lunes, 1 de mayo de 2023


 

ARTURO MARASSO

 

 


Dicha

 

Dichoso aquel que vive en mansión heredada,
oye cantar los tordos que escuchó cuando niño;
ve llegar los inviernos entre lluvia y nevada
y siente el mismo acento de familiar cariño.

En la noche, en sosiego, a media luz, en torno
de la mesa o la lumbre, se conversa, en voz tierna,
de un viaje, de un recuerdo, de una ida sin retorno
–hace ya veintiocho años– a la mansión eterna.

Triste lágrima asómase y ocúltase, medrosa,
recuérdase la historia de la aldea, el pasado
tiempo de la familia, la niñez bulliciosa,
y se ve lo futuro al ayer arraigado.

Se lee el viejo libro con reposo, alguna hoja
anotaciones lleva del padre o del abuelo;
a veces una lágrima casual el texto moja
y se encuentra en las dulces páginas el consuelo.

El antiguo reloj de la pared aún suena;
vienen los largos días del estío, o el invierno;
son las noches oscuras o ya de luna llena;
aunque los años vuelen todo parece eterno.

Feliz aquel que vive en mansión heredada
con fontanares y árboles al pie de una colina,
y del otoño lánguido en la tarde nublada
ve rodar por los campos la lluvia y la neblina.

 

 

HOMERO MANZI

 

 

 

Sur

 

San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre florando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur,
paredón y después…
Sur,
una luz de almacén…
Ya nunca me verás como me vieras,
recostado en la vidriera
y esperándote.
Ya nunca alumbraré con las estrellas
nuestra marcha sin querellas
por las noches de Pompeya…
Las calles y las lunas suburbanas,
y mi amor y tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé…

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,
Pompeya y al llegar al terraplén,
tus veinte años temblando de cariño
bajo el beso que entonces te robé.
Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó
pesadumbre de barrios que han cambiado
y amargura del sueño que murió.

 

EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA

 

 

 

El otro

 

¿De quién es este rostro que me mira

del otro lado del ahora?
¿De quién su inalcanzable
proximidad de luz?

¿Quién de los dos de quién es el fantasma?
Tan simultánea precisión en llantos,
en el desdén y en la melancolía
no permite saber ni quién ordena
ni quién es el esclavo que obedece.

Me mira por mis ojos, me utiliza
como vicario de sus levedades
en el áspero mundo de los sólidos,
erpo también me ayuda
para andar pro las aguas del azogue
en el puro milagro inadvertible.

Jamás se me anticipa, persevera
en un mutuo destino, equilibrando
un solo ser entre los dos platillos
equidistantes de la luz.

Acudimos los dos. No averiguamos
cuál es el Primogénito y el Otro,
y entre los dos se apoya una sonrisa.

De Tu clemencia y Tu justicia aguardo
que en el último día de los días,
resucites, Señor, a las imágenes
que el azar dispersara en los espejos.

 

 

JIM HARRISON

 

 

 

Muerte otra vez

 

No nos pongamos románticos ni tristes con la muerte.
De hecho es nuestro acto más singular, junto con
el nacimiento. Pensemos que es como preparar
el desayuno, así de ordinario. Romper dos huevos
en un tazón, o un tazón en dos huevos. Deslizarse
en un ataúd después de drenar los líquidos, o mejor,
deslizarse en el fuego. Claro que es un poco difícil
aceptar tu último beso, tu último trago, tu última
comida, sobre la cual los condenados pueden ser
muy suyos, como si pudiera haber una hamburguesa
con queso enviada por Dios. Algunos amantes indagan
con su ojo interior, pero es sobre todo un plácido
lago al amanecer, niebla creciente, la solitaria llamada
de un somormujo, y mirar el agua inmóvil y opaca.
Como niños, sabremos otra vez todo lo que estamos
destinados a saber: que el agua es fría y profunda,
y el sol penetra tan solo hasta cierto punto.

 

 

BILLY COLLINS

 

 

 

Invención

 

Esta noche la luna es una galleta
mordida
flotando en el cielo,

y en una semana más o menos
según el calendario
probablemente parezca

un plateado balón,
y hace nueve, diez días tal vez
me recordaba una afilada y delgada uña.

Mas finalmente—
a últimos de mes,
calculo—

se consumirá
hasta ser nada,
nada más que estrellas en el cielo,

y tendré algunas noches
para mí mismo,
tiempo para dar reposo a mi agitada pluma.

 

 

WILLIAM CULLEN BRYANT

 

 

 

La voz del otoño

 

Murmurando a la contina
Sopla alada ventolina,
Y retostadas y rojas
Cual copos de luz, las hojas
Remolina.

Ya mustia campiña rasa,
Ya el árbol que el sol abrasa
Roza en blando movimiento;
Doquier de otoño el aliento
Corre y pasa.

Sobre el musgoso arroyuelo
Susurra, y saluda, al vuelo,
La última desierta flor
Que lánguida y sin color
Mira al cielo.

Y a rapaces bullidores
Llega, y besos voladores
Les da en ojos y mejillas,
Y deja atrás sus cuadrillas
Y clamores.

Y a lago y selva remota
Va triscando, y alborota
El más recóndito nido,
Do entre peñas escondido
Raudal brota.

Ni en la granja se guarece
Que alegre ninfa embellece,
Ni en concavidad repuesta;
Huye, y la cima traspuesta,
Desparece.

Di, ¿no te causa pesar,
Nunca haber de reposar,
Blanda brisa, ni en laderas
De los montes, ni en riberas
De la mar?

Perenne inquietud te asiste,
Para agitarte naciste,
Sin cesar, de Oriente a Ocaso;
Aura que detiene el paso,
Ya no existe.

Pienso que dejando lloras,
Mil formas encantadoras
Que, doquiera que resbalas,
Con tus levísimas alas
Mal desfloras.