"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 23 de septiembre de 2026
ÁNGELA MALLÉN
Setenta
silencios por minuto
En la
distancia suena
el
blues de la ciudad,
el
rap de sus motores
y el
metal de sus máquinas
Las
Gigantas lanzaron un sedal
Pescaron
en Epiro y en Tesalia
palabras
que respiran por agallas,
dilatan
y contraen su corazón a pilas,
iluminan
un cerco como el faro,
alumbran
como lámparas mineras
Barco.
Ninfa. Araña – Pez.
Medusa Geisha. Oruga
Palpitan.
Callan. Palpitan
Alumbran.
Ciegan. Alumbran
Ningún
corazón vale sin latido
No
hay estrella que alumbre sin palpitación
Hay
que seguir. Doy gracias al silencio
que
dejan en el pecho los latidos,
que
dejan en el aire las palabras,
que
dejan las estrellas en el cielo
Setenta
Silencios por Minuto
es
la tregua que ofrecen las Gigantas
Y en
un silencio salto desde el barco
que
partió de mí llevándome
Y
salto en un silencio desde el barco
al
país que palpita en mi interior
donde
las viñas florecen y las fuentes manan
De:
“Motel Milla Noventa”
MIRIAM REYES
ELLA
Y YO ENCAJADAS EN LA GRIETA
para vigilar su evolución
como piedras que se arriman
ella
y yo cuajadas de residuos
cosas inanimadas que sirven
para dar seguridad de la existencia
utensilios
de oprimir
piedras que chocan en las manos
y echan chispas
De:
“Nunca muere”
ANA ROSSETTI
Dos
Se
abrió el baúl de sándalo.
Sobre el agua amatista del moaré
y el Richelieu frondoso
de las albas ya ajadas nos tendimos.
En el libro aguardaba el mórbido episodio
de las orquídeas malvas; las catleyas.
Y mientras yo leía, cuidando que mi voz
no se alterara
la fragante penumbra del lento carruaje
nos invadía oscilando.
Por el pequeño escote de mi núbil camisa
se asomaban las flores; solícitos sus dedos
las celaban. Yo era Odette.
Acuciaba en mi vientre tan persistente aviso…
No obstante,
también aquella tarde, pude seguir leyendo.
De: “Diminuto
cosmos: Antología poética 1980-2022”
FRAN PICÓN
YO
soy igual que mi padre,
aunque no nos parezcamos en nada,
ni tan siquiera en lo más sencillo.
Me miro en el espejo
y veo a mi padre, mientras en la imagen
huye la sombra de la memoria.
Hay en mis manos una impronta generacional
que me conforma, la herencia incontrolable
de un desgarro en las entrañas,
el grito silencioso de un ayer desubicado.
Y en los cajones de lo cotidiano,
allí donde lo evidente se hace materia y toma vida,
en aquel lugar en el que nunca me encuentro,
es allí, en esos cajones, donde enhebro
la leve conciencia de lo inevitable
y recuerdo, sin dudas y con orgullo,
que yo, yo soy igual que mi padre.
De:
“Al otro lado del abismo”
MARTIN SEYMOUR-SMITH
A mi
esposa en el hospital
Me
preguntaste, “¿Aún me amas?”
Helado, solo pude decir, labios apretados
“por qué, por supuesto”.
Ojalá
hubieses preguntado por el silencio en la casa
esta música desesperada
esta llovizna en el jardín.
Dos
personas ancianas
una vez se amaron tanto
que un dios decretó
que deberían morir al mismo tiempo
y convertirse en árbol.
¿Por
qué no podemos ser ese árbol,
aún vivos,
mirándonos en un pasado
que ni el mayor de los desastres borre:
aquel viejo árbol en el valle en Umbria
sobre el que el sol brilla
y el trueno agita?
Lo observamos largo tiempo.
¿Te acuerdas? Pero no hicimos
el largo y caluroso camino hasta él.
¿Seríamos alguna vez capaces de arrancarlo
al acercarnos? De todos modos estaba
demasiado
lejos, de verdad,
confesamos.
De:
“Un rastro de sentido”.
Versión
de Imanol Gómez Martín.
MANUEL NEILA
Umbral
de luz
Temprano
vuelve el día con los dones
de otros cielos lejanos,
y en verde hervor proclama su armonía.
Leves sueños del alba: ¿quién respira?
Qué premura de luz entre las cosas.
La he visto tantas veces
arder en los serbales de la infancia,
consumarse en los surcos del amor,
consumirse en los ojos que la miran.
Promisoria como el aire o los sueños,
la claridad acoge
las fábulas del tiempo y la memoria.
Conciencia desvelada: ¿a quién asirse
sino a aquella que vela por nosotros?
Ahora llega impaciente, está llamando
a las puertas del día:
esa luz presurosa que nos colma,
nos consume… y dispersa las cenizas.
De:
“La llama y la ceniza: Antología poética”
