miércoles, 8 de julio de 2026


 

ALBERTO ESCOBAR ÁNGEL

 



Las honras del lecho

 

I

Viene el viento a visitarme
y viene en el viento, otra vez, un recuerdo.
Vuelve el viento —rapsoda ebrio, aflato efímero—,
el viento que en otras partes ya ha cantado sus himnos de exterminio o ha sembrado de oro
los eriales.
…un recuerdo viene en el viento
—tal vez en ese mismo viento que vaga, desnudo,
desde hace tiempo, por el mundo,
o en el viento que, a veces, riza la piel del estanque.

En la tarde tranquila, en la tarde diáfana
ha vuelto el viento, el viento de antes, trayendo un recuerdo
—un recuerdo que ahora, conmigo, se sienta en este banco del parque.

 

II

En este banco del parque me he sentado
a fumar en la tarde calma la pipa del tedio,
a recitar el olvidado canto del cantante mudo,
la estrofa trunca de una cantiga lerda.

(…un signo aciago de tempestad hincha
el aire lelo de la canícula inminente
mientras en el rescoldo del corazón
se aviva la llama de un recuerdo).

¿Dónde, entonces, se inscribe ese nombre de presencia arcaica que,
como el del pedestal de la estatua, tuve grabado en caracteres claros sobre el pecho?

 

III

…sobre los vestigios de una pasión antigua
—como una estatua escueta sobre el parque—
se yergue la mole del deseo.
De las ruinas de la memoria
emerge el anacrónico discurso
y es tu cuerpo, otra vez,
la visión alucinada y la elucidación del canto.

(Por entre los vericuetos del corazón se traza
—¡oh ingeniero desolado!— un camino evanescente:
…frutas hubo esta tarde —las del tiempo—,
y nunca fue más trasparente tu presencia).
¿Con qué (sino tú)
y de qué (sino de ti)
se elabora y nutre el canto?

 

IV

Emite la onda —y no prospera.
(Es el cruce de aquella señal siniestra
que choca contra la memoria).
Un claro hay en este barullo
—y es, justo, de donde emerges.

Presencia ausente asida al recuerdo
como un náufrago se abraza a un tronco a la deriva,
la tarde te contiene, enmarañada entre lúcidos laureles
y un vago memorar vano (alto como el muro de una cárcel,
ancho como un río que —al fin—, no se cruza).

 

V

Acostarse a tu lado como a la orilla de un lago
y despertar adosado a tu cuerpo
como una barcaza surta ahí, y abandonada…
Es la mañana detrás de los cristales de la ventana,
el mundo desparramado más allá de nosotros mismos,
la muerte que del otro lado de tu respiración tenue nos espera.
El silencio que hay en tus labios y el mutismo que se dice en los míos
están hablando de las enardecidas batallas que contuvo la noche.
Amantes vencidos, hemos relegado una victoria
a la callada confrontación de nuestros cuerpos.

 

VI

Como se desprende, de súbito, un gajo desde lo alto del árbol
y se funde con el fondo del estanque quieto,
sucumbe el deseo —sonámbulo ciego— en las cisternas sórdidas del sueño.

(…que, entonces, en la tarde —de grises triste y de magentas tersa—
me sea propuesta —pura e íntegra— tu desvaída imagen mate).

 

VII

Yacemos, en silencio, al amor de la lumbre.
Con nuestras propias manos hemos aparejado el lecho.
Sé —en lo hondo— que, en el canto catártico, y de todos modos, a ti me debo.
Es el lecho, sin embargo, al que con obnoxia evocación,
ahora y aquí —y en nuestro nombre—, honro.

 

VIII

Barrunto el recuerdo en el viento que barre el parque
—excita el cuerno lo cazado, y presa es.
Desnuda, acaso, quedas atrás como una diosa de mármol
expuesta a la suerte de los impluvios
y a la de otros enigmas que aun no nombro.

 

 

ÉMILE VICTOR RIEU

 

 

 

¿Qué importa?

  

¿Qué nos importa a ti y a mí
si son las ocho y media o las tres aquí?
El reloj del cuarto acaba de dar la una;
¡y escucha, el del pasillo suena a la vez alguna!
Pero debe de estar mal, pues marca ya las siete;
¡y otro más que va sonando, hasta las once mete!
Y yo creo que son cuatro,
o quizá un poco más —
Oh, ¿qué nos importa a ti y a mí?
¡Cenemos ya y llamémoslo té!
Y todos a la cama, y en pie a las tres,
que el Sol sabrá bien cuándo es.

 

IVÁN METÓDIEV

 

 

 

Nace Dios

 

Mis versos buscan la esencia cristalina.
La límpida mente
desplaza las estrellas sobre nosotros.

Del grano surgen las rocas. En la nimia gota
madura la lluvia.
Lluvia es el mundo infinito.

Pero ¿qué es la lluvia sin la sed humana?
Eres una brizna de hierba…
Dios nace en ese instante

en que tus labios rozan el arroyo de lluvia.

 

De: “Meros sentidos: obras selectas”

Versión de Marco Vidal González

 

GABRIEL ARTURO CASTRO

 

 

 

Esfinge

 

Desde antes de la salida del sol
soñamos con los crisoles, calderos, manojos de plantas secas
y los colores ásperos y quemados de la cerámica,
del oro viejo.

Únicamente el Dios destituido
-esfinge ciega en el banquete del tiempo-
nos ofrecía las uvas más altas que se puedan alcanzar,
universo pequeño para nuestra pesadez y hundimiento,
mundo interior contra la tropa ágil,
el destrozo que asedia y corre,
la desolación que masca satisfecha su ajo,
su olor a resina o hierba amarga,
su cercana fetidez de jaula.

Somos sobrevivientes de una lengua muerta.

 

 

ÁNGEL GAZTELU

 

 

 

Parábola

 

I

Sombra de la noche
yerra por los álamos.
Su secreto a voces
recorre los ramos.

Altos son los caños
de la serranía,
donde bala el aire
y el águila anida.

Altos son los caños
donde el agua suena,
despertando el duro
sueño de la piedra.

Altos son los caños
de la noche fría,
donde gime el agua
su sueño de espiga.

Por los altos caños,
norte del balido
subía buscando
la flor del aprisco.

Por los altos caños
donde daba el agua,
batía la luna
albricias de plata.

Con la noche oscura
se alejaba el río.
Su sombra de ciervo
creaba el hechizo.

Creaba el hechizo
pecho de azucena,
isla de la nieve
que una flor gobierna.

 

II

Sombra de la noche
corre por los caños
altos de la sierra.
Plata de los álamos

Sus hojas preguntan;
suspiros y pasos
suspenden los aires
y tiemblan los ramos.

El agua callaba
silencio de piedra.
A golpes de alondras
brotan cinco estrellas.

Cruzando la noche
contra las corrientes,
a punta de zarzas
las huellas florecen.

Cuando la encontraba
por los altos riscos,
puro y reluciente
cuajaba el rocío.

Cuando la encontraba
y la requería,
blanca y colorada,
la rosa nacía.

Lucero hechizado
disuelve su nieve.
Raudas hieren altas
gargantas celestes.

Altos son los caños
anchos de la sierra,
donde el agua canta
ganancia de piedra.

Altos son los caños,
altos, que relumbran.
A paso de ciervo
huía la luna.

Por las blancas selvas
que el alba florece.
A paso de ciervo
huyen las corrientes.

Agua amanecida
cítara de plata
canta el aleluya
raudo de la gracia.

Agua amanecida
rauda de la gracia,
mi secreto a voces
por las ramas canta.

 

 

JORGE ENRIQUE GONZÁLEZ PACHECO

 


 

Tan cerca de mí

  

Últimamente, he estado soñando el mismo sueño repetidas veces.
Nuestras vidas son un poema de un cuarto sin luz.
Mi mañana apareció a la salida del sol,
que abre camino entre las nubes de la oscuridad.
¡Tú estás así cerca de mí, tú eres la libertad de la luz del sol!
Cómo deseo que puedas estar conmigo todo el tiempo!
Nos perdemos tú y yo tantas veces en mi encrucijada,
y aún yo sólo puedo ver tu sonrisa en mi sueño.