Una
lágrima
ahuyenta
aromas de petricor.
Vieron una estrella arder
y así
atesoraron los restos.
Regresan del lugar.
No hay nombres,
de nada sirven.
Depositarán su cuerpo
en un lecho verde
y esperarán.
De:
“Son en la noche”
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
Una
lágrima
ahuyenta
aromas de petricor.
Vieron una estrella arder
y así
atesoraron los restos.
Regresan del lugar.
No hay nombres,
de nada sirven.
Depositarán su cuerpo
en un lecho verde
y esperarán.
De:
“Son en la noche”
T o
r m e n t a
Sombras
sobre la hierba oscura. El viento
de pronto en calma. Y el tiempo, que es impaciente,
que siempre quiere avanzar, tendido tranquilamente,
como un animal.
Louise Glück
Cae
la tarde.
El orfebre alza sus manos;
tenía voz y tenía rostro
aunque ahora cruza bajo la noche
y resulta irreconocible.
Ha caído en procesión,
piensa el muerto sin poder
oír ni la sed ni el hambre;
entre sus manos ve deshacerse
lo tangible
de la vida que aprisiona.
Cae la tarde
tras el sol.
Pía un gorrión sostenido
en el almendro
y espera paciente las vísceras
que servirán de alimento a sus crías.
Ha caído la luz
y en la calle cruza un cuerpo,
se arrastra entre los restos y miradas
de lo que un día llamó
sus amantes. Cae el sol
y en vísperas de silencio
la voz solo es un eco.
De:
“Son en la noche”
Ante
la
tierra fresca
transitan
inequívocos;
retuercen el rocío,
la tez es clara.
No hay fin
o diversión alguna.
Conocen la senda
ofrecida
de sangre y de polvo.
Oyen el canto,
firme,
que emerge alrededor.
Detienen su paso
y enfrentan,
sabedores,
el porvenir.
De: “Son
en la noche”