Poesía Cuatro
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 16 de agosto de 2026
MARGARET ATWOOD
Salida
de la maleza
Yo
que había sido borrada por el fuego
me fui cubriendo
de verde
(qué
estación más luminosa)
Con
el tiempo los animales
vinieron a habitarme,
primero
uno
a uno, furtivos
(sus conocidas huellas
quemaban); y después
al haber ya trazado nuevos límites
volviendo, más
seguros, año
tras año, de dos
en dos
pero
inquietos: no estaba preparada
del todo para que me habitaran
Les
pudo parecer que
pesaba demasiado: pude haberme
volcado;
Me daba miedo cómo
el brillo de sus ojos (verdes o ámbar)
llegaba al exterior desde dentro de mí
No
estaba terminada; de noche
no veía sin candiles.
Él
escribió, Nos vamos. Contesté
No me queda ya
ropa que ponerme
Llegó
la nieve. Fue de gran ayuda
el trineo; quedaba atrás su rastro
como si me empujara a la ciudad
y
una vez rodeada la primera colina, me encontré
de repente
deshabitada: ya se habían ido.
Hubo algo que casi me enseñaron
y que al irme no había aún aprendido.
ALFONSO QUIÑONES
Ojo
de madera
Ojo
de madera
furia
de fibras
ánimo
del cero
caricatura
de sol
en
tu palabra seca
olvido
de la clorofila
asisten
las esferas
del
alfabeto
lejos
de alas y tentáculos
Ojo
de tabla
escupitajo
redondo
del
muchacho violento que habita
en
el centro del árbol
Dolor
cervical escondido
en
el útero de la madera
si
miras a un lado se congelan
las
begonias y las azaleas
sI
miras al otro te escarba
con
cuidado la pata derecha
del
gato señorial
Estás
en la silla y el alféizar
y en
el chirrido tenaz de la garlopa
en
el fondo de la cama y en el librero
donde
reposan las palabras
Ojo
del viento árido
hielo
seco
echando
humo en el alma
ojo
de bruja
ojo
de siglo
ojo
de huracán
En
las proximidades
de
la luz del atardecer
pones
la nota en Fa
detienes
las bienaventuranzas
y si
alguien duda de tus poderes
que
observe entonces qué hace
el
agua entre las piedras
de
los arroyos agrestes
Eres
el remolino ausente
de
los mapas y la infecundidad
de
las esporas de la pera del Bey
en
el desierto de Baní
Ojo
de tabla
ojo
abstracto
ojo pordiosero
de la galaxia
en
el mismísimo corazón del pino
cuando
sueñas cuando deliras
cuando
pretendes cantar
es
que ocurre el bostezo del vino
y ya
después que llegue
el
buen dragón ofuscado
que
todo ha de quedar entre familia
ROALD HOFFMANN
La
unidad del sueño
En
mi país, si te desvelas, si el despertar
te
asalta en mitad del sueño, haces sonar
la
alarma, a tal efecto hay un tirador junto a la cama
(en
mi país) y al instante, con sus coches
arrojando
destellos verdes en la noche, mis amigos acuden,
porque
saben que yo haría lo mismo por ellos,
acuden
en mi ayuda para reinsertarme en el sueño.
Montan
el escenario –yo me siento– un puente,
unas
amenazadoras sombras deslizándose bajo él, todo esto
forma
parte del entramado, unos escalones altos, un pub.
De
un camión, sacan unos espejos, un baúl
y un
niño con la vestimenta propia de una calle isabelina,
al
que enseñan a servir cerveza. A medianoche, mis amigos
se
dan palmaditas unos a otros, ensayan sus papeles
y me
susurran “indica dónde nos ponemos,
indícanos
lo que hemos de decir. Para eso eres el director”,
dicen
mis amigos. Para ellos es importante
que
yo sueñe, que no deje nunca de soñar en mi país.
De:
“Los hombres y las moléculas”.
Versión
de Luisa Pastor.
JÜRI TALVET
El
amor
es
mandamiento, así pensaba
Kierkegaard. Mejor será
–pienso yo– amar, sin hacer
caso de ese mandamiento.
Reconociéndose
el alma con el alma,
respondiendo
la sangre a la sangre,
sin saber, en pleno
vuelo –hacia arriba
o hacia abajo–,
cuál habrá de ser
el lugar de destino.
De:
“Nada es más que lo que es”
Versión
de Albert Lázaro-Tinaut.
CARLOS GERMÁN BELLI
La
tortilla
Si
luego de tanto escoger un huevo,
y con él freír la rica tortilla
sazonada bien con sal y pimienta,
y del alma y cuerpo los profundos óleos,
para que por fin el garguero cruce
y sea ya el sumo bolo alimenticio
albergado nunca en humano vientre;
¡qué jeringa! si aquella tortilla
segundos no más de ser comida antes,
repentinamente una vuelta sufra
en la gran sartén del azar del día,
cual si un invisible tenedor filoso
le pinche y le coja su faz recién frita,
el envés poniendo así boca arriba,
no de blancas claras ni de yemas áureas,
mas un emplasto sí de mortal cicuta.
NOAH CICERO
La
verdad indecible
Noah
meditaba
en su porche de adobe
al noroeste de Las Vegas
Cuando
un hombre llegó
volando en una nube.
Era Jeon Uchi.
El mago taoísta que vive
en el Monte Taebaek.
Se
llevó a Noah a Corea del Norte
y lo sentó en un tatami en el Monte Taebaek.
Jeon
le dio a Noah una taza de té.
Noah
le preguntó
Cuál es la verdad más indecible.
Jeon
Uchi respondió: “Qué es
una verdad indecible, sino una verdad
que todos saben pero nadie quiere oír”.
Noah
intentó beberse el té, pero
quemaba.
Jeon
Uchi continuó:
“Norman Mailer apuñaló a su mujer,
David Foster Wallace compró una pistola para matar a un tío,
William S. Burroughs disparó
y mató a su mujer. Kerouac
le enviaba pagas a su hija,
pero no quería verla. Toda esta gente
era
gilipollas.
Amaremos
a los otros
por muy mal
que se porten con nosotros.
Perdonamos
a los otros aunque
no nos pidan disculpas.
Sin
redención
ni penitencia.
¿Por
qué amamos a los otros?
¿Por qué perdonamos la maldad?
La estupidez
La superficialidad
Los motivos más oscuros.
Perdonamos
porque estamos unidos,
nos conocemos desde hace tiempo,
nos llamamos familia o amigos.
Queremos follar.
Porque nos entretenemos.
Hasta
perdonamos a los pederastas
si hacen buenas pelis.
La
verdad indecible
es que necesitamos leyes escritas
con orígenes místicos
con armas
que nos contengan.
Porque
también
perdonamos a nuestros amigos
y a nuestra familia. Nos ponemos en su lugar,
hasta cuando sabemos
que se equivocan, y mienten.
El
mundo se hundiría
en un caos sin ley
no porque seamos
bestias salvajes, sino porque
perdonamos tanto.
El
té de Noah ya no quemaba
y se podía beber.
