Flores falsas
(para Caroline Ireland)
Iban
a ser un regalo de amor,
pero cuando ella rasgó el embudo de papel,
ambos vieron que eran falsas; flores falsas
que él había cogido deprisa del escaparate de la tienda,
cosas coloreadas hechas a mano, rígidas como crinolina.
Al
instante pensó en manos de mujeres
cortando bajo una luz mugrienta junto a la ventana de un taller;
mesas toscas cubiertas de cabezas de flores recortadas:
lirios, iris, prímulas, crisantemos sin aroma,
pistilos sujetos con alambre
en coronas de estambres con puntas de esponja,
sépalos y pétalos perfectos, perfectamente
inmunes a las amenazas del jardín.
¿Por
qué tan equivocadas, tan… desoladoras? ¿Por qué no, en cambio,
símbolos de un amor inmutable?
Y aun así, bastante bonitas,
pensó, mientras las colocaba en un jarrón
con hierba seca y hortensias del verano pasado
cuya muerte seguía estando (¿cómo decirlo?)
viva, o quizá en el otro lado de la vida.
¿Dos caras, en realidad, de una misma cosa?
Se
rió un poco; ideas así eran embarazosas
incluso guardadas para una misma,
pero el hilo de sus pensamientos
la llevó por su túnel privado durante la cena,
y al acostarse, mientras se cepillaba los dientes,
levantó por azar la vista hacia la luna.
Su rostro iluminado por el sol estaba vuelto, como siempre, hacia ella.
La luna llena, no pudo evitar pensar,
aunque sólo vemos la mitad.
Decidió
que era una intuición que podía
compartir con él, pero cuando él se unió a ella
y juntos quedaron tendidos en la oscuridad,
pareció no haber razón para decir nada.
Las palabras, en cualquier caso, estarían mal,
escaparían o deformarían su sentido.
Bueno fue la sílaba que le murmuró,
desvaneciéndose en el sueño. Y apenas por un segundo,
vacilando al borde de él, creyó
que todo lo que debía ser, era comprendido.
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