lunes, 7 de septiembre de 2026


 

EDUARDO MILÁN

 


 

Caí en la poesía


caer en la poesía es caer en el no-día
un-sin-tiempo
porción hueca sin más propósito
uno siente su lenguaje, uno tiene un cuerpo
la poesía pasa por el cuerpo, por los poros pero
inunda, inhalada entra por las narinas húmedas
manera maderera del aserradero
—aserrín, primo segundo de la serpentina—
aire contaminado de felicidad anterior
a la felicidad obligatoria, sistémica
el temor, ombligo de la felicidad obligada
tomo y obligo, lo que el tango recogió de estaño
—antaño, primo directo—
del bar, piso cubierto de aserrín cuando amanece
hay un ámbito de pinos que suelta un olor
va directo a los pulmones que son redes reales
esponjas que hincha y des-hincha el ensamblaje
complejo, el organismo tiene un lenguaje
el organillo tiene un mono de maní
—tomo y ombligo, libro y vientre, vulva y versura
remar, contramar al resto

 

De: “Reversura”

 

ATERI MIYAWATL


 


Hambre

 

ese secreto a voces que me desangra
la piedra filosa hundiéndose en el talón calloso de mi abuela
un nudo tallado en cantera rosa
un precioso cagualo

la madre que me parió
el pujido más estruendoso
desgarradura de 3º grado
suturas
ardor al orinar

hormigas sigilosas y en bandada
que recorren el cuerpo de una niña
la cosquilla
el piquete
la desesperación
el hambre
una y otra vez el hambre

  

Versión al español de la autora.

 

 

MÓNICA NEPOTE

 

 

 

Primer conjuro

  

Dime cómo:
del fondo
del más allá
de una experiencia de contagio
   buscando sin encontrar
   buscando algo, rompiéndome
   las manos, las neuronas
   buscando en esa forma
   o en el camino de regreso

Si las ancestras conjuraban
para que sus ciclos completasen
algo:
la cosecha, las curaciones,
el fondo de ese abismo que las
más niñas mencionan como amor.
Si en mi cuerpo existe una fuerza
capaz de encajar cuchillos en la tierra
y cortar las lluvias.
Si sangro y reviento cada vez que sangro
aunque sean las últimas migajas
de esa fertilidad tan valorada.
Si construimos tras Juana Belén, esa república federal de las mujeres
pese a los edictos y las prohibiciones
al sofisticado, enrarecido
juego de palabras aristotélico
que impide, que manda
pese a Schöpenhauer o un cercano no cercano Melchor de las Epístolas.
Mejor lanzo la llama, arma de lenguaje, ese que busco
en ese más allá a donde me has recomendado ir.
¿Cómo se llega?
Te pregunto con mi guía de ciudades cenicientas:
¿Cómo?
mientras forzamos puertas clausuradas, desbrozando esos jardines
húmedos, herbosos, entre catarinas, orugas,
o peores paisajes: nidos de alimañas.
Búscate veinte minutos
Minutos para reconstruir y descender a ese sótano pro alergias
a vapulear esa no acción.
Baja y busca entre los restos de las cosas
ya me dirás qué herrumbre y herramienta

            pero es que mira
            tenemos que prender el fuego
            Tenemos que prenderle fuego
                                                     al fuego.

 

De: “Las trabajadoras”

 

DAN RUSSEK

  


 

Soneto sobre el misterio de la vida consciente


¿Cómo comprender la materia urdida
de lábil fibra y persistente brea
que en el cosmos hostil se agrupa y crea
el milagro de lo que cobra vida?

Fuerza tenaz de célula ceñida,
extraño humor que en su interior flamea,
en el seno de insustancial jalea
se aferra a su fatalidad herida.

En un momento clave se detiene
y mira, atónita, cómo se trunca
el principio sutil que la sostiene.

En suspenso la suerte de su estado,
percibe, sin esclarecerlo nunca,
el tremendo misterio de lo dado. 


De: “Dones del día. Noventa y seis sonetos de ocasión”



CARLOS MACÍAS ESPARZA

 


 

Salió a la calle


Tomó la ruta. Se sentó frente a la ventana.
Vio las pintas sobre los muros
hasta encontrar el nombre.
Llovía.
Ni todas las gotas de agua
podrán con el dolor de esta frontera.


De: “La versión de los espejos”

 

 

JOSÉ PULIDO


 


Los bromistas

 

Mi madre me contó que, cuando era niña,
unos hombres que partían leña
cogieron una gallina blanca que pasaba por allí,
la pusieron sobre un tocón
y de un hachazo le cortaron la cabeza.
Después, dejaron que el cuerpo siguiera andando
hasta que, al cabo de unos metros, cayó muerta.

Todos se reían.

Atardecía. Olía a resina y a tierra húmeda.
Había golondrinas. El cielo
se oxidaba como una manzana pelada.
El repicar de la campana de la pequeña iglesia
caminaba por el valle como una vaca que regresa a la cuadra.
La eternidad se lavaba los pies cansados en el arroyo.

Dónde fuisteis, hombres que reíais,
tremendos bromistas.
¿Sois ahora la gallina decapitada?
¿O nacemos sin cabeza
y esos pasos,
esos pasos ciegos son la vida?