sábado, 23 de mayo de 2026


 

FERNANDO LAMBERG

 


 

Poema en blanco y negro

  

Un error de muchos años sigue siendo un error.
Llamar blanca a la inocencia y negra a la perfidia
Sigue una tradición pero no una verdad.
El blanco puede ser señal de la traición
Y el negro ser la huella de la lealtad.
Una simbología obsoleta va par malos caminos.
En el ajedrez la dama negra sobre la casilla negra
Puede darte la victoria
Y la dama blanca sobre la casilla blanca
Hundirte en la derrota.
Negro es el color de un científico ante el microscopio
Y blanco el color de un asesino con una metralleta.
Negro es el carbón que mueve las máquinas
Y blanca la nieve que las paraliza.
Negra es la sartén familiar
Y blanca la mesa sin sopa y sin pan.
Negro es el color de la letra que enseña
Y blanca la página que no tiene letras.
Blanco es el fósforo que quema a los niños
Y negra la noche que los protege.
Negro es el vestido de las viudas heroicas
Y blancos los colmillos del lobo carnicero.
Durante el siglo XX
Y a comienzos del siglo XXI
Una Casa Blanca en el norte de América
Representa el símbolo de la mayor infamia.
Por eso propongo
Que con un puño de poderoso amor
Derribemos ese castillo de la perfidia
Y en su lugar levantemos la Casa Negra de la hermandad,
La Casa Negra de la paz, la Casa Negra de la alegría.

 

 

LUIS PEREIRA

 

 


He visto los sitios
bailables desaparecer

donde antes hubo una escena romántica
embarcaderos
sitios de amarrar
portuarios
he visto la nómina de los muertos

 

RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA

 

 

 

Soneto

  

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;

y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

 

ANNE STEVENSON

 

 

 

Olvidado por el pie

  

Equisetum, cola de caballo, hierba de ferrocarril
depositada en el inconsciente de las colinas;
trescientos millones de años aún enterrados

en este crecimiento superviviente, suave como cabello, que mata
todo en el glorioso jardín excepto a sí mismo,
que prospera en la escasez y destila

diamantes negros, la veta carbonífera —
esa era la vida antes de nuestros animales,
con trilobites y celacantos,

un estrato de tiempo comprimido que dice
la verdad sin lenguaje y es el almacén corporal
del fuego, del calor, de la noche sin pausas—

que sólo se convierte en vida humana cuando un aire extraño
hincha los pulmones plegados, los inertes corpúsculos.
En la oscuridad muda, la luz vuelve a arrastrarse.

Así las colinas deben ser saqueadas y perforadas.
La historia que esconden debe arrancarse a golpes,
urgente como el dinero, dejando al descubierto las vetas negras enterradas.

Filas de casas raquíticas bajo el humo,
casas tiznadas apretadas contra la mina
por la niebla, por el humo, por una capucha de cobra de coque humeante

balanceada desde el nido de hornos apiñados enfrente.
Familias, siete o diez en cada hogar,
creciendo allí, respirándolo, convirtiéndose en ello.

En las mañanas de invierno, hombres de gorras grises en el frío,
golpeteo de botas sobre el asfalto, seco y vacío,
primer turno bajo la escarcha espesa, simple como el oro

sobre los tejados sulfurosos, sobre la elevada pasarela,
cruzando hacia la sala de máquinas y el torno—
casco, pico, lámpara, botella metálica de té.

Una Nan o una Nora esclava de cada negra rejilla.
Lavado los lunes, el agua ensuciándose en el pozo.
Planchar y limpiar los martes; extender y hornear

cada miércoles (ese dulce olor bituminoso
que ningún niño criado aquí olvida).
Los jueves, el sindicato y el círculo metodista;

día de pescado el viernes (fryday), fila de niños
delgados, peleándose junto a la freiduría. Viejas disputas
reapareciendo tras el día de paga: bebida dura y cabezas rotas.

Ruedas dentro de ruedas, una Inglaterra de Ezequieles obreros.
Entre montañas de escoria, lagunas de coque y residuos negros y viscosos,
fraguas rugiendo y enrojeciendo, hierros ardientes brillando como joyas.

Ya no más, ya no más. Han barrido las minas
como si nunca hubieran debido formar parte de la memoria.
Una forma de vida extinguida. Existencias duras

que no volverán, sombríos relatos olvidados apenas contados,
subiendo desde los tejados en humo de un siglo perdido—
un velo de aliento con el que sobrevivir al frío.

Cuando la mina cierra, las costumbres prolongan la historia,
costumbres y voces, hasta que los viejos modos de las abuelas desaparecen,
y las terrazas se pliegan sobre sí mismas, tan negras, tan feas

y tan poco amadas que todos, salvo los salvados
(el éxito los libró, el ángel de la muerte por dinero), se marchan.
La ciudad queda habitada por inocentes extraños y arrastrados.

Niños y animales, gente demasiado pobre para vivir
en cualquier otro sitio, vagan aturdidos por este suburbio del Edén.
La iglesia no tiene santos ni estatuas.

El monumento es un pico, un martillo, una pala, ofrecidos
por los hombres de Harvey Seam y Victoria Seam. Que
sus buenos huesos despierten en las vetas vivas del Cielo.

Él abre un pozo lejos de donde los hombres habitan.
Son olvidados por el pie que pasa de largo.

 

QUILO MARTÍNEZ

 

 

 

Tonadas del alma

  

Tonadas llevo en el alma
y voz de arriero en mis sueños,
sabor a mate en los labios,
aroma a campo en el cuerpo.
Tonadas llevo en el alma
y temporales de viento,
chicha dulce en la garganta
y olor a lluvia de pueblo.

Llevo cuerdas de guitarra
con sonidos de bolero,
con versos de despedida
dolor del último beso.
Una canción desprendida
de mi antiguo cancionero,
llevo también en el aire
que acompaña tu recuerdo.

Tonadas llevo en el alma
a pesar que pasa el tiempo.
Llevo ilusiones perdidas,
llevo sueños, llevo anhelos.
Tu nombre sobre mi nombre,
sobre tu verso mi verso.
Tristezas al caminar
sobre un sendero desierto.

Tonadas llevo en el alma,
tu nombre en mi pensamiento,
y a pesar de las distancias
sobre mis labios tu beso.
Tonadas llevo en el alma,
notas de tiempo en el tiempo,
y en mis ojos ya cansados
llueven lágrimas de invierno.

Tonadas llevo en el alma
aunque cantarlas no puedo,
la garganta se hace un nudo
cada vez que yo lo intento.
Llevo un abrazo de amor
y el recuerdo de tus besos;
tus manos entre mis manos,
la suavidad de tu cuerpo.

Llena mi playa vacía
volver la vista en el tiempo;
sobre las olas del mar
una barca sin remero,
busca brújula en tu voz
que se acerca en el recuerdo,
y en tus manos al pasar,
en las caricias del viento.

Tonadas llevo en el alma
y un dolor fuerte en el pecho,
llevo ausencias y distancias
y t mirar de ojos negros

Tonadas llevo en el alma,
y en el corazón silencio.