lunes, 2 de febrero de 2026


 

CARLOS SANTOS

 


 

I. Obra

 

Sobre la mesa, las piedras, los metales,
la unidad en la anónima arcilla,
sin reflejar aún los cuernos de la frente,
acogen la ciega duración
y la arqueología pura de la luz.

Pero el aire ha comenzado a agitarse,
y la naturaleza otra en oscurecimiento
brilla en el ojo del artífice
—viejo designio en la jornada de su edad—
como en el iris del sueño
las imágenes únicas.

Y la materia sueña. Y el dios se aviva.

 

De: “La casa en marcha”

 

RODRIGO SULI MORA

 

  

Pensamientos recurrentes

 


Cuando miro al cielo me pregunto cuáles 

de mis pensamientos subrayarían las nubes

y si alguna vez volverían a consultarlos

o sólo se quedarían arrumbados como prueba

de que la vida siempre nos rebasa por el costado

y es inútil buscarle sentido

porque ningún poema ha prevenido nada 

y eso lo vuelve hermoso 

 

Al final no importará nada de lo que escribimos

porque el viento ya me dijo

una vez que la poesía es prelingüística

Estuvo antes y estará después 

Cuando todos los pensamientos hayan sido archivados

en carpetas sin nombre

 

las nubes seguirán pasando 

Habremos insistido hasta entonces en subrayar

Quizá con la ilusión de ganarle a la vida

o como una carta de amor a la inutilidad

Es por eso que tantos poemas hablan de lo mismo

y para nadie es un empacho leerlos todos

Porque el tiempo no es una moneda

El tiempo es el tiempo y se desliza

 

Yo ya no seré el mismo

cuando vuelva a ver los cardos que hay en la montaña 

y ninguna foto ni ninguna semblanza podrán decirme

quién fui

Pero las palabras que subrayé seguirán siendo las mismas

Y todos los pasados que desfilaron por ahí

recorrerán mi mente

Y  sabré que tropecé más de dos veces con la misma piedra

y le di las gracias por ser una piedra

e ignorar que ese era mi camino

 

Si las nubes subrayaran mis pensamientos sabrían que las envidio

porque ellas ven los cardos que hay en la montaña

porque nunca han hecho un trámite

porque simplemente son y nunca han necesitado

 una semblanza para demostrarlo

 

Por eso escribo sobre ellas

y lo haré siempre porque no tengo nada más que aportar -¿Y quién sí?-

 

Verían que pienso en las palabras precisas de alguien más

Que es esa afinidad lo que nos define

Que si pudiera

las subrayaría a ellas

a los cardos

a cientos de fenómenos naturales que no he presenciado

Y diría: Esto soy

Nada más importa

 

Escucharían cuando les hablo:

Tómenme como a una flor

que se marchita entre las páginas

y olvídenme para siempre.

 

 

SALARRUÉ

 

 

 

Canción de una mujer sin sol

Ya mi inquietud no va a tener tus alas
para perderse en la ilusión del vuelo.

Ya mi loca inquietud, que tantas veces
—muchachito de seda, almita rara,
pedacito de amor y de veneno—,
que tantas veces, digo, te embriagara
los ojos y los labios…

¡Oh, tus labios!
Recuerdo…

Ya no será en mis noches, sueño mío,
mi más bella esperanza, mi más dulce consuelo.

Solamente una antorcha que se apaga
entre el viento de este loco misterio
de un amor
sin tu amor.

Yo quemaré tu alma en esa lumbre
y veré que la noche florece de luceros.

 

Nota: Salarrué, Seudónimo de Salvador Salazar Arrué

 

SILVIO MATTONI

 

 

 

el cuerpo

 


¿Te castigo, te ciego, oscuro cuerpo

que percutís la tarde con tu ritmo

sensible? En cada pausa, una necesidad:

comer, intoxicarse y en la noche

ser el rayo que parte en dos el tiempo

en donde burbujeaba la cabeza

y su electricidad intermitente.

¿Sos la causa del miedo o el auxilio?

¿Tenés la idea de la muerte infusa

en la sangre escarlata, en los pulmones

turbios, en el estómago irritado

por las simulaciones del pensamiento?

Ahora vendrá la noche y dormirán

todos, incluso yo, tendrás de nuevo

la seda de tu guante, el cuerpo claro

para tocar y en el último instante

no habrá partes ni órganos, ni vos,

nadie en el plasma intenso de la noche.

 


MANUEL ILLANES

 

 

 

Tristeza de comprobar que la pirámide yacía sepultada bajo toneladas de tierra y rocas, que los altares de piedra habían sido desecrados, que las estelas fueron destrozadas por bárbaros codiciosos en busca de oro. Aquella hermosa construcción, recubierta con una capa de piedras de un intenso tono verde, relucía en la meseta y podía ser apreciada desde kilómetros de distancia en los tiempos de esplendor. Ahora permanecía invisible para las miradas, fracturada en su mayor parte, de igual manera que la maravillosa Puerta del Sol, construida en un solo bloque de piedra andesita y tapizada de misteriosos relieves, entre los que destacaba la luminosa imagen de Wiracocha, centro de la cosmogonía Tiwanaku. Alrededor de su figura hierática, plena de solemnidad, se había levantado esa ciudad magnífica, alimentada por sus rayos de piedra.

Los ojos del dios dibujado sobre la Puerta habían sido animados en el pasado remoto por el hálito del sol, y ese soplo se había extendido por las venas de la ciudad y de los hombres que la habían poblado en forma de lenguaje, maíz, presencias tutelares, terrores sin nombre, un mundo habitado por figuras terribles y compasivas al mismo tiempo.

Los ojos de Wiracocha, el dios dibujado sobre la piedra, lucían apagados en la tarde nublada. Aún está lejos la apoteosis, el solsticio que volverá a darles vida, me imaginaba, me repetía entristecido en el camino de vuelta a La Paz.

  

De: “Las puertas del Edén”

 

 

RAQUEL JADUSZLIWER

 

  

 

¿Cuál de todas las horas será la hora tranquila?

Al bies de aquellas nubes no se le puede preguntar,

dormidas como están sobre los abedules.

 

Dicen que cuanto más se aleja el que se aleja,

más se lo sentirá.

 

Más vibrará esa copa hasta dejar que caiga

el espíritu púrpura que habitaba en ella.

 

Dicen que cuando se haya derramado el vino,

también se habrá volcado el desenlace.

 

De: “Espiga de los días”