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jueves, 31 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





Como un árbol junto al agua



La oscuridad convoca a la tiniebla, y la desgracia
se acoda en las ventanas de esta planificada
Babel de Boston donde nuestro dinero conversa
y prodiga tinieblas en una tierra
de preparación donde camina la Virgen
y las rosas circundan su rostro de esmalte
o en astillas se precipitan sobre calles resecas.
Nuestra Señora de Babilonia, adelante, adelante,
yo fui una vez tu hijo predilecto,
moscas, moscas sobre el árbol, en las calles.

Las moscas, las moscas, las moscas de Babilonia
zumban en mis tímpanos mientras el demoníaco
fúnebre y largo canto de la gente hace estallar la hora
de ciudades flotantes donde a los albañiles de Babel
la áurea lengua del diablo los conmina
a erigir la ciudad de mañana de aquí al sol,
el que de Boston las calles infernales
jamás alumbra; allí la luz solar es una espada
que embiste al guardián del Señor;
moscas, moscas, sobre el árbol, en las calles.

Moscas sobre las aguas milagrosas del Atlántico
helado, y los ojos de Bernadette
vieron a Nuestra Señora de pie en la gruta
de Massabielle, tan claramente
que su visión cegó los ojos de la razón. La tumba
yace abierta y devorada en Cristo.
¡Oh muros de Jericó! y todas las calles
que conducen a nuestra muralla atlántica cantan:
    “¡Cantad,
cantad por la resurrección del Rey!”
Las moscas, las moscas sobre el árbol en las calles.


De: “Life Studies”

viernes, 25 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





El adiós de Santayana a sus enfermeras



El espíritu da vida; ¿matarán sus epístolas
al excéntrico quieto, si por deseo del cielo
halló a la Iglesia demasiado buena para ser cierta?
“Morirás”, responden las Hermanas, “tal y como viviste”.
Uno se pregunta cómo adivinaron lo que escribí
o si las monjas eran demasiado pragmáticas
para seguir alimentando la ilusión. Creyendo que Pablo,
el más abyecto de los hombres, hubiese errado el blanco
al predicar que la verdad era sólo lo asido por su mano,
le cedí el alma al Evangelio insondable;
de mi discurso, la esencia derivó corazón y paisaje.
Al morir, me imaginé acosado por las Hermanas Azules
revoloteando como gansos, silbando. “Roma debe dar
    lo mejor”,
hasta que Curcio, armado, colme el hueco.


sábado, 19 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





La muerte de un crítico



Aburridos, desagradables y agónicos,
los ancianos
el blanco de mi escarnio resultaron,
hasta que el tiempo, el recuperador, me hizo como  ellos.

Antes, en Nueva York, decíamos
“Si la vida pudiese escribir,
hubiese escrito como nosotros”.
Ahora el fluido vital huye
del encendedor desechable,
y palidece su brillo
cilíndrico, translúcido, carmesí—
Oh reina de las ciudades, estrella matutina.

Arde dentro de mí la edad

El camino se aclara cada año
y cada año lo cubre la maleza;
la naturaleza es nuestra colaboradora
y nosotros, después, ya no ayudamos


II

El cuadro verde-océano de la televisión
amado y anhelado como ningún rostro humano...

Desde mi cuarto aislado,
hablo conmigo mismo y me aprovecho.
Convalezco. No disfruto
la polémica con mis viejos alumnos,
y coloco un tablero sobre los brazos de mi silla
para escribir cartas
que incineran temiéndole a mis gérmenes.
Los discípulos descienden como golondrinas del Brasil
o reseñas de libros desde Londres.
¡Ah! en las noches de insomnio, cuando mi tragedia
deleita a las aves ociosas, pregunto
por sus inesperados rostros familiares
que hoy no identifico.

Los estudiantes cuyo entusiasmo
abrió espacio en el aire
se han graduado para dejar de ser.
No tendrá caso
convocarlos de nuevo a la existencia,
tendrían la alocada sinceridad de los fantasmas...
sin referencias o regalías,
sin empleo.

Ahora, casi completamente congelado,
miro la rosa florecer en mi calentador.
Y en los instantes cálidos, contemplo
la belleza que volvió tropical
el verano en Long Island.
De los noventas a Nixon,
la misma joven, los mismos senos
deliberadamente tersos todavía.
En mi pantalla
su patrón intolerable
me la ofrece cada noche
como si dispusiese de su hija.

¿Me volverá su pánico infalible?
¿Era mi integridad mi única
comprensión de todo lo que odiaba?
¿Asesinó el músico Gesualdo
a su mujer para heredar
su voz de ruiseñor?

Mi crítica sobrevive a sus víctimas,
enterradas en las pequeñas revistas literarias
que nos promueven periódicamente,
al barracuda y a su presa.
Mis notas primerizas,
alguna vez el equivalente verbal del asesinato,
son ahora una breve hilera compacta,
casi tan vieja como yo.
Cetrinas, se derrumban
sus tiesas páginas,
vuelan como hojas secas
hacia el árbol que las alimentó.
Detrás de las fachadas celulares de Nueva York
ataviadas de indiferencia vítrea
me disminuyo... ya no más explosivo.

Demando una muerte natural
sin morder el polvo,
sin esparcir la sangre...
No le temo a la muerte...
sino al dolor incierto, ilimitado.


De: “Day by Day”


domingo, 13 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





La buena vida



Los árboles florecen, y las hojas perladas de niebla
sobre nosotros se abanican en la copa de vino de los
    olmos,                                                 
mujer, hijos y casa: la médula y el inútil adorno de la vida;
servicial, la descomposición se quema...
y no por las medallas lamer culos en el prado del pavorreal,
arrojando alpiste al sangriento gallo de pelea,
o vomitando púrpura en la arena de esclavos—
en la Roma de Tito, tediosa, martirizada y ansiosa
    de complacer.
Al águila la ciñen nuevas legiones y creencias viejas.
Quizás el hombre libre le sorprende el acoso imperial
(rara vez agradable, un azote de cálculos biliares)
que continúa arrastrando a quien de otro modo
    olvidaríamos,
al perro dormido, al héroe alquilado para el terror,
perlas para el collar, argollas en la cadena resonante.


De: “Notebook”

lunes, 7 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





Los santos inocentes



Escucha, las campanillas del heno resuenan mientras
    la carreta
de ruedas enllantadas se balancea sobre el alquitrán
y el hielo encenizado, bajo el molino de cáñamo
y el canal de los sábalos. Babeantes, los bueyes se detienen
maravillados ante las defensas de un automóvil,
y enormemente se desplazan por la colina de San Pedro.
He aquí a los no contaminados por mujer, su dolor no es
    de este mundo:
el Rey Herodes grita venganza junto a las piernas
de Jesús trenzadas y tiesas en el aire.

Un rey de idiotas y de niños mudos. Más
Herodes que Herodes este mundo; y el año,
el mil novecientos cuarenta y cinco de gracia
enciende no sin fatiga y pérdidas la colina de escorias
de nuestra purificación; los bueyes se aproximan
al ruinoso cimiento de su establo,
el santo pesebre donde el lecho es maíz
y acebo que se esparce para la Navidad. Si como Jesús
bajo el yugo ellos mueren, ¿quién los llorará?
¡Cordero de pastores, Niño, cuan quieto yaces!


De: “Lord Weary's Castle”


martes, 1 de octubre de 2019

ROBERT LOWELL





Desde 1939



Nos perdimos la declaración de guerra,
en la luna de miel, en tren hacia el oeste;
en los revolucionarios treintas
fatigamos los Poemas de Auden, hasta que bajamos
    la cabeza
de acuerdo al caminar
de lo anacrónico, confortable y mezquino...
Hoy de más cosas me pierdo,
mi equivocación es más consciente.
Veo otra muchacha leyendo el último libro de Auden.
Debe ser muy moderna,
usa el pretérito para diseccionarlo.

Como Múnich, él es ahora histórico
y quizá maduró
hasta amar la podre del capitalismo.
Vivimos todavía
entre el demonio de sus negligencias
que él quiso desdeñar
con la excentricidad malévola de la vejez.

En nuestro inconcluso y revolucionario presente
nada comienza y todo ha terminado.
El Diablo sobrevive a sus vacías esquelas
y se dirige, cojeando y maldiciente, a su demolición,
la pesadez moral más allá de balanzas,
vómito circular como manchas
de hierba amarillenta.

Inglaterra y Estados Unidos han durado
lo suficiente para temerle a su pasado,
los hábitos se aprietan como cera,
los alegres, los prósperos, su ácida violencia.

Hace unos diez años
caballerosos negros africanos revisaron
su pequeño cementerio inglés y en la basura
sofocaron estatuas
de la Reina Victoria, de Kitchener, de mercenarios de Belfast
tallados en jabón y por mandato desangrados hasta
    la blancura.
Los apresan las cartas marcadas que norman su salario—
que el infortunio soberano abandonen.

¿Se entusiasmaron demasiado como una gran actriz
dedicada a probarse su vestuario?
¿Tal vez creyeron que ellos revivirían
de proseguir su espíritu?

Sentimos a la máquina huir de nuestras manos,
como si alguien más la condujera;
si vemos una luz al fin del túnel
es la luz de otro tren que se aproxima.


De: “Day by Day”