Cenit
Cenit,
Rey del verano, disperso en la llanura,
cae en filones de plata del alto cielo azul.
Silencio. Arde el aire y abrasa sin aliento;
la Tierra se adormece bajo un manto de llamas.
La
extensión es inmensa, ni una sombra en los campos,
y el cauce en que bebían las bestias se agostó;
allá duerme la selva, de linderos sombríos,
inmóvil y lejana, en pesado reposo.
Sólo
el trigo maduro, océano dorado,
se resiste a dormir dilatado a lo lejos;
pacífico retoño de la Tierra sagrada,
sin miedo va apurando la crátera del Sol.
A
veces, un suspiro de su espíritu ardiente
murmuran para sí las pesadas espigas,
y es una ondulación majestuosa y lenta
que se desvela y muere por el confín de polvo.
Algunos
bueyes blancos, echados en la hierba,
babean lentamente por espesas papadas,
siguiendo con sus ojos lánguidos y soberbios
un soñar interior que no cesa jamás.
Hombre:
si, llena el alma de dicha o de amargura,
cruzas bajo el cenit los campos luminosos,
¡huye! que está vacía toda Naturaleza,
quema el Sol, nada vive, nada es triste ni alegre.
Mas
si desengañado de risas y de lágrimas,
sediento del olvido de este mundo agitado,
sin saber perdonar ni maldecir siquiera
quieres darte a un placer supremo y taciturno,
¡Ven,
pues! El Sol te habla con palabras sublimes;
en su flama implacable te absorbe sin final.
Y vuelve a las ciudades innobles con el alma
siete veces templada por la Nada divina.
Versión de Miguel Ángel
Feria