miércoles, 4 de febrero de 2026


 

CARLOS SANTOS

 


IV. Oficiante

  

Sobre madres y ergástulas levantado,
tú, el oficiante
frente a la multitud:

Declaramos puros nuestros remedios y venenos.

Infolios.
Huesos.
Amputaciones.

Manos armadas no cesan
de erigirte una pared,
lenta, arriesgadamente. Broquel
contra el horizonte.

 

De: “La casa en marcha”

 

ANTONIO GAMERO

 

 

Romance del hijo futuro

  

Hijo mío, hijo futuro,
tengo dos novias más una.
De las tres novias que tengo,
¿cuál va a ser la madre tuya?
¿La de ojos largos y oblicuos,
la de boquita de azúcar,
o la que tiene los senos
rosaditos como tunas?

Las tres son dulces, muy dulces,
pero una de ellas me dice:
“Yo no quiero tener hijos;
vida de madre es muy triste”,
y casi en las mismas frases
la segunda me repite:
“Renuncio preñez y todo
porque vivamos felices”.
Y la tercera, embriagada
como de un santo lirismo,
me dice: “Quiero ser madre
para alumbrar mi destino;
quiero sentir en mis senos
la boca suave de un niño;
quiero, con todas mis ansias,
fecundarme en tus suspiros,
para besar tu retrato
en la desnudez de un hijo”.

Hijo mío, que aún no vienes
en el barco del misterio;
hijo que duermes ignoto
en la sangre de mis versos,
tengo dos novias más una
que es la novia que más quiero.
¿Cuál va a ser la madre tuya
de las tres novias que tengo?

 

  

WILLS AMA

 

  

Crisol

  

Fui fundido en el horno de otra madre,
otros desafíos formaron mis huesos,
otras manos entretejieron mis carnes
mientras otras ideas habitaban mis sueños
y creyéndome grande, llegué a ti,
y me sentí de nuevo pequeño,
ansioso e inseguro, melancólico y alegre
pero tomándome tiempo para conocerte
me construyó tu suelo un nuevo cuerpo,
en tu calor fragüé nuevas ideas,
en tus mares encontré nuevos rumbos
y en tus tierras descubrí nuevos hermanos,
de todas las partes del universo,
pues tu vientre, cinto del mundo, crisol del cosmos,
moldea a cuanto metal precioso llega a tus manos
y yo, hijo de otro vientre, ahora me siento también, hijo tuyo.

  

Nota: Wills Ama, pseudónimo de Williams A. Méndez Aguilar.

 

 

SILVIO MATTONI

 

 

 

incipit idyllium

 


No, no es la puerta que crucé al nacer,

ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy

entre el polvillo flotante del invierno

bailando con el sol de la mañana?

¿Cómo llegaron hasta mí esta niña,

su llanto persistente que me dice:

“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo

me empujó a hablarte en esa construcción

de plástico y cemento, donde sufríamos

vos, ella, yo, vagas ambigüedades

por infringir las reglas de concordancia?

Nuestros paraguas descansaban juntos

y algo nos distraía del pudor

que en vano desplegaba su habitual

manto sobre la clase de gramática.

Al poco tiempo, un día me llevaste

hasta mi casa, con tu piloto beige,

tus manos pequeñitas manejando

y tu certidumbre de niña

que ha crecido hacia adentro, y pregunté:​​ 

“¿A vos te gusta coger? Para mí

es apenas un limbo que permite

hablar mejor.” Hablar como ya entonces

sin habernos tocado yo te hablaba.

“No es lo más importante”, contestaste,

con una risa oculta. ¿Percibiste

que no habría sorpresas, sólo gracias,

descubrimientos de mí en vos,​​ 

de vos en mí? Y aunque queríamos

gozar de la belleza, conocernos,

pusimos el deseo en las palabras.

Y cuando las dijimos siguió el tiempo.

Bajo el arco del cielo fuimos flechas.

Tenemos una pieza, estamos solos.

Nos sacamos la ropa, los dos vemos

un cuerpo más hermoso que el ansiado,

el adivinado. Besos de bajo

bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste,

a esa vida pasada que se iba?

La suave crema del futuro unta

nuestros sexos cansados, insensibles

por un instante. Nunca supe

por qué lloraste esa noche, después,

acostada, desnuda y revisando

la pulcritud del techo. ¿Fue placer,

fue pena o despedida de otro cuerpo

que ya no volvería? ¿O la emoción

vacía que altera todos los líquidos

internos y extraños? Era imposible

que sospecháramos en cada lágrima

tuya, en cristal nocturno, una

nena, tras otra, tras otra, y vos

eras su madre y la mitad del padre

cuando sonó tu llanto en el deleite,

cuando miré en tus ojos el silencio,

espléndida como aire que relumbra.

 

 

MANUEL ILLANES

 


 

¿Qué me une a estas ruinas? ¿Qué ligazón puede existir entre ellas y yo, a todas luces un extranjero, un total extraño al mundo de resonancias y ecos que provocan en Perú? ¿Es real, es auténtica esta sensación de pertenencia que ellas me producen, las raíces que descubren en mi ser? ¿O es tan sólo una entelequia, una necesidad racionalizada de integración, de encarnamiento en una comunidad imaginaria? ¿De dónde nace esta emoción, este temblor que pasa y me reduce a escombros en su presencia? ¿Es sólo sugestión? ¿O hay algo más?

 

De: “Las puertas del Edén”

 

 

RAQUEL JADUSZLIWER

 

  

 

Decías que el agujero de la noche

no es otra cosa que una alegoría

de la mañana próxima.

 

Decías que sólo se trata de aguardar

el correr de las horas,

la cabalgata de una luz entrante

para ver cómo se abre

la flor de la correspondencia.

 

Decías que los temores

se desvanecen como las promesas.

 

Decías que, al fin y al cabo

todo se borra al sol.