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domingo, 29 de marzo de 2020

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR





A Nueva York
Para una orquesta de jazz: solo de trompeta



I

¡Nueva York! Desde el principio me turbó tu belleza, esa
muchacha de ojos grandes y de largas piernas.
Muy tímido al principio ante tus ojos de metal azul, tu
sonrisa de escarcha.
Muy tímido. Y la angustia al fondo de tus calles con
rascacielos levantando los ojos de lechuza entre el eclipse
del sol.
Sulforosa tu luz y los toneles lívidos, en los que las cabezas
fulminaban el cielo.
Los rascacielos que desafían los ciclones sobre sus músculos
de acero y su piel de piedra patinada.
Más quince días sobre las aceras baldías de Manhattan
al fin de la tercera semana es cuando te agarra la fiebre
en un salto de jaguar.
Quince días sin un pozo ni pasto, todos los pájaros del
aire
Cayendo de repente muertos bajo las altas cenizas de las
terrazas.
Ni una risa de niño en flor, su mano en mi mano fresca.
Ni un seno maternal, las piernas de naylon. Las piernas
y los senos sin sudor ni olor.
Ni una palabra tierna en la ausencia de los labios, sólo
corazones pagados con moneda fuerte
Y ningún libro donde leer la sabiduría. La paleta del pintor
florece de los cristales del coral.
¡Noche de insomnio, oh, noche de Manhattan! Tan agitadas
por fuegos fatuos, mientras que los claxon aúllan las
horas vacías.
Y las aguas oscuras acarrean amores higiénicos, cual ríos
crecidos con cadáveres de niños.


II

¡He aquí el tiempo de los signos y de las cuentas,
Nueva York! He aquí el tiempo del maná y del hisopo.
No resta sino escuchar los trombones de Dios, el latir de
tu corazón al ritmo de la sangre, tu sangre.
He visto Harlem zumbante de ruidos de colores solemnes y
olores resplandecientes.
—Es la hora del té en la casa del repartidor-de-productos-
farmacéuticos.
He visto los preparativos de la fiesta de la Noche cuando
declina el día. Yo proclamo la Noche más verídica que
el día.
Es la hora pura en las calles, Dios hace germinar la vida
anterior a la memoria.
Todos los elementos anfibios radiantes como soles.
¡Harlem, Harlem! ¡He aquí lo que vi Harlem, Harlem!
Una brisa verde de trigo que brota entre los adoquines
labrados por los pies desnudos de los danzantes Dams
sumergiéndose
En ondas de seda y senos de hierro en lanza, ballets de
nenúfares y de máscaras fabulosas
A los pies de los caballos de la policía, los mangos del
amor ruedan de las casas bajas.
Y he visto a lo largo de las aceras, los arroyos de ron
blanco, los arroyos de leche negra entre la neblina azul
de los cigarros.
He visto el cielo nevar al atardecer flores de algodón y
alas de serafines y penachos de brujos.
¡Escucha, Nueva York! Oh, escucha tu voz de macho de
cobre, tu voz vibrante de oboe, la angustia reprimida de
tus lágrimas caer como coágulos de sangre.
Escucha a lo lejos el latir tu corazón nocturno, ritmo y
sangre del tam-tam, tam-tam, sangre y tam-tam.


III

¡Nueva York! Digo Nueva York, deja fluir la sangre negra
en tu sangre
Que limpie de moho tus articulaciones de acero, como un
aceite de vida.
Que dé a tus puentes la curva de las grupas y la flexibilidad
de las lianas.
He aquí que regresan los tiempos más antiguos, la unidad
reencontrada, la reconciliación del León de Tauro y
del Árbol
La idea unida al acto, la oreja al corazón, el signo al
sentido.
He aquí tus ríos bullentes de caimanes perfumados y
manatíes con ojos alucinados. Y no habrá necesidad de
inventar las Sirenas.
Pero basta abrir los ojos al arcoíris de abril
Y las orejas, sobre todo las orejas a Dios que con una
risa de saxofón creó el cielo y la tierra en seis días.
Y al séptimo día durmió el gran sueño negro.



jueves, 13 de febrero de 2020

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR






Canto de primavera
Para una muchacha negra de talón rosa



I

¡Cantos de aves se elevan diáfanos en el cielo primitivo,
El aroma verde de la hierba asciende, Abril!
Escucho el aliento de la aurora conmovida, las nubes blancas
de mis cortinas.
Escucho el canto del sol sobre mis postigos melodiosos.
Siento como un aliento el recuerdo de Naët sobre mi nuca
desnuda amotinándose.
Mi sangre, a mi pesar cómplice, murmura en mis venas
Eres tú, amiga mía — ¡Oh! escucha la respiración ya cálida
en el abril de otro continente.
¡Oh! escucha cómo se deslizan escarchadas de azul las alas
de las golondrinas migratorias.
Escucha el aleteo blanco y negro de las cigüeñas en el
extremo de sus velos desplegados.
Escucha el mensaje de la primavera de otra época,
de otro continente.
Escucha el mensaje del África lejana y el canto de tu
sangre
Escucho la sabia de abril en tus venas cantar.


II

Tú me has dicho:
—Escucha amigo mío, lejano y sordo, el gruñido precoz
del ciclón como un fuego rodante de maleza.
Y mi sangre grita de angustia en el abandono de mi cabeza
demasiado pesada y entregada a las corrientes eléctricas.
¡Oh, allá la tormenta súbita, es el incendio de las costas
blancas de la blanca paz del África mía.
Y en la noche donde truenan los grandes desgarrones de
metal.
Escucha más cerca de nosotros, sobre trescientos kilómetros,
los aullidos de los chacales sin luna y los maullidos
felinos de las balas.
Escucha el rugido breve de los cañones y los barritos de
los paquidermos de cien toneladas.
¿Es aún el África esta costa móvil, este orden de batalla,
esta línea larga y recta, esta línea de acero y de
fuego?...
Mas escucha al huracán de las águilas-fortalezas, los
escuadrones aéreos tirando a las artillerías
Y fulminando a las capitales en un instante de relámpago.
Y las pesadas locomotoras saltando por debajo de las
catedrales.
Y las soberbias ciudades arden, en llamas más amarillas
que la hierba de la maleza en época de estío.
Y he aquí que las altas torres, orgullo de los hombres,
caen como los gigantes de los bosques con un ruido de
demolición.
Y he aquí que los edificios de cemento y acero se funden
como se derrite la cera a los pies de Dios.
Y la sangre de mis hermanos blancos hierve por las calles,
más roja que el Nilo — ¿abajo qué cólera de Dios?
Y la sangre de mis hermanos negros, los Tirailleur
senegaleses, de la que cada gota derramada es una
punta de fuego en mi flanco.
¡Primavera trágica! ¡Primavera de sangre! ¿Es este tu
mensaje, África?...
¡Oh! amigo mío — ¡Oh! ¿cómo escucharé tu voz?
Como ver tu rostro negro tan dulce a mi mejilla morena a
mi alegría morena.
¿Cuándo tendré que taparme ojos y oídos?


III

Yo te he dicho:
—Escucha el silencio bajo las cóleras llameantes de la
tormenta.
La voz del África rasgando el suelo bajo la rabia de los
cañones de largo alcance
La voz de tu corazón, de tu sangre, escúchala bajo el delirio
que encabezan tus gritos.
¿Tiene acaso la culpa si Dios le ha pedido las primicias
de sus cosechas,
Las más bellas espigas y los más bellos cuerpos, elegidos
pacientemente entre mil pueblos?
¿Tiene acaso la culpa si Dios hace de sus hijos las varas
que castigarán la soberbia de las naciones?
Escucha su voz azul en el aire limpio de odio, mira al
sacrificador verter las libaciones al pie del túmulo.
Ella proclama la gran emoción que hace temblar los cuerpos
con el aliento cálido de abril.
Ella proclama la espera amorosa de la renovación en la
fiebre de esta primavera.
La vida que hace dar vagidos a dos niños recién nacidos
al borde de una tumba hueca.
Ella dice: tu beso es más fuerte que el odio y la muerte.
Veo en el fondo de tus ojos turbados la luz ostentosa del
verano.
Respiro entre tus colinas la embriaguez dulce de las
cosechas.
¡Ah, este rocío de luz en las aletas estremecidas de tu
nariz!
Y tu boca es como una yema que se hincha al sol,
Y como una rosa color del vino añejo que se dilata al canto
de tus labios.
Escucha el mensaje, amiga sombría de talón rosa.
Escucho tu corazón de ámbar que germina en el silencio
y la primavera.


París, abril de 1944


lunes, 30 de diciembre de 2019

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR





Luxemburgo, 1939



Esa mañana de Luxemburgo, ese otoño de Luxemburgo,
como pasaba y repasaba mi juventud
Sin vagabundos, sin aguas, sin barcos sobre las aguas, sin
niños, sin flores.
¡Ah! las flores de septiembre y los gritos curtidos de los
niños que desafiaban el invierno próximo.
Sólo dos viejos "chiquillos" que ensayan a jugar al tenis.
Esa mañana de otoño sin niños — ¡cerrado teatro de los
niños!
Ese Luxemburgo donde no encuentro más mi juventud, los
años frescos como el césped.
Vencidos mis sueños, desesperadamente, mis camaradas
¿es posible?
Helos aquí que caen como las hojas sobre las hojas,
decrepitud herida de muerte, pisoteada, toda sangrante
de sangre
Que se recoge sin saber para qué fosa común
No reconocí ya ese Luxemburgo, a esos soldados que
montan guardia.
Se instalan los cañones para proteger la retirada rumiante
de los Senadores
Se cavan las trincheras bajo el banco donde tomo la dulzura
que surge de los labios.
Este letrero ¡ah! sí, ¡peligrosa juventud!...
Veo caer las hojas en los refugios, en las fosas, en las
trincheras por donde serpentea la sangre de una
generación
La Europa que entierra la levadura de las naciones y la
esperanza de las nuevas razas.


martes, 24 de diciembre de 2019

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR





Mediterráneo



Y yo repito tu nombre: ¡Dyallo!
Tu mano y mi mano se demoran; y nuestros pensamientos
se buscan en la media noche de nuestras lenguas
hermanas.
Fue en el Mediterráneo, ombligo de razas claras, azul
como jamás océano han visto mis ojos
Que sonreían con millones de labios luminosos
Mientras que diez navíos de caña inflexible, como bocas
delgadas, bombardeaban Almería y estallando
Salpicaban con sangre de cerebros los muros negros, como
granadas, de las cabezas ardientes de los niños.
Hablamos de África.
Un viento tibio nos trajo su perfume más ardiente de
mujer negra
O de viento que sopla de un campo de mijo cuando chocan
las cargadas espigas y vuela por encima un polvo
dorado y pardo.
Hablamos de Fouta.
Noble era tu rostro y de sombra tus ojos y dulces tus
palabras de hombre.
Noble debía ser tu raza y bien nacida la mujer de Timbo
que te mecía en la tarde al ritmo nocturno de la tierra.
Y hablamos del país negro
En las jarcias de la noche, tan cerca uno del otro que
nuestros hombros se esposaba, fraternales el uno al
otro.
El África vivía allí, más allá del ojo profundo del día,
bajo su rostro negro estrellado
En las cajas agitadas, saturadas del rumor inquieto del
ciclón, que amenaza
Y se escapaban palpitaciones de tam-tam, con aleteos de
carcajadas y gritos de cobre en doscientas lenguas,
De bocanadas de vida densa que el viento dispersaba en el
aire latino
Hasta el puente de las primeras donde la joven mujer,
liberada de las subprefecturas y de sus calles estrechas,
Liberada de las últimas medidas del tango y de los brazos
de su danzante
Soñaba, al borde del misterio, bosque de olores viriles y
espacios que ignoraban las flores…
Una gran estrella se elevó, la última, alumbrando tu lisa
frente cuando nos separamos.
Y yo repito tu nombre: ¡Dyallo!
Y tú repites mi nombre. ¡Senghor!


Dakar, 1938



miércoles, 18 de diciembre de 2019

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR





Canto de sombra



El águila blanca de los mares, el águila del Templo me
raptó más allá del continente.
Me despierto, me interrogo, como el niño en los brazos
de Kouss que tu llamas Pan.
Es el grito salvaje del sol levante que hace estremecer
la tierra
Tu cabeza desnuda, nobleza de la piedra, tu cabeza debajo
de los montes, el León debajo de los animales del establo
Cabeza de pie, que me horada con sus ojos agudos.
Y renazco de la tierra que fue mi madre.

He aquí el Templo y el Espacio, entre nosotros precipicio
y altitud
Como tu orgullo que se yergue, porta-nieve, antaño de calor
humano
—En él desaparezco, labrador recostado en la embriaguez
de la cosecha madura.
Me escabullo a lo largo de tus paredes, rostro escarpado.
El mejor montañista está perdido. Ve la sangre de mis
manos y mis rodillas
Como una libación de sangre de mi orgullo antagonista,
diosa con rostro de máscara.

¿Habré de desatar las tempestades de todas las cavernas
mágicas del desierto?
¿Juntar las arenas de las cuatro esquinas del cielo vacío,
con un fervor inmenso de saltamontes?
¿Y después en un silencio inmemorial, el trabajo del frío
apocalíptico?
Se deslizan ya tus palabras confusas de mujer, como
lamentos de una dichosa miseria, no se sabe;
Y las piedras, brusca y débil caída, van a tomar el
estrépito de las cataratas.
Toda victoria dura el instante del batir de una pestaña
que proclama el irreparable duplicamiento.
Tú fuiste africana en mi memoria antigua, como yo,
como las nieves de los Atlas.
Manes o manes de mis Padres,
Contemplad su frente cubierta y el candor de su boca
adornada de palomas sin mácula,
Comparad su belleza y la de sus hijas.
Sus párpados como el crepúsculo veloz y sus ojos vastos
que se llenan de noche.
Sí, es Clara, la abuela negra, de los ojos violetas
bajo sus párpados de noche.
"Mi amada, bajo la sombra de los taparrabos azules
Las estrellas deshojan las flores de algodón de sus cápsulas
reventadas.
El Señor de la maleza eres tú que has hecho callar la rebelión de los sonidos sordos.
¡Mirad! la niebla dulcemente se escurre en claras
gotitas de leche fresca."
Escucha mi voz singular que te canta en la sombra
Este canto constelado del estallido de los cometas cantores
Yo te canto este canto de sombra con voz nueva
Con la voz vieja de la juventud de los mundos.


jueves, 12 de diciembre de 2019

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR


  


Oración de las máscaras



¡Máscaras! ¡Oh, Máscaras!
Máscara negra, máscara roja, ustedes máscaras blanco y
negro
Máscara de los cuatro puntos de donde sopla el Espíritu
¡Os saludo desde el silencio!
Y no eres tú el último, Ancestro con cabeza de León.
Máscaras que cuidan este sitio donde está prescrita toda
risa de mujer, toda sonrisa que se marchita,
Destilan este aire de eternidad donde respiro el aire
de mis padres
Máscaras de rostros sin máscara, despojadas de todo
hoyuelo
y de toda arruga
Que han dibujado este retrato, este rostro mío inclinado
sobre el altar de papel blanco
Según su imagen, ¡escúchenme!
El África de los imperios muere— es la agonía de una
princesa andrajosa
Y también de Europa a la que estamos ligados por el ombligo
Fijen sus ojos inmutables sobre sus hijos que exigen
Que dan su vida como el pobre su último vestido.
Respondamos presentes al renacimiento del Mundo
Como la levadura que es necesaria para la harina blanca.
¿Quiénes aprenderán el ritmo del mundo difunto de
máquinas y cañones?
¿Quién lanzará el grito de alegría para despertar a muertos
y huérfanos en la aurora?
Digan, ¿quién devolverá la memoria de vida al hombre
con esperanzas desentrañadas?
Nos lo dicen los hombres del algodón, del café, del aceite.
Nos lo dicen los hombres de la muerte.
Nosotros somos los hombres de la danza, cuyos pies
recobran su vigor golpeando la dureza del suelo.



viernes, 6 de diciembre de 2019

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR




  
Máscara negra 
A Pablo Picasso



Ella duerme y reposa sobre el candor de la arena
Koumba Tam duerme. Una palma verde abanica la fiebre
de los cabellos, la frente de cobre combada
Párpados cerrados, como dos copas, manantiales sellados.
Este fin creciente, este labio más negro y más pesado
apenas
—¿dónde está la sonrisa de la mujer cómplice?
Las medallas de las mejillas, el dibujo del mentón, cantan
al acorde mudo.
Rostros de máscara cerrada a lo efímero, sin ojos, sin
materia
Cabeza perfecta de bronce y su pátina de tiempo
Que no ensucian afeites ni bochorno ni arrugas, ni huellas
de lágrimas ni de besos
Oh, rostro tal que Dios te ha creado antes de la memoria
misma de los tiempos
Rostro del alba del mundo, no te abras como un cuello
tierno para conmover mi carne
Te adoro, ¡Oh belleza de mi ojo monocorde!