martes, 26 de mayo de 2026


 

FERNANDO LAMBERG

 


 

La hoja blanca

  

Una hoja blanca brilla bajo la luz de la lámpara.
Brilla como la nieve o como la luna.
Espero a una mujer y quiero entregarle un poema.
Un poema que logre borrar la ofensa.
Sin querer dije algunas palabras absurdas.
Y esas palabras la hirieron.
Ojalá olvide y regrese.
Sea como sea, creo que volveremos a encontrarnos.
Contemplo la hoja mientras intento
escribir con tiza blanca sobre una pizarra blanca
o trazar unas letras sobre el ala de un ave
o grabar una línea en una nube.
Pasa el tiempo. Sopla el viento en la ventana.
sobre la hoja cae una sombra.
Ya sé. Ella está de pie junto a la lámpara.
Comprendo que volvió sin rencor.
En su rostro adivino una sonrisa.
Olvidó o perdonó la ofensa.
Y la sombra de ella sobre la hoja blanca es el mejor poema.

 

 

LUIS PEREIRA

 

 

 

Son las furgonetas del hospicio

  

Hay un sitio en el asiento del fondo
Atuendos baúles viejas indumentarias útiles para el viaje
Hay un sitio junto al chofer
Son los vehículos de la funeraria
Estacionan en doble fila en la principal
Son las sirenas del vehículo
Es la puerta de emergencia los heridos del conflicto del que hablan en la televisión
Acá no hay decoración mayormente
Son las furgonetas del nosocomio
La superficie preparada los terraplenes
Los cerrojos las puertas que no se abren desde el interior
Es la palada de tierra lo banal del movimiento de los sepultureros

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RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA

 


 

Ironía

  

Toma, toma mi lira; quiero darte,
como recuerdo de mi fe pasada,
esta lira infeliz que fue mi espada
y que fue mi broquel y mi estandarte.

Póstuma ofrenda de mi inútil arte,
la dejo ante tus pies abandonada,
aunque a golpes tu planta idolatrada
con ofendida majestad la aparte.

Mas cada golpe de tu pie furioso
le arrancará un sonido melodioso,
y tan rudos tormentos y martirios

acaso corresponda de memoria,
con una endecha en que cifré su gloria…
y en la que digo que tus pies son lirios.

 

 

ANNE STEVENSON

 

 

 

Flores falsas 

(para Caroline Ireland)

  

Iban a ser un regalo de amor,
pero cuando ella rasgó el embudo de papel,
ambos vieron que eran falsas; flores falsas
que él había cogido deprisa del escaparate de la tienda,
cosas coloreadas hechas a mano, rígidas como crinolina.

Al instante pensó en manos de mujeres
cortando bajo una luz mugrienta junto a la ventana de un taller;
mesas toscas cubiertas de cabezas de flores recortadas:
lirios, iris, prímulas, crisantemos sin aroma,
pistilos sujetos con alambre
en coronas de estambres con puntas de esponja,
sépalos y pétalos perfectos, perfectamente
inmunes a las amenazas del jardín.

¿Por qué tan equivocadas, tan… desoladoras? ¿Por qué no, en cambio,
símbolos de un amor inmutable?
Y aun así, bastante bonitas,
pensó, mientras las colocaba en un jarrón
con hierba seca y hortensias del verano pasado
cuya muerte seguía estando (¿cómo decirlo?)
viva, o quizá en el otro lado de la vida.
¿Dos caras, en realidad, de una misma cosa?

Se rió un poco; ideas así eran embarazosas
incluso guardadas para una misma,
pero el hilo de sus pensamientos
la llevó por su túnel privado durante la cena,
y al acostarse, mientras se cepillaba los dientes,
levantó por azar la vista hacia la luna.
Su rostro iluminado por el sol estaba vuelto, como siempre, hacia ella.
La luna llena, no pudo evitar pensar,
aunque sólo vemos la mitad.

Decidió que era una intuición que podía
compartir con él, pero cuando él se unió a ella
y juntos quedaron tendidos en la oscuridad,
pareció no haber razón para decir nada.
Las palabras, en cualquier caso, estarían mal,
escaparían o deformarían su sentido.
Bueno fue la sílaba que le murmuró,
desvaneciéndose en el sueño. Y apenas por un segundo,
vacilando al borde de él, creyó
que todo lo que debía ser, era comprendido.

 

 

QUILO MARTÍNEZ

 

  

 

Las llaves

  

Para cerrar
las llaves no me agradan
si hay ogros en los castillos
y princesas encerradas en las torres.
La bailarina inmovil
espera en la caja de música.
y a un giro de los dedos
cambia el mundo según marque la llave.
Hay llaves indecentes
las de las celdas.
Hay llaves mentirosas
las que usan los magos en los circos.
Hay llaves cómplices de estafas
las de las cajas fuertes de los inversionistas.
Hay llaves que abren todo
las ganzúas: las que usan los ladrones.

Las llaves que yo tengo
son sencillas
modestas
proletarias,
abren tan solo, que no cierran,
las puertas de mi casa.

 

LUZ HELENA CORDERO VILLAMIZAR

 

 

 

Manos

  

A veces
las manos se me caen,
se desgajan como hojas,
se deslizan entre olvidos y ropas,
les nacen grietas por donde pierden
las ganas,
por donde lloran como niñas
mimadas
o como ancianas solas.
Antes,
mis manos y yo
solíamos tener discusiones
pero ya no les hago caso:
se empeñan en convencerme de que
vivir no equivale a hacer cosas.
Les recuerdo que trabajan para mí,
que viven gracias a mí,
pero entonces se ríen de sus grietas
y yo sé del dolor de su risa.
Ellas son tercas, como yo.
Con terror me pregunto
qué pasará el día en que mis manos
dejen de vivir para mí.