Poesía Cuatro
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 20 de octubre de 2026
ANA PORTNOY BRIMMER
Un huracán vino y se fue.
¿Qué le decimos a nuestres hijes ahora?
Diles de las aguas. Aquellas por las que vadean,
que arden en sus labios. Diles que no le teman a las olas
que les bautizaron. Que el calor crece como un feto
y a partir de junio, otra marejada abortará en el viento.
Cuéntales de Guabancex. Diosa de una furia
destructiva y absoluta. Juracán, la tormenta que arremolina.
La palabra hurricane, traducción bastarda—a la deriva
de boca en boca. Diles que hurricane resopla árido e inmóvil
en la lengua—en titulares comestibles,
intercambios ligeros de camino al trabajo.
Hurricane suena a caña de azucar entre vendaval
—hierve en la bilis y asciende por la garganta.
Adviérteles que no digan esa palabra. Que insistan,
Juracán.
Que te abra la boca de ráfaga, que te parta el miedo a escombros.
Nuestres cuerpes lo bailan,
nuestro deseo ruge en espiral.
Nos organizamos ciclóniques
inhalamos desamparo, exhalamos tormentas.
CARLOS A. COLÓN RUIZ
X
Que se me permita llorar
y sea válido para mi hombruna
ser sensible, suave e incapaz
Entiendo que puedo ser cristal:
romperme a pedazos entre la corporación
de mis dedos grandes, mis brazos gruesos
y mi extensión amenazante.
Que simple postura y gestión vacío.
Que se me permita ser indiferente,
no necesitar alimentar los ojos
ni defender mi ego con declaraciones
extensas e innecesarias.
Que pueda ser yo un pedazo de pan,
una nube entre tantas planicies.
Que se me permita carecer de malicia
que ser este cuerpo es saberse en la bondad;
no sobre entender metafísica alguna.
Saberme invulnerable,
nunca con la idea de ser hombre como hombre,
nunca tener la palabra sobre la lengua,
el miembro sobre la correa,
el sudor sobre la piel.
Que se me permita ser
querido destello.
LUIS HAM
Navegación
Paz en la tierra al marinero de la noche.
V. H.
Un sol sangra sobre la ciudad,
entierra en su luz el horizonte,
desolación de un incendio en altamar.
Inundadas avenidas, pasillos, cuartos,
de la muerte diaria, qué remedio
más que ceder a la avenida con pulmón.
Así la noche. Y así a tientas.
¿Qué canción más allá de la agonía del astro?
¿Cómo encontrar a un náufrago entonces?
¿Cómo hacer memoria de sal de mar,
si el cielo muere, ha muerto antes
y morirá mañana
sobre esta ciudad y todas?
De esta muerte, de esta sangre
sobre el mar cae una gota que da a luz:
Toda empresa es momentánea. Todo barco
abandona el mar o naufraga.
Pasen la tierra al marinero de la noche,
que la cumbre del maremoto es alta y se quema,
que se desollan de noche los caballos de estrellas
y la luna no nos puede ver.
Los cabellos algas,
largas como la ceguera,
delgadas como el principio de la locura
lo han llevado a encender vela:
he aquí su nocturno iracundo,
su salvaje nada ansiosa de vagar
inconstantemente hasta el escondite del sol,
lecho de muerte.
***
Un hombre se levanta
sobre las indistinguibles
ruinas de un palacio.
Dice
soy el profeta
me lo ha dicho el sol
me lo susurró el ocaso
que se llevó mis ojos
para no quedarse solo.
Sin embargo su cabello está lleno de arena,
sus pies de lluvia
y nunca ha creído en constelaciones.
Este discurso se pronuncia
frente a nadie. Toda acotación es delirio.
¿Cómo saber si el fantasma de un pilar
no es también espuma en la ola?
Pasen la tierra, no alcanzan ya los remos,
ya llegan los monstruos
marinos, ya acuden al frenesí
los ahogados, ansiosos por tocar
una burbuja o sentir la ola
que dé fragatas a su muerte,
como si toda agua fuera sueño,
toda sal salida de emergencia,
toda arena una tumba profanada.
***
Sabemos que las ruinas
eran calles, y la caída
solo una flor sin nombre
o un árbol sin nombre o un hombre sin nombre,
cuya muerte mar adentro fue olvidada como cada ola
que no destruyó algo por volverse océano.
El profeta era el hombre sin nombre,
sin cordura a quién el sol eligió.
Quien se introdujo por la pupila el filo de una luz
hasta escuchar hablar al trueno o cantar a la madera
ardiente. Sabemos que el sol era una estrella,
con destino fijo de explotar
y cuando lo hiciera, todos caerían
en la ceguera, en la locura, todos
perderían su nombre y los nombres.
El mar perdería su nombre,
y todos sus muertos y los nuestros
y los de la lluvia
tendrían al fin por epitafio el silencio.
***
Soy el profeta, dice el mar
mientras se aleja la tierra del horizonte
como las horas se alejan del instante
hasta convertir toda memoria en espejismo
de un muelle imposible al que aferrarse:
en el momento del casi asir madera inventada,
al momento en que un cuerpo cede a la sal,
quién no cedería los privilegios del sol
su propio nombre, su carne,
a la osamenta del murmullo
del primer eco parido
en la última grieta de antiguos
dioses ciegos que se limitaban a cantar.
Cuyo capricho consistió en la creación
de palabras luminosas sin darse cuenta cómo
el profundo se inundaba con constelaciones
que duraban lo que dura un nombre.
Empapados de su largo talud,
ebrios de negras aguas frías,
el canto de su reino abismal
paría todas las corrientes.
Olas y mareas arrojaban llanto
en sus días de mundo nuevo
hasta aprender finalmente a cantar
como si la memoria de un eco
antecesor de su parto
erodiera en impactos el muelle
que habría salvado en otro tiempo
la mano de algún hombre.
Entonces cantaban las olas
cuando al ocaso su espuma podía ser flama
y se sentían empapadas de su remota melodía.
¿Quién no cedería la mano
a la marea, o cavaría en ocasos
su mapa bajo las algas; por qué no
ceder a los velos de una masa
que puede más que la luz?
Desde el principio fue el sol el primer ahogado,
cediéndonos por nostalgia de morir
los ocasos y tomando de la noche
un lecho de último aliento donde recostar su ausencia.
De esto se alimenta un náufrago en su hora de muerte.
Es esta su hambre, su sed atroz.
DIANA DEL ÁNGEL
Baldío
Yo no sé decir mi cuerpo,
se me quebró una noche
y sus nombres se perdieron.
Sangró por finos cortes,
fue quemado en días ebrios,
pero yo no estuve en él;
no sentí el dolor,
sólo vi su piel con marcas.
Entre mi cuerpo y yo
no había palabras,
lo habitaba como se vive
en una casa abandonada:
temiendo el desalojo.
A veces venían a verme,
oía que me llamaban,
tal vez me acariciaron.
Oculta en el sótano
o al borde de la azotea
esperé su partida
para llorar su ausencia.
Yo no sé decir mi cuerpo
por eso digo barranca,
grito escombro,
asco de humedad, lo proclamo
hilo en que me deshilvano a diario;
lo declaro campo de sal,
donde las palabras
mueren sin dejar huella.
II
Hubo una puerta
lo sé, como se sabe de un hueso roto
como se sabe el sabor de la saliva,
como se sabe el hervor del agua,
como sabía en la infancia cambiar de nombre,
como supe un día cómo cruzarla.
MA YONGBO
Iluminación en Longchang
Para Wang Yangming
Lluvias
palúdicas y nieblas feroces encierran el antiguo Yelang,
Tendido en ataúd de piedra, soportando el frío desolado.
Habiendo sondeado vida y muerte, los lazos mundanos desvanecen,
Dejando de lado la gloria y la desgracia, el Tao resplandece.
No busques viejas verdades en montañas de libros,
Debes encontrar la luz auténtica en tu propio corazón.
Un solo fogonazo de la mente disgrega mil sombras,
A través de las edades, esta misma noche se revela la vena del dragón.
(Escrito en la tarde del 27
de junio de 2026, en la Academia Zhongnan Yangming)
Versión de Jan de
Jager
