martes, 27 de enero de 2026


 

TEÓFILO CID



Tríptico de la noche (I)

  

¡Oh noche! ¡Oh noche! Detén a los paseantes
con el rumor de aurora de tus astros extasiados.

El amor es la razón de tus árboles dormidos,
del silencio que corre por tus venas aurorales
porque en ti las bocas son nidos
y las palabras aves que pronuncian tu mensaje.

¡Oh noche! Detén a los paseantes
que surgieron como una onda física,
como un axioma en flor.
Deténlos en la aurora de sus besos,
perfílalos de umbral contra el silencio,
que sea eterno el ángulo que dibujan sus deseos.
¡Oh noche! Tú que tienes el valor del día
y que escondes en tu índole un sol nuevo.

Tú puedes contra el tiempo revivir en verdes pinos,
azular el espacio detenido en una huella,
hacer que el lecho vibre con un ópalo…
¡Oh noche! Tú que puedes detener a los amantes,
detén a estos viajeros que han llegado sin aliento.
Son ellos los viajeros que ayer partieron desde un beso
y que ahora se pasean por un nimbo sin designios.
Ahora sus pupilas centellean, cruzan sus espadas
para quedar impresas en panoplia eternizada.
Ellos tienen un secreto que compartir contigo,
un secreto que un pensil de instinto ha levantado.
¡Oh noche! Detén a los amantes
con el rumor de aurora de tus astros extasiados.

 

CARLOS COCIÑA

 

 

 

Se acerca el tren;
sus luces van sobre las lomas.
No son los carros del tren,
es un gran gallinero extendido sobre los árboles
del cerro.
Ese tren va a las tierras cardinales.
En sus ventanas iluminadas se refleja
el gran transatlántico,
entre los valles de maíz, encendido
entre los insectos que vibran en vuelo.

 

 

De: “Tres canciones”

ÉDOUARD GLISSANT

 

  

El árbol gran árbol

  

Tus hojas el resabio de los deseos de las trillas ciegas de los brazos de mar
Tus hojas de llaga de la Edad Media en el recuerdo de mis esplendores
tus ramas de hombros de mujer arada sobre la sed de las hierbas filosas
árbol reiniciado tu cuerpo he desprendido de tu cuerpo la caparazón de
mil claridades
tu tronco de vástagos de paja dispersa
tu tronco de luz en el campo negro de las reinas de la noche
tu tronco de raíz que ha echado tronco y la maravilla la cama del
caracol/rodando
tu fronda tus raíces el fuego helado de tus raíces y las masas de hombres
prendidos a los pezones de tus dolores
el sufrimiento como un invierno en la fuente de las profundidades


 

ROGER GILBERT-LECOMTE

 

 

El grande y el pequeño guiñol

  

Estábamos en la hulla y tú hablabas de muerte
Los destinos pasaban rojos aullando
Los corderos del mar se suicidaban
Golpeando con el cráneo las rocas de la orilla

Estábamos en el mar y tú hablabas de brumas
A las burbujas del mar imbebible
Los peces del cielo pasaban a lo lejos
Estábamos presos por la arena y los pulpos

Estábamos en la negrura y tú hablabas de esperanza
La hora pasó ya no es hora
El cielo volcado como un tazón se vacía
En el hueco de la negrura

Estábamos en las piedras y tú hablabas aún
De la sangre que hace daño y de las lágrimas
Estábamos ya en las entrañas de la profundidad
Estábamos en las espadas

Estábamos en el fuego tú hablabas del suicidio
Universal

 

 

HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA

 

  

Todo se ha consumado de…

  

Todo se ha consumado de
golpe
Como una trompeta
te has partido en dos
y sale un chirrido
no sale de ti
sino de la sorda conclusión
del tiempo

Sale el fantasma
que porfiaba en las
conversaciones
Recuerdas?
Recuerdas el súbito crujido
de la seda?
La insurrección de las
sillas?
La camisa cada vez más
lívida?

Decías
Entré!
Pero nadie entraba
Pero un remolino de música
consumía el espacio
y quedábamos atónitos
sosteniendo
la cúpula encendida de
otro mundo

Ahora
el fantasma tiene aberturas
de boca
y nada dice
Nadie dice nada

Las cosas se apagan
lentamente
En tu feroz mordaza
quedan palabras quedan
besos

Nadie dice nada
porque nada tiene sentido
Lo irrevocable
es una verdad vacía
que nos acecha
sin razón verdadera

Al contemplarte
nos contemplamos
petrificados
vivos!

Oh forma! Oh crepitación
de la forma
que nos liberta de la nada
al mismo tiempo que a ella
nos conduce!

Debo alabar o
execrar
tu muerte
como el desdoblamiento
infinito
de una presencia apenas
perceptible
No sé
Tengo vendada el alma

Sólo quiero
ungir tus ojos con el
claror de mi vida

Te recuerdo
como un caballo espumoso
tascando
el freno de la muerte
como un cíclope
luchando contra una pared
cornuda
Tierno
cazando una estrella
perdida
en tu cuerpo

Humilde
cuidando una paloma
coja
Iracundo
ante la mesa vacía
del pobre

Te has juntado
contigo mismo?
Y de qué te vale
el cumplimiento de una
soledad
más vasta?
Allí
no sé dónde
tallando con tus dientes
un bosque de marfil
sin intención valedera?
Sólo abundabas en tu
prójimo

 

LUIS FELIPE CONTARDO

 

 

Vespertina

 

Fue así, clara y azul, la tarde aquella.
Tardes, en que del mundo en el santuario,
Cada lirio silvestre es incensario,
Y lámpara de oro cada estrella.

Con rumores de mística querella,
Flotaba sobre el valle solitario
La oración del musgoso campanario
Que entre los techos del lugar descuella.

Murió esa voz. De la montaña bruna,
Bajó una garza con callado vuelo
Al dormido juncal de la laguna

Todo fue paz… y en la infinita calma
Del día agonizante, subió al cielo
Como el aroma de una flor, su alma.