lunes, 26 de octubre de 2026


 

LUIS OTHONIEL ROSA

 


 

Triste la furia

 

Hay ecos de viejos universos.
¿Los sientes?
Estruendo de comienzos,
furia de big bangs. 
¿Los escuchas?
Esos mundos ya murieron.
Todavía susurran en éste.

La tristeza es el río del tiempo,
nos dice una mujer que nos amó,
y que ya no está.

Concéntrate:
¿No puedes oír el río a lo lejos
golpeando monolitos?
Está ahogando colonizadores.
Lo puedes escuchar, 
marroneando, sumergiendo.

Fuerza débil, la tristeza.
Siempre está ahí.
Constante residuo de mundos.
Con afinar los oídos la escuchamos.
Débil su estar, pero no su origen.
La tristeza es hija de la furia.

São Paulo, 2023

 

MYR OLIVARES BONILLA

 

 


 

Rostro

 

Podría comenzar por decir
lo que en mi rostro
se ve de mi madre:
mis formas toman la osamenta
de un zorro sudamericano
en el Caribe,
con su frente pequeña estirada
sin que deje ver 
su próximo movimiento.
Mi cabello en ondas,
delgado, se niega 
a seguir las líneas,
tal cual.

De mi madre heredé
la nariz ondulada 
en desiertos de pecas
con porte de civilizaciones egipcias,
esas mismas de donde alguna vez
tuvo que huir por su vida
y luego por venir de América,
aunque nuestro pedazo de tierra
no esté en la clase de historia.

Hay también una llanura
de ancestros
en mis orejas de ratoncito
que buscan queso.

 

HENRY ALEXANDER GÓMEZ

 

  

 

Homo neanderthalensis

 

Son los homínidos que más tiempo
han estado sobre la tierra,
mucho antes que los humanos modernos
quienes llegaron con sus inventos
para poblar el océano
con tres millones de toneladas de plástico.
Un neanderthal es un ser de viento,
un humano que nos devuelve la mirada
para asirnos con el terror de vernos
a nosotros mismos.
Estos hombres, paridos de la nieve vertebral
de las montañas,
entendieron las formas cambiantes
de la sombra
desde el aleteo del fuego,
grabaron su respiración
en los muros de las cuevas
con líneas que representan
el vuelo de las libélulas,
el talle de la luz sobre los árboles,
o la geometría inacabada de las placas
en el caparazón de las tortugas.
El hallazgo de polen en la cueva Shanidar,
en Irak, demuestra el uso de flores
para los ritos funerarios:
un atisbo de la noche
que prueba la inmortalidad,
sus alas de ángeles abanicando
los nombres de las conchas marinas,
las garras de las aves de rapiña,
el excremento dejado por los mamuts
sobre las planicies de hielo,
el susurro de un idioma de pasos
hoy vencido por la perplejidad.

 

De: “Diario para anunciar el fin del mundo”

 

JESÚS HERNÁNDEZ J.

 

 

 

Fulgor

 

Estoy en paz.

Tras la bruma,
los lirios del arroyo
siguen siendo púrpuras.                                                                         

Es lozana la hierba
a pesar de la noche.

 

De: “Concordia”

 

JOMAR CANALES CONDE

 

 


 

ENTONCES FUE LA TARDE
el hastío
la lluvia desgarrando 
los cimientos de la casa
el barro llamando a la madera
la madera llamando a la madera
y los árboles
arrastrándose en el fango
tenían una misma raíz
sucia
desnuda 
como la tierra misma
y pesaban los párpados
sobre los ojos
y morían los pájaros
espantados de sueño
en fin
que la tierra toda 
tenía un olor
de animal en celo
el amor se volvía verde
como el musgo de algunos corazones
las puertas se rompían solas
arrebatadas de júbilo
y alguien iba desangrando
las rosas
para que no se parecieran
a ti
impávido
manchado del rojo barro
de la tierra
como semilla de algarrobo
cuya cintura
carga el rumor vano
de la noche
nuez trémula
sexo pétreo
cencerro de la luna 
ajado como el recuerdo 
del camino recorrido
como los pasos del balcón
hasta la cama
tu voz 
era la yunta de las escasas estrellas
que rodaban por el suelo
tus manos 
suaves y lisas
ataban detenidamente 
el cordón de la vida
y tu amor 
tenía algo de horizonte
garganta tierna
de abandono.

 

NICTÉ TOXQUI

 

 

 

TENÍA UNA PELOTA AZUL entre las piernas

estaba jugando
el día en que descubrí la fricción que provocan
los movimientos circulares.

Era una niña cuando me dijeron:
es muy temprano para sentir

   pero la fuerza que nacía en mí
se enraizaba de punta a punta,
   un nervio,
me ceñía también,
   a eso que pudiera caber, salir
   por un instante
de lo que orbita
   y centellea,
en su propia viveza,
se apaga. Y yo
que me preguntaba
qué me sucedía,
me encariñé con el tacto

y quise ver
   y oler

y saber su nombre
más allá del miedo.

LAS ABUELAS ME REPITEN UNA y otra vez:
no mires lo que quieres a los ojos.
Nunca digas tus ariles en voz alta
si quieres que se cumplan.

Y yo me quedé muda
sola con mis ojos.