miércoles, 22 de noviembre de 2023


 

LORENA HUITRÓN VÁZQUEZ

 


 

Gimnasia respiratoria automática

 

Nuestro amor ha sido como el asma,
una dificultad al respirar acompañada
de momentos de angustia,
una frustración por no sentir el aire a plenitud.

Tu mirada y la mía se paralizan,
nuestros músculos se contraen,
en el pecho de cada uno hay una zona
del Ártico.
Tampoco eso podemos compartir,
unir las piezas,
decir al menos que estaremos juntos en el frío,
porque este aire helado en nosotros
es un rompecabezas incompleto.

Las lesiones se toman su tiempo para admirarse
durante la noche mientras dormimos,
sus sibilancias nos arrullan,
soñamos con nuestra soledad
hasta que la convulsión de nuevo nos despierta.

Necesitaríamos una silla de Rossbach¹
para calmarnos,
para hacer con ella gimnasia respiratoria automática:
sentados uno frente al otro, ajustando
el corsé, haciendo ejercicios con los brazos móviles
hacia adentro y hacia afuera,
acompañarnos verdaderamente durante las crisis,
consolarnos por padecer lo mismo,
compadecernos en el tratamiento del otro.

Nos debilitamos.
Inspiramos con facilidad pero expiramos
como el movimiento del gato
al ir con empeño tras una polilla.

Nuestra habla se manifiesta
en una tos seca, gruesa,
duele decir lo que pensamos.

  

1.- Nota: Silla con corsé ajustado al respaldo y cinturón usada a principios del siglo XX para rehabilitar a personas con enfermedades respiratorias.

 

 

JULIO TRUJILLO

 

 

 

 

Querías un horizonte circular
   para el mareo de los sentidos
para dar vueltas sobre el mundo como peonza
   ¿hasta el delirio?
hasta el desequilibrio de la mente
   voraz
con tanta sed de tanto
   si a todos basta una fracción de cielo
unos puños de arena
    una cerveza bajo el sol
¿por qué deseabas todo el mar
    todo el azul de un solo trago?
abre los brazos
    cuánto paisaje cabe en ese arco
que trazas con los ojos
    pero querías un horizonte circular
ver hacia atrás
    no perderte de nada como un dios
como un tirano
    ansioso al ignorar
lo que pasaba a tus espaldas
    como si el cosmos te debiera algo
niño
    de su juguete despojado
pero era un mundo entero
    un orbe arrebatado de tus manos
y lo sabías
    te habías diagnosticado de insaciable
eras capaz de examinarte
    debajo de tu propio microscopio
de ver cómo flotabas
    en una gota de agua
pataleando
    apenas un microbio en el espacio
¿qué se sentía que un trago
    te diera sed de un trago
que tu hambre se quitara con más hambre
    que un beso te incitara a poseer
a toda la mujer?
    ¿de qué tamaño fue tu frustración
cuando perdiste al apostarlo todo?
    porque nunca aprendiste a retirarte a tiempo
y optabas
    mejor por reventar
por inmolarte en medio de una plaza
    ya vacía
ya desolada en el amanecer
    después recomenzabas
juntabas tus pedazos desde el pasmo
    de una resaca colosal
y lentamente ibas fraguando
    el próximo estallido
¿tal vez gozando en el festín de añicos?
    creías que sí
que había un momento extático
    en la disolución
pero no estabas entendiendo y no aprendías
    carajo
no aprendías a morir
    a despojarte de tu propia servidumbre
terrorista de ti
    otro lugar
ese era el nombre verdadero de tu playa
    mental
nunca el aquí que se regala como el aire
    sino la angustia de un allá
por siempre inaprensible
    como el instante
buscabas
    con entrañable patetismo
tu propia fecha de caducidad
    que algún demiurgo
había escondido entre los pliegues
    de tus venas y arterias
y así te hurgabas como un hombre
    que ha entrado en la locura
que desespera al no encontrar la comezón
    original
desde el momento de nacer
    huías
y ya te perseguías
    como quien busca entre los puños aferrar
su sombra
    y cada día nacías
amnésico y creyéndote inocente
    a manotear detrás de ti
siempre detrás
    como un cuerpo cosido a una mirada
como un perro que entrara de repente
    en el espacio de su olfato
todos aquellos días
    fueron un solo día
como una cinta de Moebius dividida
    en veinticuatro partes
sobre la cual te desplazabas como un santo
    o un idiota
alucinando que avanzabas
    que acumulabas experiencia
mosca topando sin cesar contra el cristal
    del día
¿no hubo un residuo
    un sedimento
una madre que te hablara?
    sabes que sí
podías sentir la gravedad
    de todas esas horas transcurridas
tus labios
    reconocían las sales gruesas de la vida
depósitos y magmas
    sazón de estar y ser
y toda la elocuencia de crecer
    pero seguiste desplazándote con prisa
¿qué te urgía?
    como si la quietud y la asimilación
fueran la muerte de verdad
    como si no quisieras
poner la mano sobre tu hombro
    y alcanzarte
verte a los ojos
    dar un largo respiro y perdonarte

 

De: “Jueves”.

 

 

ANA BELÉN LÓPEZ

  

 

 

te pregunto
eres el de antes o el de ahora
donde no hay
cuál eres te insisto el de cuándo
tu sonrisa me dice que el de ahora
descansa en mí
un latido sordo
palpita
se inclina
tiembla
bajo la sábana del párpado
cuál eres
serás

 

EDUARDO ESPINA

 

 

 

Algo que andaba por ahí, ahora está aquí
(Uno de los avatares desde todo punto de vista)

 

 

La intemperie completa las cartas de Louis XVI,
la lluvia nocturna es a medida del agua en gotas.
A las sílabas les sucedían cosas y pocos, como Él,
monarca para ignorarlas: su tiempo se aposenta,
marcha con ojillos de acullá camino al matadero.
En el de Echevarría rodaba rumbo a una sangre la
visible región del vecindario, en este, nada faltaba.
De ahí no lo sacarían tan quieto, aunque esa vez sí.
A los muertos los sacan de donde dejaron de estar,
y en la escena del adiós una diosa podía tomar sopa.
Por saber decirlas las frases salían a ser como esas,
ante la duda en veremos fueron de menos a nada a
nombrar al alma del amo a un lado de la montaña.
“Franceses, y sobre todo parisinos, volved a
vuestro rey; él será siempre vuestro padre,
vuestro mejor amigo”¹ Fue la Carta su Obra
(yo les hubiera dicho, “cómo poder ayudarlos
si no estoy, cómo hacer que las cosas ocurran”),
su buena forma de poner el desorden a pensar.
Sin querer calmó el cante jondo ante la muerte
cuan gato llegado al degolladero por su cuenta.
A la lengua le devolvió el silencio de los que no
saben cómo seguir a las sílabas a todas partes.
No tan lejos, un aroma a torería, a matador de
reses con su corona por el piso, halló a su rey
rendido. Mañana cuando sean ya mil años en
el mismo meollo, hará la guillotina olvidar al
faisán de la reina muerta en tela de juicio, a la
madame de cuyos labios pudo oírse ¡un grito!
El ayer horroriza a las razas ahora de siempre.
A su cuerpo lo sacaron lívido del frigorífico, la
inocencia salió de la helada cámara para darse 
una ducha, adquirió sin querer una condición
de soledad disimulada por el simple hecho de
“haber estado” a tientas, sin cambiar de tema.
Para la luz en penumbra, ni la nieve al caer de
la libido valió la pena de las palabras añadidas
al año de morir, enamorado, “del vocabulario”.
Rey concebido para ser al alba el vulgar cebo
de la revolución y de un sueño en tiempo real.
Fue a cada noche en la niebla su vida viajando
sonámbula con un bulto involuntario a cuestas.
¿O es que viva huía a donde la vieron viéndose
al espejo con los mismos ojos antes de ver todo?
Con un ruido a cabeza cayendo al piso en picada,
la banda sonora incluyó los ayes del yo al sentir
la timidez del verdugo que no hizo bien a nadie.
De vuelta al lote maldito, sonó en el filo un rey,
arrepentido, de haber perdido el tiempo de pie.

 

1.- Nota: Louis XVI (1754-1793) fue el último rey de Francia antes de la caída de la monarquía durante la Revolución Francesa. Por consiguiente, su última carta es la última carta monárquica escrita en ese país. En la posdata de su reinado pasó de ser “Rey de Francia y de Navarra”, a convertirse en “Rey de los franceses”, denominación que le duró poco, apenas entre el 4 de septiembre de 1791 y el 21 de septiembre de 1792, fecha en que fue abolida la monarquía. Lo guillotinaron el 21 de enero de 1793, pasadas las 10 de la mañana. Su última carta, en la que dice adiós a muchas cosas, tiene una extensión de 16 páginas tamaño cuartilla y está firmada “Louis”. La eliminación del “XVI” de nada le sirvió para salvar su vida.

EZEQUIEL D’LEÓN MASÍS

 

 

 

El año de los polacos

 

Tomé el prensil de una caja de música:
corchea maravillosa apenas renaciente.
Había nieve en duermevela.
Un sabio enano
me anunció que era hora para callar.

Polonia es blanca como el tallo de una cebolla seca.

Abrí el portón hacia el árbol sanguíneo.
Desencadené vivos eslabones.
Primera señal, un grafiti:
“Somos de Polonia”.

A mitad del sendero tiré la saburra sobre una pared,
emprendí un éxodo dentro.
Empezaron a surgir entre vapor o estima los polacos.

Maciej me enseñó a descender
con arnés altas montañas de cuarzo
en las que revientan criques con agua láctea:
el vértigo despertó demontres en mi ombligo,
solté el control sin soltar la cuerda umbilical
que me sujetaba al encino.

Luego,
Marianka me inició en la pericia de avanzar hacia atrás,
cangrejear para desandar
en la victoria que encierra todo huir.

Este año ha sido la calenda de la gens perdida,
la rodzina desconocida completándome.
Escucho conversaciones en polaco.
Palpo vocablos que comprendo.
Me voy llevando en dejarme,
hundiéndome en la sangre disipada.
Logro dar sosiego
al mohoso rencor de mis ancestros.

Aparecen como hongos amanitas.
Brotan por todas las esquinas de mi cuerpo los polacos,
intrusos primos escuchadores.
Mañana cierto polaco
me entregará música de Pomerania.
Yendo por Managua,
me encontraré con una joven polaca en el autobús,
voy a notar que porta respectivo violín,
igual al de mi madre muerta,
con un sarcófago plagado de pegatinas infantilmente tenebrosas.

De seguir así esta ondulación vibracional,
habrá una anciana polaca que me hablará
del Bosque de Tuchola, los árboles antiguos.
Me dirá:
“Vos sos tu propia puerta hacia nosotras”.

Los polacos son el rito,
la vida es solo una portezuela.
Y sí. Este es el año de mis tristes,
entrañables escuchadores polacos.

 

 

PATRICIA ARREDONDO

 

  

 

Oxígeno

 

Algo había en el fuego que sedaba su ánimo. Era la seguridad de que al iniciarlo se había vencido un día más al hambre y la costumbre de liberar la rabia haciendo arder los leños hasta la ceniza. Prometeo lo robó para ti, dije, pero ella no creyó nunca en la generosidad de los hombres. Cuando el enfisema le prohibió usar aquella estufa, concentró en el tabaco su piromanía. Algo había en el fuego que si se lo llevaba a la boca y escupía con placer el humo, los gritos dejaban de ser su lenguaje. Prometeo lo robó para mí, habrá resuelto el día en que al detectarle el cáncer la condenaron a no volver a encender un cigarro. Entonces buscaba a diario algún cómplice que robara otra vez el fuego, sin importar que fuese ella misma quien, después de arrancarse la máscara de oxígeno para calar nuevamente el humo, recibiera el castigo de ser picoteada por un dolor más bravo que las águilas.

 

De: “Cancerófoba”