lunes, 8 de enero de 2024


 

JUAN CAMERON

 

 

 

Pekala Mara

 

Cerca de la frontera con Bolivia vive Pekala Mara

No es mi dama ni ha sido sino desconocida esta Pekala Mara

pero la historia envidia ese nombre que ya quisiera

llevar entre sus páginas como una novela: Pekala Mara

Qué apellido mayar ancló en qué árbol del Matto Grosso

se desprendió de un ala o naufragó en un río

La misma Pekala Mara quiere nadar a contraviento

volar contracorriente y encontrar esa huella

esa mínima brizna que la llamara Pekala

y decir que en la frontera alguien busca su nombre

y pregunta al viajero si ha escuchado el sonido

del pájaro perdido en la espesura

Pekala Mara tiene      

                            le han cortado

                                                 un nombre de la rama del olvido.

 

 

LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS

 

  

 

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he aquí la muerte una pequeña diosa gorda en el pelaje bicolor de mi cachorro la diosa garrapata que le quitará la vida a mi querido hijo animal si yo no se la quito a ella antes he aquí el antes un día llamado tres de agosto un día de verano lluvia fango tenis sucios descoyuntamiento besos tímidos besos de lengua sexo a medias he aquí el sexo una lata de dulce de leche dos horas seguidas en la olla de cocción eléctrica haciendo borbotones sin cuajar y haciendo huellas azucaradas a lo largo de una vía he aquí la vía el trayecto de un globo de la tierra al cielo y viceversa entre ladrillos viejos de una ciudad moderna lo cual en otro poema constituía el estado de muerte para no cansarlos el rompecabezas que no termina nunca tiene como es lógico un título sobre títulos decir que a mí solo me interesan los títulos de verdad a diferencia del sexo que me interesa siempre y de cualquier forma incluso a medias

 

 

PIER PAOLO PASOLINI

 

 

 

Fragmento epistolar, al muchacho Codignola



Querido muchacho, sí, claro, encontrémonos,
pero no esperes nada de este encuentro.
Si acaso, una nueva desilusión, un nuevo
vacío: de aquellos que hacen bien
a la dignidad narcisista, como un dolor.
A los cuarenta años yo estoy como a los diecisiete.
Frustrados, el de cuarenta y el de diecisiete
pueden, claro, encontrarse, balbuceando
ideas convergentes, sobre problemas
entre los que se abren dos décadas, toda una vida,
y que, sin embargo, aparentemente son los mismos.
Hasta que una palabra, salida de las gargantas inseguras,
aridecida de llanto y deseo de estar solos,
revela su irremediable diferencia.
Y, además, tendré que hacer de poeta
padre, y entonces me replegaré sobre la ironía,
que te incomodará: al ser el de cuarenta
más alegre y joven que el de diecisiete,
él, ya dueño de la vida.
Más allá de esta apariencia, de este aspecto,
no tengo nada que decirte.
Soy avaro, lo poco que poseo
me lo guardo apretado en el corazón diabólico.
Y los dos palmos de piel entre pómulo y mentón,
bajo la boca torcida a furia de sonrisas
de timidez, y los ojos que han perdido
su dulzura, como un higo agrio,
te parecerían el retrato
precisamente de esa madurez que te hace daño,
madurez no fraterna. ¿De qué puede servirte
un coetáneo, simplemente entristecido
en la delgadez que le devora la carne?
Cuanto ha dado ya lo ha dado, el resto
es árida piedad.

  

Versión de Carlos Vitale

 

 

EDITH SÖDERGRAN

 

 

 

 

La hermana de la vida

 

La vida se asemeja más a la muerte, su hermana.
La muerte no es distinta,
puedes acariciarla y tomarla de la mano y alisar su cabello;
te dará, sonriendo, una flor.
Puedes esconder tu rostro en su pecho
y escucharla decir: es hora de marchar.
Ella no te dirá que es otra.
La muerte no yace verde pálida con el rostro contra el suelo
o boca arriba en una camilla blanca:
la muerte camina por aquí con mejillas rosadas y habla con todos.
La muerte tiene rasgos tiernos y mejillas piadosas;
coloca su mano suave en tu corazón.
A quien ha sentido en su corazón la suave mano,
el calor del sol no le llega,
es frío como el hielo y no ama a nadie.

 

Versión de Petronella Zetterlund

 

JUAN ARABIA

 

 

 

Salida por Charles Boutet

 

En Parc Pierquin todavía siguen los festejos
por la aparición del santo blanco…

Guirnaldas y pájaros,
húmedos del primer rocío del atardecer,
caen de los árboles sin peso
sobre el silencio de la noche
de la provincia desierta.

¡Pensar que la Place Ducale,
centro y pulmón de la ciudad,
de día es un acueducto infinito
de placeres burgueses!

Por la noche, las carcajadas
persiguen las luces
al estilo Luis XVI:
unos jóvenes bandidos
improvisan el saqueo.

Mientras los cisnes descansan en el Meuse.
Las hojas caen por la Avenue Charles Boutet…

 

 

MAHMUD DARWISH

 

 

 

Las golondrinas de los tártaros

 

El cielo es mi montura. Lo he soñado:
era pasado el mediodía. Los tártaros
avanzaban bajo mí y bajo el cielo: nada veían
más allá de sus jaimas bien plantadas. Nada sabían
del futuro de nuestros rebaños, a merced del invierno inminente.
La tarde es mi montura. Como golondrinas,
los tártaros escondían sus nombres en los tejados de las aldeas,
dormían apacibles entre nuestras espigas,
sin soñar con después del mediodía, cuando
el cielo vuelva a los suyos
poco a poco en la tarde.

Tenemos un único sueño: que el aire pase
como un amigo, difundiendo el olor del café árabe
por las colinas expuestas al verano y al forastero…

Yo soy mi sueño. Cada vez que mi pecho se encoge,
como una golondrina extiendo las alas. Soy mi sueño…
Entre la multitud, me ha bastado con mirarme al espejo,
preguntándome por los astros
que deambulan a los pies de quien amo…
En mi soledad hay caminos para el que peregrina a Jerusalén
—sobre las piedras, palabras arrancadas como plumas.
¿Cuántos profetas necesita la ciudad para preservar el nombre
de su padre y acabar claudicando: caí sin combatir?
¿Cuántos cielos combina con cada pueblo
para que le quede bien su chal carmesí? Oh sueño mío…
¡No nos claves así la mirada!
¡No seas el último mártir!

Temo por mi sueño y me asusta el fulgor de la mariposa
y las manchas de mora del relincho del caballo.
Por él temo al padre y al hijo, y a los que pasan
por las orillas del Mediterráneo buscando dioses
y el oro de sus predecesores;
por mi sueño me dan miedo mis manos
y una estrella que aupándose
a mis hombros espera el canto.

Tenemos, nosotros, pueblo de noches antiguas, nuestros ritos
para ascender a la luna de la rima.
Creemos en nuestros sueños y mentimos a nuestros días
—no todos nos acompañan desde que llegaron los tártaros.
Pero ya se preparan para marcharse,
¡y se dejan detrás nuestros días! Dentro de poco bajaremos
a poblar nuestros campos. Haremos banderas
con sábanas blancas. Si hemos
de tener bandera, que sea así, limpia
de símbolos que la arruguen… No nos movamos,
no echemos a volar nuestros sueños detrás del carromato del forastero.

Tenemos un único sueño: dar con
nuestro sueño, como cada muerto
con su estrella.

 

Versión de Luz Gómez