sábado, 10 de octubre de 2026


 

HÉCTOR RIVERO

 

 


Ma chanson d’hiver

  

Y así llega el invierno,
otra vez.
Invade las calles una brisa deleble,
personas que cambian sus ropas
con la inestabilidad de la temperatura;
en un instante sol, en un instante frío.
Alocadas hojas se posan 
sobre cualquier superficie,
sin distinciones.

Pienso en la fragilidad del invierno
en el país,
la ciudad.

Un hombre de los que repara la calle
arranca rítmicamente pedazos a un poliespuma.
El bullicio y la distancia
impiden que escuche el sonido que produce;
sólo observo.
Va creando los primeros copos 
que escapan yuxtapuestos
hacia el cielo para luego desprenderse,
moviéndose con rapidez sobre el asfalto.
“Este individuo está haciendo nieve” —me digo.

 

 

ALBERTO PAREDES

 

 

 

 

Ecos

Hacia el este de la ciudad
en esta urbe que camina sobre sí misma
bajando la falda del Esquilino
– lo atestiguan Horacio y Suetonio el escrupuloso –
ahí – ahora un atareado crucero
de la via Merulana –
se abre una placita arrinconada

El caminante ocioso advertirá la placa
tras la reja oxidada:
vestigios son estos
del Horti Mæcenatis
el residuo de la mansión del Consigliere
a quien César Augusto reclamaba
en intríngulis señalados

La placa promete que si se cumplen
trámites y rituales
una visita guidata franqueará el paso
a la construcción oval
lo que sobrevive del legendario auditorium

Siete escalones de mármol cipolino
retazos de frescos del tercer estilo
ventanas abombadas para atraer la luz
al ninfeo favorito de aquellos cuantos
cuando ponían un paréntesis al tráfago
negocios y acuerdos disputas
ellos también dando la espalda
al ruido la pompa y vanidad

*


Si yo la traspusiera
en alguna tarde a ojos impávidos
y atónitos preguntaría mirando
si el espíritu de aquellos banquetes persiste
resguardando tokens of immortality
de aquellos que sabemos favoritos de los dioses?

Sobreviven del maremágnum de imperios y reinos
los suficientes ecos y jirones de voces
como para formar una frase
acaso el santo y seña
de aquel tiempo de oro?

*


Sí, sí, afirma tenaz el poeta
Los días malignos no os acallan del todo
en alguna parte aquí mismo
se refugian vibrando los destellos visionarios
los fragmentos del sueño de la vida

cuando eran ellos los soñadores
Nupcias celebraciones
seguirán cantando su oda

en aquella lengua de oro y lapislázuli
que sin cesar reverenciamos
joya de los tiempos que fueron Roma

Aquel esplendor de academias y cenáculos
sigue volcando hacia todos los futuros
destellos de aquellos varones
hermanos de espíritu
cuando Mecenas los congregaba
en días de fausto y ocio


*


Manifiéstate nuevamente
brillando como tibia hierba otoñal
admítenos así sea tardíamente
en el banquete del huerto
al pie del Esquilino
Podremos escuchar la melodía
el pulso de la inmortalidad escandido
en armoniosos hexámetros
cuando poetas políticos y patricios
fueron bendecidos por la Musa

 

De: “Derelictos”

 

 

REINA MARÍA RODRÍGUEZ

 

  

 

El baño


I

Siempre había flores en el baño,
porque buscábamos las flores en la noche
para que los gatos no se las comieran.
Y nos bañábamos con nomeolvides, mariposas,
príncipes negros, romerillos, esperanzas,
y el agua se rociaba con pétalos
—como si vivir fuera ese lago púrpura en las mañanas
donde nadie ya nos abraza.
¡Nunca nos bañamos juntos!,
y tal vez restregarte
—como le hacía Marina a Efrom en la cubeta—,
con el agua hirviendo de las patatas
nos hubiera ayudado.
Pero el viento se tiznó temprano
por los partos
y el hilo de vellos que bajaban desde la espalda
al coxis.
¡Cuánto daría ahora por tocarlo!,
nos faltó valor
aunque nunca nos faltaron flores
ni ganas.

 

 

II

 

El cuerpo en aquel recipiente crecía
por los efectos del vidrio
—igual que en las peceras se contemplan
los ojos agrandados de los peces
cuando nos miran asustados
asustándonos también—,
mientras las algas nos enredaban con fuerza,
apretándonos más.
En el patio, entre las madreselvas,
otro chorro bañaba a los hombres solos
entre las piedras traídas del desierto
hombros y pechos restregados
con la mirada
—como en la película que vimos juntos—
azotaban toallas blancas
y calientes en sus espaldas.

 

 

III

 

Pero mi vientre se ha extendido
al menor movimiento choca con el tuyo
cuando bailábamos disfrazados de matas
en la casa de Patricia H.
y el agua mojaba la tela verde clara
de los azulejos
contra el sudor de las manos que cambian
la dirección de una cintura delgada
hacia una protuberancia.
Los dedos se vuelven transparentes
—aunque sean torpes—,
solicitados por la voz
que sabe tararear la danza de los vientres.

 

 

IV

 

Era noche de carnaval
—el tronco me gustaba más
en el verano,
como ese tipo de árbol pegajoso
que te da confianza y bienestar
al abrazarlo—,
aunque nunca nos bañamos juntos
ni atravesamos a nado un estanque
ni nos sentamos en la costa de 16,
la “playita máscara dorada”
a donde iban los jóvenes por aquella época,
pero hacíamos sonidos de animales
para hablarnos
como cebras como búfalos como jirafas
y llevabas un turbante blanco en la cabeza
como el de mi padre en su féretro.
Todavía recuerdo sus pestañas
bajo la luz de la seda.

 

 

V

 

¿Si nos hubiéramos bañado entre las piedras oxidadas
por las filtraciones del techo
sostenido por botellas
nos hubiéramos amado?
¿Cómo envuelvo esta suposición en la toalla?
Ya no me besas ni tomas en mi vaso.
No puedo ver más rechazo alrededor
del agua atrapada que dejó caer
bajo el chorro
sobre tres cubitos plásticos
—versiones de Kurosawa para una misma historia—,
bañándonos por separado
regateando amor agua
indiferencia
contra el jarro del baño
“ni caliente, ni fría, ni tibia” —pedías,
rompiendo tus pies con pétalos
y añoranza de sobreponerme al terror
de entrar al mismo lado de la cama
húmeda todavía
imaginando a otros hombres
en la tina con flores
entre burbujas de champagne
y chocolate amargo
(ellos no saben que mi mano los describe
con sus rutinas y sus panzas
buscando a uno solo
que pueda tocar en el baño
con la pureza más impura que tiene
la vejez).

 

De: “Mazorcas”

 

CARMEN ÁVILA

 

 

 

El menú en el restaurante japonés es un libro de poemas breves 

El restaurante invita
a devorar la belleza
en todas sus formas
y no sé si soy digna
y no sé si merezco
de este haikú
alimentarme:

Breve vida marina
descuartizada
das placer al paladar:

al lado de unos palillos de bambú
en un tazón de porcelana
el mesero me sirve
los tentáculos rosas, el caldo:
un pulpo ahogado.

  

De: “País de nieve”

 

ANDRÉS PIÑA

  

  


El nenúfar que 
nace de tus palabras
es flor de amor.



LUIS ARMENTA MALPICA

 

 

 

1

Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios
donde amó la vida.

Armando Tejada Gómez


Esa tristeza lenta del recuerdo
se nos va desdoblando por la cara.
Y en lugar de los ojos
se humedecen dos profundas hogueras
en donde alguna vez frotamos nuestras manos
con las de un ser querido.

Entonces el amor era un barril de pólvora.
Una mecha muy corta nos unía.

Nuestra casa era un papel periódico
con un asombro nuevo en las noticias.
Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.
Las hojas de la casa no fueron suficientes para formar un barco
que nos sacara a flote.

Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra casa quemada.
Naufragué por mis dedos.

Luego encontré en el vino las múltiples razones
para escapar de todo:
de mi madre y mis hijas, de ti
mi propia sombra.
Era increíble ver que en un vaso cupieran
la luz que yo buscaba y el fondo
inacabable
de lo que yo no quise.

Me alejé de la lumbre
para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido.
Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones
el timbre del teléfono
el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:
el contacto caliente con el piso.

Yo solo pedía tiempo, no a Dios.
Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso
otra memoria.

Me fui acabando entera
sin terminar el vaso ­­­­—tan lleno­­­­— de mi vida.
Lenta, en verdad, la vida
a pesar del galope del inicio.

Apuro lo que bebo
y no se acaba
al contrario: es más lo que me culpa.

Cada uno se despide del mundo
como puede…
Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme
de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.

El vino es otra herida
inflamatoria
para que el hombre sepa de la muerte.

Sin embargo, cuando empiezo a morirme
Dios hace mucho ruido
y me despierta.
Y en lugar de ir a la cocina por un vaso
voy a la habitación de mis tres hijas, para mirar si duermen…
y besarlas, si puedo.