Poesía Cuatro
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
jueves, 25 de junio de 2026
PAULA F. LUPIÁÑEZ
Colección
de enfados pequeños
Cuando
tenía cinco años le sacaba fotos mientras lloraba. No sabía consolarla, pero sabía
enfocar. Le decía: Quietita, así́ no sales movida.
Una
vez le hice una mientras hacía pis. Me pidió́ papel. Respondí: Espera, que
esto es irrepetible. Otra vez se duchaba con calcetines y gritaba que el
agua quemaba. Le saqué dos. No era maldad, era amor. A veces las miro, para
recordar que existió́ ese tiempo en el que la felicidad se me escapaba entre
los dedos. Como la luz del flash: breve, bruta, irrepetible.
De:
“Pan recién horneado bajo el brazo”
ÁNGEL GAZTELU
Romance
y elegía
-la poca flor de mi vida…
José
Martí.
La
niña subió a la torre
-palma de su pensamiento-,
toda encendida y resuelta
en viva pasión de vuelo.
A
sus solas con las olas
por el mar de su deseo,
piensa que es proa la torre
enfilada a los luceros.
Por
toda su frente cruzan
raudos pájaros de fuego
y secretas lenguas de oro
minan la flor de su pecho.
Cómo
viaja con la torre
su flor alta por el cielo…
Más que la flor y la torre,
más vivo y agudo el sueño.
Una
vehemente espina
le buscó la flor del pecho.
-Nadie vio cómo apartarla:
todo el pueblo estaba ciego-.
Peces
de plata circulan,
golpeando sus pechos trémulos:
mil pájaros por la torre
de sus altos pensamientos.
Sus
cabellos que relumbran
encandilan los vencejos;
los vencejos que en la tarde
apresuran los luceros.
A
las siete de la tarde,
cuando el mar agranda el cielo,
cuando entreabren los crepúsculos
ventanas de espuma al sueño,
cuando
en los parques los niños
fijan sus últimos ecos,
de la torre una paloma
salía nevando el viento.
Cómo
relumbró la torre
con los halos de aquel vuelo,
que le llevaba la vida
con la mucha flor del sueño.
Las
campanas se quebraron,
se pararon los vencejos;
una bandada de grullas
su nombre hilaba en los cielos.
La
niña murió de amor.
Hilos de plata sus dedos,
se hundieron como raíces,
buscando su flor de fuego.
Aires
tejieron cendales,
lirios sus rasos tejieron,
tiernas coronas de nardos
trenzaron por sus cabellos.
La
luna que aparecía
por los vecinos oteros
le puso un cojín de plata
para su frente y su sueño.
Una
caja de cristal
le bajaron de los cielos:
cuatro ángeles la llevaban
a enterrarla en un lucero.
La
torre se hundió en la noche,
cerró el crepúsculo el cielo,
brillaron más las estrellas…
Nada de esto supo el pueblo.
JOSÉ JOAQUÍN CASAS
A
solas
Me
aplaca del campestre cementerio
por las sendas perderme, intransitadas,
oyendo de la brisa en las cañadas
el antiguo, monótono salterio.
¡Qué
voces, de las lindes del misterio,
devuelven el rumor de mis pisadas!
¡Cuántas augustas sombras adoradas
tienen aquí su indisputado imperio!
Ah!
no es esto morir! la vida es ésta!
Aquí es bello el dolor, sentido en calma,
cual nublado que el sol tiñe a su puesta;
Aquí,
con Dios y mi esperanza a solas,
siento subir a dilatarme el alma
de la vecina eternidad las olas.
CLEMENTE PADÍN
Poema
de amor
Plenitud,
desdichas,
alegrías,
manos tendidas,
crepúsculos, caricias,
ganas de morir,
esperanza,
mi vida.
Palabras,
letras,
puntos suspensivos…
metáforas, retórica,
versos, comas,
enumeraciones,
inflexiones verbales,
mi vida.
MAHFÚD MASSÍS
Insurrección
El
Hombre
!qué solo!
y Dios no tiene cojones. !Dios
ya no rompe nada!
Tiene
una papa en la boca: está mudo. Y te puedes
morir llorando. !Pero
estás solo!
Si no te rascas
con la propia
mano
entumecida,
si no hechas el corazón y dices: “Carajo,
soy un hombre”, y entregas
a tu hermano un fémur,
un fusil,
un cuchillo para asaltar juntos el cuartel mas cercano;
si te dejas
llevar de la jeta por los bulevares
como un ángel con los huevos cortados,
no pretendas
ser distinto
a este mono caliente
colgado de su jaula en el invierno de la vida,
y que observa
con el cráneo aplastado,
cómo desciende la lluvia, cómo
cae el maní sobre su rostro de pordiosero,
esperando
que nazca
de él un día
el HOMBRE que tú
miserablemente traicionas.
SACHEVERELL SITWELL
Río
Grande
Junto
al Río Grande no bailan zarabanda
En riberas llanas como céspedes sobre la marea vítrea y ondulante,
Ni cantan madrigales desolados cuyo acento triste agita los vientos dormidos
Hasta que despiertan entre los árboles y sacuden las ramas
y espantan a los ruiseñores.
Pero
bailan en la ciudad, en las plazas públicas,
Sobre losas de mármol con cada color repartido,
Ante las puertas abiertas de la iglesia, resonantes de luz interior,
Al gran tañido de la campana, junto a la música del río, que gorgotea, tenue,
por el aire suave del Brasil.
El
Comendador y el Alguacil
Están allí, a caballo, cubiertos de plumas, estridentes y agudos,
Lanzando órdenes con sus trompetas como picos de ave,
Entre las ramas como un viento amargo, llamando;
Brillan como una luz de estrellas constante mientras otras chispas caen
Con armaduras bruñidas y penachos de fuego,
Incansables, mientras todos los demás se fatigan.
Las
calles ruidosas están vacías y la ciudad enmudece
Hasta donde, en la plaza, bailan y la banda toca,
Tal es el espacio de silencio desde la ciudad hasta el río
Que el agua murmura alto,
Más alto que la banda y la multitud juntas.
Y
los compases de la zarabanda,
Más vivos que un madrigal, avanzan de la mano
Como el río y su cascada, mientras el gran Río Grande
Desciende hacia el mar.
Junto al Río Grande no bailan zarabanda.
Alto
suena la marimba sobre estas olas a medias saladas,
Y más alto aún el tímpano, el plectro y el tambor,
Sombrías y amenazantes resuenan estas voces de bronce;
Cabalgando por encima, sobre la marea del mar salado cabalgan,
Sobre la marea del mar salado.
Junto
al Río Grande no bailan zarabanda
Hasta que los barcos anclados escuchan este encantamiento
Del aire suave del Brasil, llevado por los vientos del sur,
Lenta y dulcemente su fiereza templada
Por el aire que fluye entre ellos.
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