Golden
Gate Bridge
La
mujer que se arrojó
por el puente de San Francisco
llevaba una nota en el bolsillo que decía:
«Si una sola persona me sonríe por el camino,
no me suicidaré».
Yo estoy tan apegada a la vida,
tan obsesivamente apegada,
que no necesito sonrisas de extraños que me salven,
que me agarren en el último instante
y detengan mi caída en el mar hecho cemento.
Sin embargo, hay algo en aquel bolsillo,
en aquella nota,
en aquella mujer o puente
que tiene que ver conmigo.
Hay algo que soy yo sacándome medusas de la boca,
hay algo que soy yo escribiendo orgasmos en el mástil lejano,
orgasmos truncados sólo por la ola de otro orgasmo imprevisto,
hay algo que soy yo-mujer-plancton
que ilumina el puente en las aguas de las costas sin infancia,
y aunque no necesito una sonrisa extraña que me salve,
si tú te tropiezas entre la arena y el mar,
si te detienes entre la puerta y nuestra cama,
hay algo que soy yo vértebra rota,
yo tendones perdidos,
yo a la deriva, a mi pesar,
sin nota, sin bolsillos,
yo mujer sin mujer siquiera,
hacia el puente dorado e indeciso.
De:
“Nana de la medusa”