martes, 16 de junio de 2026


 

GILRAEN EÄRFALAS

 


 

Juramento hipocrático

  

¿Juras por un dios en el que no crees?
Apolo, Asclepio, para ti ¿quiénes son ellos?
Levantas la mano,
repites un rezo:
«No voy a dañar».

Y a mí ¿qué me has hecho?

No usarás cuchillo,
pero sí usarás palabras con filo
para quitarme mi poca cordura y estabilidad.
Dirás que me quieres,
¿para qué me quieres?
Si soy una desconocida para tus padres,
una obsesiva para tus amigos,
un experimento para tus clases,
un paciente para tus estudios.
Entrarás a la casa para el bien del doliente,
contéstame: ¿qué hiciste detrás de mis paredes?
Fuiste mi efecto nocebo,
la dosis letal,
la pinza olvidada,
el falso positivo,
el accidente autoprovocado,
mi amor autoinmune.

¿Qué diría Hipócrates
si supiera
que tomaste nota de mis dolencias,
mis antecedentes,
y estudiaste la herida que me costaba sanar,
solo para saber por dónde golpear?

 

De: “Desfibrilador”

 

VERA RICH

 

  


 

En el ojo del que mira…

  

¿Un estímulo visual? ¡Qué horror me causa!
Con mi vista pobre, apenas clara,
parece un puré sin pausa
con guisantes y brócoli en la cara.

  

Nota: Vera Rich, seudónimo de Faith Elizabeth Rich

 

ERIC NAIVO

 

 


 

el pequeñín se hace adulto
su cuerpo ya percibe
cómo rota el planeta
cómo los pájaros le roban el aliento a las flores
cómo su cantar despierta el sueño del cielo
al amanecer
cómo los pinceles de las olas
se funden en la espuma de la arena
cómo el corazón se baña en sangre
como los vencejos se acicalan en los tejados
cómo las piedras en el vientre de un pato
se tornan perlas
cómo nace una nueva vida
se siente pletórico y límpido
espléndido
ajeno al dolor del amor

 

De: “Ritmo”

 

Versión de Antonio Sánchez Carnicero y Marco Vidal González.

 

 

AURELIO SERRANO ORTIZ

 

  


 

La ceremonia de la razón esgrimida
oscurece el sentimiento del otro
y forma hielo entre las sábanas del pasillo
que une nuestras dos habitaciones

Revestidos con las casullas de nosotros mismos
envueltos en el incienso propio
recitamos monótonamente
mi derecho y mi derecho

mientras que nos recluimos
sacerdotes del sacrificio humano
en trascendentales símbolos
aislándonos en gigantescas catedrales

 

De: “Entre nosotros”

 

IRENE MAÑERO

 

 


 

sigo las edades desgastadas
de esta que fue hogar en otro tiempo
que albergó a un bichito abandonado
de corazón inmenso
tanto que se le desparramaba

al encontrarla
recién mojada
vi todavía un pedazo de ese órgano abundante
evidente para mí
así que lo protegí dentro de mi pelo
lo enrollé en escamas de sal
a ver si me lamía con gusto
a ver si me engullía
como a un pez abisal
y se empachaba

sigo las edades desgastadas
de esta que comparte hogar con otro tiempo
que cobija la carne temblorosa
de la que alimentarnos ambas
cortar pelar cascar
mutilar la pequeña mascota que se nos escapa
la que me susurra piando
que nunca me quisiste
que me confiesa bajito
que ya es vieja
y la historia común

  

De: “Seré yo el marido más bello”

 

 

JESÚS TORRES BEATO

 

 

 

Siento un cosquilleo de mono trapecista

  

Dibuja una valenciana a lápiz las calles de Glasgow. Se posa una paloma blanca sobre mi lepra. Me fumo un cigarrillo y canto en el prostíbulo de las noches oníricas. Oigo, más allá del Xiaomi, el río: el murmullo de sus habitantes, el reflejo de unas moscas, las piedras soleadas. El aliento de un caballo en el cuello me despierta como un tulipán en medio del abismo. Soy la fotografía de mis fotografías. Cada instante es una carta de despedida. Tres cerezas. Un arpa junto a la catedral de Málaga. Nuestros cuerpos. Hoy he dialogado con una estrella. No tenía nombre. Su pestañeo izquierdo me recordó a mi familia. Su pestañeo derecho me recordó a mi familia. Tengo tatuado en el antebrazo una idea de Gandhi. Tengo en mi librería versos de Alberti, escritores fantasmas que brindan coñac.

He creado en mi libreta un sistema solar donde el sol gravita alrededor de la luna. Un tigre de Malasia la defiende. Hay un sombrero de cowboy en el suelo gris, y suenan a lo lejos, en el espacio, campanas invisibles. Dan las dos, las tres, las cuatro. Dan las cinco, las seis, las siete. Aún no es hora de cenar. Plantado sobre la pisada de Neil Armstrong, un árbol lleva inscrito en sus hojas los nombres de doce niños soldados. Las miro una a una, se deshacen lentamente en arena y se convierten en pétalos anaranjados abandonados en el aire.

Viajar hasta el sol y colocar una flauta en sus pulmones.

Volver a las cavernas y pintar en las paredes:

los mantras de Siddarta.

 

De: “El labio del payaso”