mañana salpicando el día creciente
la forma ovalada responde:
mi primero es un rostro fascinante
entre el cabello que cuelga.
Mi segundo es agua:
soy un colador.

Mi única cosa nueva:
el castigo de la luz eterna
sobre las cabezas de los que estaban allí
y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo.

Una vez aprobado el magenta debe continuar
pero la isla de corteza ve
dentro de la luz:
se lamenta por lo que da:
lágrimas que rayan el cielo polvoriento.


Versión
de Julio Mas Alcaraz

 

SILVIA COLMENERO

 


 

Témpano soy

 

Ego una grata persona
la onírica estatua como un iceberg que danza
vestido con faldas marinas enaguas,
las turbias esconden los hielos ignotos
las vagas creaciones de una erótica caricia
que ego me descubro en las astillas que me invento
en el azul de mi futuro.

Ego un artificio de témpano conmensurable
ego en un helado vértice
que lamen las corrientes inspiradas por el ejercicio de pensar,
la leve sospecha de que algo se esconde
la ïò ïò yo el correlato
de mi azul expuesto al viento
las sales que se arraigan negras,
la forma no pulida que sostiene mi narciso,
ego ahí en la superficie
admiro ahí donde los rayos enceguecen
la mirada en el océano
yo una estatua ahí una intriga
un deseo fervor que me derrite
el atavío en mi cadera
que flotante muy balanza
va asomando un hueco roca,
un lado obscuro, ego non grata
y sin embargo me relame un ansia
de verme aquello que bajo un fondo de cristales
pronto habrá de ser la efigie supraterrena
la mole a pulir con el cincel que, simultáneamente
soplará las aguas
que me harán girar de nuevo ego más grata
como una fina astilla:
un simple hielo pronto a disolverse en el agua.

 

 

PABLO ANADÓN

 



Recolección nocturna

 

El ruido de los frenos en la noche,
Los gritos de los hombres, el crujido
De vidrios que se rompen, algún coche
Que toca la bocina, y el sonido
De las botas que corren en la escarcha;
La máquina que zumba y que rechina,
La voz que dice “¡Vamos!”, una marcha
Y el camión ya se pierde por la esquina.
Es la hora en que pasan por aquí
A buscar la basura. Son las dos,
Y ahora hay silencio y luna y soledad.
Yo pienso en otra calle en la ciudad
Donde aún no han llegado. Pienso en vos
Y en la casa, la nuestra, en que viví.

 

LOREA CANALES

 

 


 

fuego cruzado

 

su hijo
se metió
entre nuestras balas
haga el favor
de quitarlo de ahí

 

 

MARÍA ELENA SOLÓRZANO

 

 

 

XI

 

El centauro trota en la orilla del mar,
su cabellera brama con el viento,
refulge su pelambre,
sus cascos se manchan de azul.

Bebo esencia de caléndula,
prende el fuego en mis entrañas.

Mis pupilas lo acosan,
me requiere.
Al galope nos perdemos
en la gruta del acantilado
donde humean los siglos
y salpica licores el verano.