viernes, 31 de marzo de 2023


 

MALVA FLORES

 



Campanas de una iglesia

  

Y regresar al punto de partida
al paraíso irrespirable
la ardorosa helada inmovilidad
Blanca Varela

Uno lo extraña todo, hasta la barbacoa del domingo. El viejo trolebús que cruzaba por San Juan de Letrán.
Las palmeras que entonces fraccionaban el tiempo del verano, se fueron con el aire.
En esta capital de la Isla 50 no existen las palmeras. Las jacarandas son un remedo de árbol y es mentira que aquí haya nacido todo.
Aquí no hay pan. Miasmas que son culebras envenenan el aire, asfixian a los niños.
No se filtra la luz a las 6 de la tarde. No se escuchan jamás campanas de una iglesia.
No puedo perdonarlos. No voy a perdonarme nunca.

 

 

LUIS DE SANDOVAL ZAPATA

 

 

 

Una dama se vio en una calavera de cristal

  

En calavera de cristal se vía,
en el espejo docto escarmentaba
la que, cuando belleza se miraba,
luz mortal de belleza se atendía.

Cuando secreto fuego introducía,
una diáfana Troya se quemaba
y polvo cristalino sospechaba
la que luciente eternidad ardía.

¡Ah, dice, cómo en el cristal diviso
a lo que más eterno resplandece:
puede ser escarmiento de ceniza!

La muerte ha de morir, que como se hizo
de cristal, que a la vida se parece,
quedó la misma muerte quebradiza.

 

 

FERNÁN GONZÁLEZ DE ESLAVA

 


 

Octavas á San Hierónimo


Pelícano Hierónimo está hecho,
Abriendo sus entrañas piedra dura:
Arroyos sanguinosos vierte el pecho,
Hinchiendo á su deseo de hartura:
Abraza el Crucifijo tan estrecho
Que muestran ser los dos una figura:
Con el dolor en Cristo transformado
Está, no estando en cruz, crucificado.
Juzgaran estar muerto por muy cierto,
Y el santo vivas lágrimas derrama;
Pensando su leon que estaba muerto,
Con grande sentimiento escarba y brama:
Hierónimo está solo en el desierto
Y es Cristo la compaña que él más ama,
Mirándole los piés, manos, costado,
Está, no estando en cruz, crucificado.

 

 

GERMAIN NOUVEAU

 

 

 

Amor

  

No temo a los reveses del destino,
a nada temo, ni a la tortura,
ni a las mordeduras de serpiente,
ni a los cálices de veneno,
ni a los ladrones que huyen del día
o a sus subordinados cómplices,
si amo.
Me río estruendosamente,
no me importa la magia,
ni el florecimiento del odio,
pero de las caricias podría
hacer mi deleite, el ruido
de guerra en el tambor,
las espada en los fuegos artificiales,
si amo.
Odio mirar al gato que duerme
sin desearme mal alguno;
espero la muerte, la desgracia,
el sufrimiento y los malos tratos;
soy valiente, sin vicios, rey al
frente de mi palacio,
líder de las milicias,
si amo.
Concédeme el amor hasta que
mi pelo negro se torne lacio,
y ningún dios pueda hacerme paliceder,
si amo.

 

JULIO MIGNO

 

  

 

El hondazo

  

-¡Doña griselda!…
-¡Qué!…
-Mire vecina:
mandemeló al muchacho,
pero que venga de honda pa’ la huerta
pa’ que me mate un pájaro.

Y allá va el gringo de pelito rubio
-piel de Judas de todo el vecindario-,
y en lo de ‘ña Rufina -apuro y rabia-,
entra un poco de sol, y mucho barro.

-¡Aquél!… ¡Matalo!… ¡Negro sinvergüenza!…
¡Pegamelé un hondazo!…
¡Se me jué de la jaula en un descuido.
Con lo bien que lo trato!…

Miré a la copa; todo altanería
con rebeliones de silbido en alto,
el tordo me miró como diciendo:
«Vos tirándome a mí, siendo un hermano»?

-Y de áhi…?
-Vea… No puedo ‘ña Rufina…
¡Cómo me está mirando
-¡Su trompeta sin hiel!
-¡Doña Rufina!
vivo es que hay que agarrarlo!
-No Barrabás; si se escapó no vuelve;
¡hay que matarlo!

En el cuero ancho y fuerte de la honda
la bolita de barro
comprensiva latió´; cerré los ojos,
erré, y el tordo se escapó volando.
-Mándesemé a mudar!
-¡Doña Rufina!…
-¡Pa su casa, bellaco!
(y entró en un llanto convulsivo, mientras,
él silbó agradecido de lo alto).

¡Cuénta distancia y tiempo
van desde aquel hondazo!
¿Qué habrá sido del tordo defendiendo
su libertad de pájaro?
Lo que haya sido; soledades y hambre
pudo sufrir, acaso;
mejor es el imperio de la nube
que dormir y comer… pero enjaulado.

Tordo de mi niñez, hermano mío,
hombre, entendí la rebelión del canto.
El sol declina ya, pero no importa;
aún hay fuerza en mis alas… ¡te acompaño!

 

 

THOMAS M. DISCH

 

 

 

 

Gran Terminal Central

  

¿Cómo ser desdichado
cuando se ve lo alto
que está el techo?

¡Hombre!
¡qué alto está el techo!
¡alto como el cielo!
¿Quiénes somos nosotros, entonces
para estar melancólicos aquí?

Vaya,
si ni siquiera hay espacio
para morir, querida mía.

Esta es la tumba
de algún gigante tan grande
que si nos
engullera no sentiría
ni siquiera buen sabor.

Oye,
qué desperdiciados
quedaríamos entonces
tú y yo.