viernes, 20 de marzo de 2026


 

SARA TEASDALE

 


Las casas de los sueños

 

 

Tomaste vacíos mis sueños
y los llenaste uno a uno
con ternura y nobleza,
con abriles y el verano.

Los viejos sueños vacíos
donde mis pensamientos se agolpaban
están demasiado llenos de alegría
para contener una canción.

Oh, los sueños vacíos eran ligeros
y los sueños vacíos eran amplios,
eran casas dulces y umbrosas
donde mis pensamientos se ocultaban.

Mas me quitaste mis sueños
y los hiciste todos realidad:
no tienen pensamientos ya dónde jugar,
no tienen ya nada que hacer.

 

 

DAMARIS CALDERÓN

 

 

Dos girasoles sobre el asfalto

  

En el terminal de ferrocarriles
sentada con mi madre
dos girasoles sobre el asfalto.
Su mano borra todo sucio paisaje.
Nunca he comido sino de esa mano
nunca
sino de ese fruto macerado.
Me enseñabas un sendero
para que no me extraviara.
Y siempre regreso, pequeño afluente,
buscando un poco de sosiego
como se le da al enfermo
una cucharada de sopa
Y la cuchara hace frías,
metálicas promesas
hasta que la cabeza se queda
recostada contra el velador.
Una oruga cantándole a un gusano
―la canción de la morfina―
la cabeza roída por dentro,
el tallo esplendente conectado al tubo de oxígeno.
El mar, como un patrullero
pisándome los talones.
Thalassa thalassa
he intentado vivir siete veces.

 

 

 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

  

III


Cuando fui a China,
pensé que todo era mentira
mi dictadora interna despertó enfurecida conmigo
para dedicarme todo tipo de regaños altisonantes y paranoias grandilocuentes.
Cómo yo, mujer de 45 años, iba a ser invitada a leer mis poemas
tan lejos.
Pasaron los días y sí, era cierto.
Yo, mujer que escribe desde el sur global, estaba invitada a China.
Durante 11 días, dejaría atrás el levantarme a las 5:30 a.m. para otros,
las loncheras y las mochilas de mis hijos
el peso existencial de criar.
Los uniformes, los dobleces, todo.
Sería recibida, otra vez, en los salones importantes de la literatura mundial.
De los que, a menudo, me siento lejos.
Luego, vino el miedo mortal a volar.
Las trampas de la mente cada vez más acuciantes. Renunciar, no ir.
Pero una fuerza estomacal llamada terquedad me llevó a prepararlo todo.
La visa, las maletas, un poco de dinero.
El aplomo para dejar a mis hijos al cuidado de otros.
Qué bueno que lo hice. Qué bueno que me atreví.
Frente a mí, desfilaron los guerreros de terracota, vi la Muralla China despertarse para ponerse de pie, vino el recuerdo encarnado de mi madre hecha tierra y piedras, los palacios, los lagos, las garzas, las terminales aeroportuarias, los banquetes, los amigos, los poemas.
El lenguaje desconocido de lo distante y lo lejano.
Cuando fui a China, tuve miedo,
sin embargo, me gustó estar sola
y volver a saber que soy sola,
que no soy solamente una madre, una compañera, una docente,
sino una poeta, viendo por la ventana en la habitación 20 del piso 10,
de un hotel apodado El Nido,
en Beijing, diciéndose,
“has llegado hasta aquí, no desistas”.

 

 

JUAN TOMÁS ÁVILA LAUREL

   

 

XXXII

  

Antes los gringos lanzaban bombas
a Indochina
y los muchachos melenudos
iban a la plaza a bailar sus imprecaciones.
Hoy no es así, son los rojos los que atacan
y mandan recuerdos a los viejos
sobre sus bailes y aquellas pancartas
alzadas por aquellas maldades pasadas.
Veneno o hipnosis colectiva
de la mano del gran tahúr de las estepas siberianas
que juró que recuperaría la gloria
del zar muerto por la perfidia.
Están en ello
mientras miramos
la tele.

 

De: “Nuestros amigos los nautas”

 

SAYURI DÍAZ OLMOS

 

 

 

dame
palabras
para nombrar la carne
que se me desprende de los huesos

 

 

JULIO TRUJILLO

 


En el recital

 

 

En la tarima,
tras unos refulgentes vasos de agua,
nos encaran los poetas
(cuando su vista se posa distraídamente en mí
no les sostengo la mirada,
no sé cómo,
esbozaría una sonrisa idiota).
Helos ahí,
tan expectantes como el público
inverosímil que vino a escucharlos.
Nos separa un espacio de inacción
e incómodo silencio que aprovecho
para aprender algo de ellos.
¿Qué hacen con sus manos los poetas?
¿Cómo las domestican
para que estén sobre la mesa quietas,
bien portadas,
sin ostentar su íntimo alboroto?
¿Y qué hacen con su cara,
tan aparentemente calma e inspirada?
¿Cómo contienen
la delirante gesticulación
que a mí me asalta
cuando me escrutan las otras miradas?
¿Qué hacen los poetas con su cara?
Y las piernas,
que suele vedar un paño,
¿las cruzan y descruzan con apenas
controlado frenesí?
¿Sí?
Y cuando leen los otros,
¿los miran fijamente hasta bloquear
aquello que están leyendo
(no vaya a parecer que los desdeñan)?
¿Por qué ninguno de ellos se levanta,
arquea
su esqueleto y se deleita
con el tronar secreto de sus huesos?
¿Cómo es que los poetas,
ahí sentados,
esperando turno,
no eructan andanadas de improperios?
Les voy a preguntar,
lo estoy haciendo,
¿por qué no abren los brazos y aletean
–patéticos y bellos–
para escaparse volando?