"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 19 de diciembre de 2023
ANDRÉS NEUMAN
El garabato
Improvisa
un pudor que desconoce
al ocultar su pene
en las ecografías.
Sentando
en el vacío
rehúye, juguetón, las etiquetas.
Ojalá
seas, hijo,
un hombre, una mujer,
las dos, ninguna.
Ojalá
no te importe el garabato
genital que transportas,
su proyecto semántico.
Y lo
reescribas junto con el tiempo,
y sientas su cosquilla
y la celebres.
WILLIAM JOHNSTON
Paisaje
El
sol rodaba entre nubes como globo abandonado.
El sendero de hormigas presagiaba lluvia indecisa.
Los autos pasaban en silencio a velocidad variable.
Y
sólo se escuchaba el olor del cadáver de un perro
—hablando como un loco en voz alta—
de
la ácida resurrección.
De:
“Paisaje”
MARÍA CRISTINA HALL
Tarot
Coloresta
el ala de la mosca
que posa sobre el oráculo
esférico de rêves noirs.
Duermen carcomidas
las cortinas de terciopelo
ante el telón antiquísimo
de la sala del tarot:
despierta en la luna rosada
la reliquia del augurio
atrapada en los siete espejos
videntes de un futuro
que brilla sin alternativa.
GAIA GINEVRA GIORGI
de
noche no tengo ninguna fe
de
noche no tengo ninguna fe
respiro rápido
soy el cuervo herido en la nieve
me
cuesta mucho delinear la frontera
que me separa de cualquier otra sombra
en la habitación
el
mutismo general me atormenta
este lecho sagrado huele a sepultura
mientras
la voz de ella y la voz de él
se convierten en una sola voz
después de quién sabe cuántos kilómetros oscuros
no
logro traducir vuestras palabras
(susurro)
no puedo soportar esta ausencia estúpida
—esta espera insensata
no puedo soportar poderla soportar
(susurro con más rabia)
de
noche soy una infiel
desposo la cama y a quienquiera que no esté aquí
la
violencia del agua azota la tierra
en su bajada se adivina un zumbido
repite
al infinito:
el silencio no tiene sinónimos
sino muchos contrarios
yo
no hablo nunca
yo nunca digo ayúdame, tengo miedo
repito que me gustan los saltos
que no tengo una casa
que no conozco a nadie
que soy todas las cosas
De:
“Maniobras secretas”
Versión
de María Martínez Bautista
REINA MARÍA RODRÍGUEZ
La
cabaña
I
Junto
a los pilotes donde estuvo
la cabaña de Thoreau
hay un vacío
y la laguna azul
es fría.
No me puedo agachar ya
y haces un cuenco con las manos
para lavar los restos de un helado
que por el sendero avanza
entre mis dedos bajo el sol,
derritiéndolo.
Me parece un azul de siglos,
un azul íntimo: infinito
que promete el verano que vendrá
indiferente
a la inscripción que muere
en la piedra
donde me apoyo para sostener apenas
un cuerpo erguido,
y hubo algo allí:
un desliz de la respiración
entrecortada
o un ritmo insuficiente
donde todo termina.
Recostada
al árbol
que pudiera ser un jacinto pelado,
las botas se resbalan sobre trozos de nieve
en reserva de un frío mayor
que ya pasó sobre nosotros,
rindiéndonos.
Han sido sólo cuatrocientos metros —dices—,
para convencerme de la veracidad
de una distancia corta,
alargada en la mente
y relativa siempre de lo real.
Pero no es cierto.
Han transcurrido kilómetros desde
donde el jacinto florece para ti,
en la ventana de un comedor ajeno:
una familia, un perro
y donde el pájaro
depredador de una confianza,
por un momento confió en nosotros
cuando retrocedió,
pero no pudo acostumbrarse a su sombra:
porque tal vez no era un jacinto
ni un último azul el de sus alas
tiesas en la maceta ni mucho menos,
un amor.
II
Habías
llorado sobre la vainilla
que recorría el sendero
con su hilo depredador
y el agua de la laguna muerta
sacrificando
aquel vuelco del pasado,
con el susto contra el estómago:
de un barquillo espumoso
cayendo
contra lo que no podrá ser.
DIANA YANBARISOVA
Sopla
el viento del sur, ajeno,
húmedo, pleno de hierba, de partículas de sal.
Lo inspiro y salgo.
Ajusto
el cubrebocas:
Conocí mi aliento en cuarentena.
Es agrio.
Tiene
treinta años.
Tiene un segundo.
Tenía.
Tiene
un segundo.
Salgo.
Tengo cabello nuevo,
Tendrá un mes en mi cabeza.
El viento lo mece.
Escucho.
Es agosto,
resplandecen algunas canas.
Retumba
el metro
bajo mis pies.
Alcanza mi cuerpo
la vibrante fuerza subterránea.
Escribo
un poema de camino al VkusVill,1
donde compraré un croissant de almendra, un humus y unas papas.
Y algo más,
tal vez.
Puede que encuentre
algo más.
Descubrí
por la mañana algo nuevo en el espejo:
una línea que, insegura de sí misma, apenas se ve:
un rayón diminuto, una leve marca en el costalito,
bajo el ojo izquierdo.
Bolsitas debajo de los ojos, dicen.
pero yo digo: costalito.
De
niña tenía un costalito de terciopelo.
En él guardaba mis tesoros:
piedritas marinas,
una llave de juguete,
y algo más
hallado en el camino.
Algo siempre se cruzaba en mi camino.
Tengo
treinta años; no son muchos,
pero hay huellas sobre mí,
con suavidad se colocan en mi piel,
como esos objetos que encontraba por el camino
y guardaba en el costalito de terciopelo rojo,
a la izquierda, en el pecho,
y ahí permanecían.
Tengo
un gato.
Tiene siete años.
Este año entraría a la primaria, si fuera mi hijo.
Mi niña interior tiene siete años también, o menos.
Le compro un napoleón que estaba de oferta (no tenían croissant de almendras).
A veces le pego y después le duele la cabeza.
De otra forma no se porta bien:
a veces no creo
que ella sea yo
y que yo sea yo.
Y
lloro.
Y lloro
un poco.
Después del sexo regreso a un cuerpo olvidado.
Éste
ni siquiera es un poema.
Es cansancio.
Cansancio.
Qué
irritante escribir poesía sin un sentido político,
sin una idea poderosa,
sin el propósito de mejorar las cosas.
Simplemente escribirla,
no sé,
para encontrar algo
en el camino,
entre letra y letra,
entre palabra y palabra,
entre las pausas y los espacios.
Tal
vez alguien.
Tal vez algo.
Decir, por ejemplo:
te veo.
O quizá:
Estoy aquí.
Soy yo.
Soy yo.
¿Me ves?
Versión
del ruso de Aldo Mier Aguirre.
