Poesía Cuatro
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 1 de julio de 2026
BORÍS HRÍSTOV
Ventana
Me
pongo de puntillas para alcanzar la ventana entornada.
Detrás están las mujeres: redondeadas por el vapor, hermosas.
¡Quién pudiera encaramarse, para verlas, a la pared vertical!
O que estuvieran aquí mis amigos para auparme.
¡Cómo
corren y se persiguen! Su corretear recuerda
al de un rebaño que invadiera el Ocaso…
¿Por qué clase de embudo el Señor habrá soplado sus senos,
que su cimbrear se oye hasta en la calle?
A
mediodía asciende una hormiga roja.
Alcanzará el espectáculo y morirá en el alféizar con entusiasmo
ofuscado. Me alzo de puntillas arañando la pared
y mi cuerpo como cal bulle apagado.
Nunca
pasé de la ventana. Esto fue todo.
Con la lengua fuera, apenas contengo la respiración.
Y no hay quien me tienda una mano, ni quien desvíe el agua
hacia el desierto donde mi esperanza se sofoca como un pez.
¡Estoy
sufriendo en vano! No hay nadie que me ayude a verlo todo
aquí, en el cielo, o en la inmensidad del arte.
¿Por qué nos preguntamos tan a menudo quién entre nosotros es el poeta?
¿Por qué permanecemos de puntillas uno frente al otro?
De: “El
solitario”
BERNARD SPENCER
Barco
Desearía
que hubiera algo de estos barcos en mi vida;
por decirlo así, una capa de alquitrán,
el toque de un desorden inspirado y algo más que eso,
algo también más
que la movilidad de las velas o de un motor primitivo y traqueteante,
bajo aquella diminuta ventana de invernadero,
que devora aceite y gasolina quizá
pero seguirá latiendo a pesar de tantos esfuerzos,
sin necesitar, con suerte, demasiadas reparaciones,
con suerte durando años sobre años acumulados.
Debe
de haber una clase de envidia que me lleva a mirar
y husmear los barcos a lo largo del muelle de la isla,
ya sea en la mañana calurosa
cuando la luz como encaje tiembla contra sus cascos desde el agua,
o cuando las puntas de sus mástiles
siguen trazando líneas entre las estrellas.
(No hablo aquí de los yates privados de los clubes
que atraviesan el puerto como magníficos gatos blancos
pero se apartan y permanecen sobre todo entre ellos.)
Mira
por ejemplo el Bartolomé, con la cubierta llena
de agua mineral y cajas de cerveza
y grandes barriles resonantes de vino del continente,
comercio entrañable;
y tablones de madera y barras de hierro para la construcción
y, curiosamente, un cerdo de orejas voladoras
hundiendo el hocico mojado en cuanto explora.
O la
Virgen del Pilar, cubierta y cansada de redes caídas,
con estrellas de mar y trozos de bacalao secándose en el techo del puente,
algo de vino, los restos de la cena sobre un plato esmaltado
y pantalones y camisetas “passim”;
ambos barcos hediondos y perdonables como algunos grandes hombres,
ambos necesitados de pintura,
pero ambos, se observa, mucho mejor armados que nosotros contra los golpes
por un cinturón de neumáticos viejos lanzados alrededor de sus costados como
defensas.
Y
teniendo en sus tablones torcidos y en la punta de sus proas
la nunca suficientemente alabada
autoridad de una gran tradición, la forma marina
simple y verdadera como un jarrón,
algo que permanece también en la cabeza tallada de un águila
o en aquel perro de madera de ojos blancos ladrando bajo el bauprés.
Cualidades
claramente admirables. Como también lo es su respuesta a la ocasión,
cómo celebran ciertos momentos
y de pronto florecen con banderines y se alzan como mayos marinos
en el día de un Santo cuando un cañón estalla desde las fortificaciones,
y un eco de cañón devuelve otro estallido
y todas las viejas campanas de cocina comienzan a martillear desde las
iglesias.
Admirable
otra vez
cómo uno de ellos, quizá mañana, habrá partido sin sirenas ni alboroto,
simplemente ausente de su lugar entre los otros,
ocupado, sin darse importancia, en los miles-de-
millones-del mar.
PERCIVAL EVERETT
Mi
bemol mayor
1
Hay
entre todos nosotros un mal enorme y triste
lamiendo el agua que hemos echado a los perros.
Retuerce la punta de mi corbata y hazme llevar ropa que
me habría quedado bien en otra era.
2
Hay
entre nosotros dos una historia gris y vacua
plegándose como un mapa con países que
ya no existen, que ya no tienen gobiernos,
sólo personas confusas que en el pasado fueron ciudadanos.
3
Montan
en bicicleta de acá para acá,
pues no hay un allá, y sus ruedas necesitan
aire, y sus frenos necesitan engrasarse.
Todas
las cuestas son de subida, todos los charcos son océanos,
todos los niños son viejos y los sueños, bueno,
los sueños siguen siendo sueños.
De: “Sonetos
para una tonalidad perdida”
Versión
de Mariano Peyrou y Daniel Peyrou
ALFREDO ZITARROSA
Contracanción
III
Doña
Soledad: quédese quieta en su madera,
a vos patria no digas que eras nuestra,
Barrio Sur…
qué lejanos los días de la buhardilla,
cuando enterrábamos coroneles
con salvas de fogueo,
bajo las ventanas
de esas humildes pensiones de Yaguarón…
Ya no me vendas la coyunda lírica,
la milonga tiernita
y sola hasta que fue aplaudida
y envejeció de golpe…
Ya no me cantes pájaros
enjaulados o muertos,
pericones de Roxlo, mariposas negras…
No me vendas el lamento
de los que no aman ni el aire burlón del retobao,
que igual puede vivir,
y además lo vende la compañía
impreso en discos…
No me digas qué quiere la canción,
ni a dónde va el que se va,
ya no volverá…
No volverá milonga, guitarra negra,
el que se fue…
como me dice el tango viejo
y fulero de verdad, pero melancólico
y sólo nuestro, pero nuestro de veras:
el tiempo que se fue,
se fue para siempre,
y lo mismo el loco Antonio
que era comunista amó y murió,
peleó rabiosamente
con las corvinas de su río para vivir,
para seguir peleando de overol,
y murió y no vuelve,
y no hay luna que le valga
ni creciente que me demuestre
que estaba amando al río como a una mujer…
Qué pena, milonga,
que no nos duela casi nada ahora,
salvo la muerte del estudiante
cuando se escapó aquel tiro
¿te acordás?…
Qué pena que no nos dolían los nombres,
el nombre de no sé quién.
Y ahora…
¿no te duelen de veras varios Fernández,
varios fusilados, varios huesos partidos,
los suicidios raros,
el estudiante muerto de casualidad
cuando se le escapó otro tiro al represivo?…
No me toques el violín Becho,
no bebas ese vino del negro milonguero,
ni cantes con Manolo,
la milonga madre nunca fue flamenca
y el nene patudo no nació,
lo mismo que está muerta para siempre
la esperanza de amanecer entre lirios,
hoy por hoy… El futuro está ahí nomás
y sangra… nomás de entrada,
está mal herido y putea,
sangra y masca el freno
como una gran bestia echada,
pero inmortal…
No hay con qué darle,
ni con balas de cañón lo perforan para siempre…
Como a tu canción, milonga,
el hierro que lo vulnera
y se le clava en el hueso…
Así entrará a la adolescencia:
acorazado… Y no le canten milongas.
EMILIO ORIBE
Cae
la luna en el mar
Vamos
en la penumbra estelar
debajo de aquel árbol cuyo tronco
se encuentra en todas partes
y cuya fronda abarca todo el cielo.
Llega
la media noche,
y el árbol lentamente se ha colmado
de rubias frutas en astrales tirsos.
El
más grande y rosado de los frutos,
se aparta del racimo innumerable
y agobiando la rama que lo nutre,
se inclina hacia occidente.
Tiembla,
ruge, todo el océano.
Sobre las aguas turbias adivínase
el paso de un gigante.
—
Miradlo! — grazna un pájaro invisible. —
_ Es él! —
— ¿Quién es?
Avanza en la anchurosa senda,
por donde huyen las constelaciones,
y del más recio gajo de aquel árbol,
el fruto inmenso anaranjado corta.
Lento, lo arroja al mar.
INMA CHACÓN
Tus
besos
Me
gustan tus besos
saben a café de media tarde
a tortitas con nata
a primera cita
a ternura
y me
dan derecho a quererte.
Me
gustan tus manos
me acaricias la cara
me retiras el pelo
me rodeas la nuca
y
provocas que la tierra se inunde.
Agua.
Sube
la marea de todos los mares
los ríos se desbordan
se deshielan los polos
el magma se disputa con el agua
las pendientes del volcán.
Tus
manos juegan.
Me
gusta tu boca
me sonríes
con cara de niño diablo
y el infierno de Dante
necesita otro círculo
para ser el infierno.
Fuego.
Me
gustan tus ojos
me miran
me habitan
me hablan con pocas palabras.
¡Parco!
¡Parco!
¡Parco!
Me
gustan tus dedos.
Me
gusta tu piel.
Cuando roza la mía
las selvas del mundo
se convierten en praderas verdes
seguras
tranquilas
soleadas
mullidas
dulces praderas
salpicadas de gente feliz
y manteles a cuadros.
Me
gustan tus pies.
Tierra.
Tus
suspiros vuelan
comparten mi respiración y mi latido
sin miedo a equivocarse
y se cuelan por donde quieren.
Aire.
Me
gustan tu voz y tu mente
se acoplan
se entienden
a veces, se muestran
y otras,
se esconden
y esperan,
quizá desconfían
quizá se defienden
quizá se protegen.
Hueles
a pan y a merengue
recién salidos del horno.
Me
gusta tu manera de andar
y de estar quieto
de apoyarte en un árbol
de esperarme a la salida del metro
de invitarme a cenar
de saborear la cerveza
de pedir la cuenta
de protestar
porque no te mira el camarero.
Me
gusta
tu forma
de ponerte
de tu lado bueno.
De: “Fronteras”
