Poesía Cuatro
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 1 de mayo de 2026
ROCÍO ROJAS-MARCOS
Hay
cosas que ocurren cuando dejas que entre la luz cosas
que
ocurren al abrir la ventana
al
mirar hacia fuera.
Sin
horizonte no habrías visto que
la
luz que alumbra por el lado podía ser tu farola y
sigues
y
sigues andando
un
pie tras otro
con
zapatos que ya no duelen
y
una mochila bastante llena
que
cargas sin ayuda.
Para
tu sorpresa pesa menos que antes. Así
son
las cosas cuando todo cambia. Ese
espacio
en el que creías habitar sola y en
penumbra
es
ahora un mundo inmenso iluminado
desde
dentro. Sin adornos. Austeridad de
paseos
por el parque, Sobriedad sin
sobresaltos,
con
que haya cuatro sillas tienes suficiente.
Hoy
garbanzos. Mañana ya veremos.
Mientras,
miras de frente a la suerte
Siempre
sonriendo.
Nuevo
mantra
recuperado
del poema anterior futuro
escrito
con todas sus letras
(futuro:
palabra que sabes dividir en sílabas sin problema).
Puedes
hacer una hoguera (como en San Juan) para
quemar
todo lo viejo: saltar pisando ascuas notar en
las
plantas de los pies el ardor: principio de exilio
principio
y final de ti misma
que
pisoteas y calcinas.
Así
termina el poema. Comienzo.
Nuevas
palabras.
De:
“Miedo”
JOSÉ MANUEL FAJARDO
Ojo
de luna
Sigues
ahí
insomne
mirando
este globo hirviente de pesares
y
sueños como nubes.
Eres
mirada y luz
ojo
y luciérnaga.
Tutelas
la noche de los hombres
sus
pasiones sus violencias
tan
silenciosa y fría como el cuchillo que siega una vida.
Aquí
abajo las sombras se mueven
todo
es crepitar
el
murmullo incesante de un mundo
que nace
y muere
que
sufre y goza en un caos
al
que en vano busco sentido.
¿Cómo
se ve desde esa inmensidad
tanto
esfuerzo?
¿Qué
significan las lágrimas y el semen,
la
risa y los gritos?
¿Dejamos
a nuestro paso
alguna
huella
que
no sea tan sólo
la efímera
pisada del deseo?
¿Hay
un rastro de amores
perceptible
como una migración gigante?
¿Se
fosilizan los odios
en
el ámbar del tiempo?
¿Qué
se puede sacar
de
tanto mar y tanta sangre?
¿Qué
se puede encontrar
en
esta soledad de multitudes?
Yo
te miro
ojo
de luna
y en
tu resplandor
no
encuentro más que preguntas.
(Roma, marzo 2003)
De:
“Perfecta sombra”
JUAN CARLOS MESTRE
Advenimiento
Moriré
y aullarás como una loba que no encuentra a sus crías y alguien te disputará y
otros hombres desordenarán tus noches. Partiré deshabitado por la vacilación y
la ceniza, y ninguna de las antiguas palabras ha de servirte para pedir
clemencia ante la ventanilla por donde el prestigio cuela sus ratas y hacen
fila los abandonados cuando el mar molesta a sus muertos. Moriré y un séquito
de insaciables testigos me acompañará mientras duren los frutos en el país de
las prohibiciones. Pronto se ha de terminar el vino y tras la fiesta inesperada
será el tiempo de estar solos, la hora en que la ceguera aborrece a sus perros
y los desconocidos aguardan tras los árboles. Pero entonces huye de la
condenación, aléjate del sometimiento a lo que algún día significó vacío y
amor. Porque nadie dirá una sola palabra que te sostenga, un solo gesto que te
detenga en la caída. Hará mal tiempo y lloverá toda la noche y el viento
enfurecido arrancará las vallas y delante de ti las bestias roerán mis dedos y
comerán mis labios. No te vuelvas para buscar mis ojos porque sobre ti ya no
existirá lo que se extingue y del indiferente cielo se habrán borrado los
retratos como las huellas de un ciclista en la polvareda de los barrios pobres.
El tiempo extingue su belleza a la misma hora que el olvido hace su aparición
de huésped en las relojerías.
De: “La
poesía ha caído en desgracia [1086-1996; 2014]” y la antología “Asamblea.
Poesía reunida 1975-2025”
LAURI GARCÍA DUEÑAS
XII
Lunes 29 de septiembre de 2025
Me desperté creyendo que todavía estaba en China,
pues en el dorso de mis párpados,
todavía bailan mujeres envueltas en trajes suntuosos rojos y verdes
con una sonrisa infinita y móvil.
Suena dentro de mí, el tambor de la antigua dinastía Tang.
No, ya no estoy en la Asia lejana.
Pero algo en mi caja toráxica sí
un estertor, un algo.
Tal vez, un día, volveré
para averiguarlo. No lo sé.
De: “Poemas
Chinos”
AURELIO ARTURO
Amo
la noche
No
la noche que arrullan las ramas
y balsámica con olor de manzanas,
con el efluvio de la flor del naranjo;
oh, no la noche campesina
de piel húmeda y tibia y sana;
no la noche de Tirso Jiménez
que canta canciones de espigas
y muchachas doradas entre espigas;
no la noche de Max Caparroja,
en el valle de la estrella más sola
cuando un viento malo sopla sobre las granjas
entre ráfagas de palomas moradas;
no la noche que lame las yerbas;
no la noche de brisa larga,
hojas secas que nunca caen,
y el engaño de las últimas ramas
rumiando un mar de lejanos relámpagos;
no la noche de las aguas melódicas
volteando las hablas de la aldea;
no la noche de musgo y del suave
regazo de hierbas tibias de una mozuela;
yo amo la noche de las ciudades.
Yo amo la noche que se embelesa
en su danza de luces mágicas,
y no se acuerda de los silencios
vegetales que roen los insectos;
yo amo la noche de los cristales
en la que apenas se oye si agita
el corazón sus alas azules;
y no es la noche sin cantares
la que amo yo, la noche tácita
que habla en los bosques en voz baja,
o entra a las aldeas y mata.
Yo amo la noche sin estrellas
altas; la noche en que la brumosa
ciudad cruzada de cordajes,
me es una grande, dócil guitarra.
Allí donde dulcemente respira
un perfil cercano y distante
al que canto entre sus espejos,
sus sedas y sus presagios:
valle aromado, dátiles de seda;
cuando hay un rincón de silencio
como un jirón de terciopelo
para evocar esos locos viajes
esas partidas traspasadas
por el vaho tibio de los caballos
que alzan sus belfos en el alba.
Yo amo la noche en el cansancio
del bullicio, de las voces, de los chirridos,
en pausa de remotas tempestades, en la dicha
asordinada, a la luz de las lámparas
que son como gavillas húmedas
de estrellas o cálidos recuerdos,
cuando todo el sol de los campos
vibra su luz en las palabras
y la vida vacila temblorosa y ávida
y desgarra su rosa de llamas y lágrimas.
JUAN JOSE ARREOLA
Balada
El
gavilán que suelta en el aire la paloma
y gana las alturas con el estómago vacío;
el barquero que tira por la borda el cargamento
y recobra su línea de flotación;
el bandido que arroja la bolsa en su carrera
y se salva por piernas de la fortuna o de la horca;
el primitivo aeronauta que corta para siempre las amarras de su globo
y saluda y se despide desde la canastilla
agitando su sombrero de copa sobre la muchedumbre pedestre.
Todos me dicen:
mira tu paloma.
Ya puedes ser
del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.
El que abriéndose las venas en la tina del baño
dio por fin rienda suelta a sus rencores;
el que cambió de opinión en la mañana llena de estupor
y en vez de afeitarse hundió la navaja al pie de la jabonadura
(afuera, en el comedor,
le esperaba el desayuno envenenado por la rutina de todos los días);
los que de un modo o de otro se mataron de amor o de rabia,
o los que se fueron por el ábrete sésamo de la locura,
me están mirando
y me dicen con la sonrisa extraviada:
mira tu paloma.
Ya puedes ser
del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.
Mírala desde el vértice del amor propio,
girando en barrena, dándolo todo al diablo,
descendiendo con pocas alas y con mucho bodrio.
Mírala cumpliendo con la intima ley de su gravedad,
cayendo en la piara, enganchándose en los cuernos,
entrando por el hocico empedrado de colmillos,
yaciendo en los lomos calientes y desnudos.
Desplumada ya por las pinches,
espetada en el asador del cocinero indecente;
trufada de anécdotas para el regocijo de los bergantes
y el usufructo de los follones.
Ya puedes ser
del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.
