jueves, 5 de marzo de 2026


 

IRIS TREE

 


 

Gansos salvajes

  

Vi gansos grises tensarse sobre las llanuras,
gansos salvajes vibrando en el aire alto,
los vi como los siento, volando,
sentí mi vida tensarse en sus gargantas—
rocas de hierro del norte junto al mar arrugado,
con el verde del trigo joven abriéndose paso,
costillas de una barca negra pudriéndose en la arena,
costillas de un gigante
en las infinitas, ondulantes líneas de dunas marcadas por el mar…
Vi gansos salvajes volando antes del amanecer,
y la blancura gris de ellos ribeteando los cielos enormes,
y los radios del sol sobre las colinas arrugadas…

 

WILLIAM PLOMER

 

  

En el Parque de Serpientes

 

Un mediodía blanco, ardiente, en el Parque de Serpientes.
La desgana yacía aquí y allá en espirales,
y aquí y allá una pulcra cabeza de obsidiana
soñaba sobre su propia almohada trenzada,
sus bucles como un lazo de amor o un pretzel.

Una pitón gigante parecía un montón de neumáticos;
dos víboras de Nielsen buscaban una salida,
hastiadas de su jaula y de sus curvas mutuas;
y la larga serpiente anillada traída de Lembuland
se deslizaba suavemente por una abertura, como humo.

Inclinada hacia adelante, una joven muchacha
distinguió en el agua estancada, sobre una roca,
una cinta marrón o un látigo abandonado;
luego leyó la etiqueta para saber su nombre,
y volvió a mirar: se movía. Gritó.

El viejo Piet Vander se apoyaba con nosotros aquel día
en el muro bajo que rodeaba el recinto pedregoso,
donde entre cuarzos rotos que no daban sombra
las serpientes se estremecían o reptaban, o parecían dormir,
o yacían invisibles bajo el resplandor que cantaba.

El sol palpitaba como fiebre mientras hablaba:
“Mira con cuidado ese arbusto de hojas lustrosas.”
Hojas brillantes como el bronce. “Esa hoja de arriba,
justo ahí, ¿ves que tiene ojos?
Es una mamba verde, y te está mirando.”

“Un hombre que conocí una vez sobrevivió a la mordedura,
salvado por un médico que corrió con su cuchillo,
suero y todo. Nunca volvió a ser el mismo.
Vomitando tinieblas, agonizando, sangrando,
medio paralizado, al borde de la muerte, sintió

—me contó después— que iba a estallar;
pero el peor tormento estaba en su mente:
una pesadilla insoportable, peor que el dolor total
o la pérdida final de toda esperanza, multiplicada sin límite
hasta una ciega pasión de pánico y desesperación extrema.”

“¿Por qué esa pequeña cabeza tendría el poder
de inocular todo el horror sin razón alguna?”
“Pregúntame otra —y cuídate de las serpientes.”
El sol era como un cristal ardiente. Boca abajo,
la muchacha que gritó cayó desmayada.

 

EILEEN O’SHAUGHNESSY

 

  

Muerte

 

Vientos sintéticos barrieron ya
el polvo material; mas esta estancia
reprende el rayo violeta sin cesar
y, sin polvo, es polvo su fragancia.

Náufragos en el pasado caduco
yacentes Hillard, North, Virgilio, Horacio;
Shakespeare reposa al fin, sin truco,
muerto cual Yeats o William Morris, reacio.

¿No han merecido al fin su calma?
Cien círculos trazaron su jornada,
quejándose del clásico enigma,
y cada día, inevitable espada,
tratando, sin razón ni gracia alguna,
de encajar la esfera en la nada.

 

 

HARLEY EZEL

 


 

Incierto

  

Incierto el pasaje letárgico que presagia el olvido,
incierta la sonata de una carabina sin sonido,
busca el colmo de las palmeras al llamado del viento
entre la llovizna y un avieso azabache corcel.

Dedico mis palabras a una tarde ensombrecida,
un clamor renacido entre la glorieta de dos nudos,
sigo el curso de los rasgos amados por la nada profunda,
y cerca del atrio se quedan atónitas las nubes sin lluvias.

Vengo de incognito, tranquilo y de forma incierta,
así será, serán testigos las paredes de cera,
de una galaxia estresada dentro de mí,
desatando el indómito ser que no existirá.

 

 

ALICE LARDÉ

 

 

Idilios

  

De regreso del río viene el ganado
mugiendo alegremente por el camino,
y cruzando el sendero que va hacia el prado
llega, con gran desorden a su destino.

El zagal que los guía, con gesto torvo
da silbidos agudos, látigo en mano;
pende de su cintura luciente corvo:
es un indio moreno, robusto y sano.

Al oír el silbido todo el ganado
se dispersa corriendo por el potrero
lleno del rico pasto; y fatigado
en la grama se acuesta, triste el vaquero.

Mas volviendo la vista por la pradera,
siente vibrar su pecho con gran ternura:
¡que bajando del monte, por la ladera,
viene una campesina toda dulzura…!

Es la dueña del hombre de piel tostada
que trabaja en el campo como vaquero;
¡de ese zagal tan recio que ante la amada
tórnase dulce y manso como cordero…!

Ella, una cesta llena de viandas trae,
y se acerca al vaquero, dulce y sencilla;
¡mientras un bravo toro de un salto cae
sobre las finas ancas de una novilla…!

 

 

JESÚS RAMOS DÍEZ

 

 

 

Después de rescatar el viejo idilio,
de atar nudos y desatar lazos,
una vez más me someto a tu delirio
y me pregunto qué hago aquí entre tus brazos.

VOLVER A VERTE

Abrázame, animal, toda una vida,
suave, dulce carne amiga impura,
pétalo de espuma, nomenclatura,
un corazón sin ti, cera perdida.

Quiero vivir contigo la inocencia,
cuerpo a cuerpo, la piel deliberada,
invisible o acaso una mirada,
¿quién eres tú?, lluvia, tal vez ausencia.

Ufff!, bailemos, pues, la eterna canción
cinco minutos, latido a latido,
señales de vida contra la muerte.

Por donde levitas pasa un avión
mojándolo todo, el dolor cumplido,
más allá del amor volver a verte.

 

De: “Tu ofensiva belleza”