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jueves, 2 de julio de 2026

BERNARD SPENCER

 

 

 

En Courmayeur

  

Este valle de montañeros con sus santuarios junto al camino
(la joven Madre coronada y sus flores marchitas)
se convirtió durante semanas en nuestro tema. ¿Recuerdas
las cartas que escribíamos y cómo planeábamos
el viaje hasta allí y elegíamos el hotel; el nuestro
debía ser uno “entre los pinos”?

Las conjeturas se quedaron cortas; pero zigzagueando tras aquella cresta
la carretera asciende desde la ciudad romana; allí se alzan
los picos relucientes, y uno, el Dios, inmenso,
arrojando nubes alrededor de sus hombros; aquí
está lo que pedías, pastos de verano y
un aire con glaciares en su filo.

Bajo todos los sonidos cae agua de montaña;
de noche, el río parece acercarse mucho más;
amor mío, ¿cómo pudiste pensar que podría olvidarte,
a ti que para siempre te quedaste atrás? Tu ausencia
regresa dura como las rocas. Justo ahora fueron
esas flores colgantes las que trajeron el recuerdo.

 

miércoles, 1 de julio de 2026

BERNARD SPENCER

  

  

 

Barco

 

Desearía que hubiera algo de estos barcos en mi vida;
por decirlo así, una capa de alquitrán,
el toque de un desorden inspirado y algo más que eso,
algo también más
que la movilidad de las velas o de un motor primitivo y traqueteante,
bajo aquella diminuta ventana de invernadero,
que devora aceite y gasolina quizá
pero seguirá latiendo a pesar de tantos esfuerzos,
sin necesitar, con suerte, demasiadas reparaciones,
con suerte durando años sobre años acumulados.

Debe de haber una clase de envidia que me lleva a mirar
y husmear los barcos a lo largo del muelle de la isla,
ya sea en la mañana calurosa
cuando la luz como encaje tiembla contra sus cascos desde el agua,
o cuando las puntas de sus mástiles
siguen trazando líneas entre las estrellas.
(No hablo aquí de los yates privados de los clubes
que atraviesan el puerto como magníficos gatos blancos
pero se apartan y permanecen sobre todo entre ellos.)

Mira por ejemplo el Bartolomé, con la cubierta llena
de agua mineral y cajas de cerveza
y grandes barriles resonantes de vino del continente,
comercio entrañable;
y tablones de madera y barras de hierro para la construcción
y, curiosamente, un cerdo de orejas voladoras
hundiendo el hocico mojado en cuanto explora.

O la Virgen del Pilar, cubierta y cansada de redes caídas,
con estrellas de mar y trozos de bacalao secándose en el techo del puente,
algo de vino, los restos de la cena sobre un plato esmaltado
y pantalones y camisetas “passim”;
ambos barcos hediondos y perdonables como algunos grandes hombres,
ambos necesitados de pintura,
pero ambos, se observa, mucho mejor armados que nosotros contra los golpes
por un cinturón de neumáticos viejos lanzados alrededor de sus costados como defensas.

Y teniendo en sus tablones torcidos y en la punta de sus proas
la nunca suficientemente alabada
autoridad de una gran tradición, la forma marina
simple y verdadera como un jarrón,
algo que permanece también en la cabeza tallada de un águila
o en aquel perro de madera de ojos blancos ladrando bajo el bauprés.

Cualidades claramente admirables. Como también lo es su respuesta a la ocasión,
cómo celebran ciertos momentos
y de pronto florecen con banderines y se alzan como mayos marinos
en el día de un Santo cuando un cañón estalla desde las fortificaciones,
y un eco de cañón devuelve otro estallido
y todas las viejas campanas de cocina comienzan a martillear desde las iglesias.

Admirable otra vez
cómo uno de ellos, quizá mañana, habrá partido sin sirenas ni alboroto,
simplemente ausente de su lugar entre los otros,
ocupado, sin darse importancia, en los miles-de-
millones-del mar.

 

 

martes, 30 de junio de 2026

BERNARD SPENCER

 

 

  

En el camino

 

Nuestro techo eran uvas y las amplias manos de la vid
mientras nosotros dos bebíamos en la sombra entreabierta de las viñas
de la Francia de la cosecha;
y adondequiera que condujera el camino blanco poco podía importarnos,
nos había llevado allí,
al emparrado construido en la ladera de un valle donde el tiempo,
si es que el tiempo existía todavía, era aquel río
de corriente tan profunda que al mismo tiempo
fluía y permanecía.

Nosotros dos. Y no faltaba nada en el mundo entero.
Es después cuando uno lo comprende. Olvido
el año exacto o lo que dijimos. Pero el lugar
arde para toda la vida con luz de mediodía. Allí están la rústica
mesa y los bancos dispuestos; más allá del río
bosques suaves como nubes caídas, y en
nuestro vino y en nuestros ojos recuerdo otros mediodías.
Es mucho decir: no faltaba nada;
río, sol y hojas, y yo construyendo
palabras para decir “uvas” y “su piel”.

 

lunes, 29 de junio de 2026

BERNARD SPENCER

 

 

 

Parte de la abundancia

  

Cuando ella lleva la comida hasta la mesa y se inclina
—haciéndolo por amor— y sirve la sopa con su buen
olor que hace cosquillas, o el frito guiñando desde el fuego,
y yo levanto la vista, quizá de un libro que estoy leyendo
o de otro trabajo: hay una importancia de la belleza
que no puede explicarse por el aquí y el ahora,
y me asalta, aunque nunca separada de la bienvenida
de la comida, ni de la gracia de sus brazos.

Cuando pone un manojo de tulipanes en una jarra
y vierte agua y aparta hacia un lado
los tallos erguidos y las hojas que se oyen crujir,
o los afloja, o los sostiene en alto para mostrármelos,
de modo que veo el enredo de sus cuellos y cálices
junto a los rizos de su cabello, y el cuerpo contra el que reposan,
y el tallo de la pequeña cintura alzándose
y floreciendo en la forma de los pechos;

Ya sea trayendo las flores o la comida,
ella ofrece abundancia, y es parte de la abundancia,
y ya la vea inclinándose, o apoyándose con las flores,
lo que hace es tan antiguo como los siglos, y ella no es simplemente,
no, sino hermosa de esa manera.