"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
jueves, 9 de abril de 2026
MADELINE MENDIETA
Ceremonia
de silencio
Nunca
arderá mi cuerpo en tu hoguera,
las cerillas las deshojó el otoño
sentado frente a una solitaria chimenea.
Reprimir la fuerza de este llanto,
¡Hasta cuándo soportará este dique!
Lo único que rescato de este incendio
son las páginas incineradas de nuestra historia.
No puedo decirlo en voz alta
mi grito atormentado calla todas las noches.
Esperando que mi cuello estalle,
pidiéndole que el crujir de los cristales
no siga sangrando dentro.
Solo el espeso silencio trepa y rasga la distancia,
en esta ceremonia el frío amenaza con devorar gargantas.
SAYURI DÍAZ OLMOS
bulto redondo paleolítico
lame succiona
muerde
el
pezón
ojo sepulcro
quizás
ladrido
vulva pez
que no
acaba en el testigo
roto
si no en
la bocanada
ANTENOR SAMANIEGO
Ideario
Estético (XII)
Sin
duda tengo el alma de anticuario.
Me gusta estar rodeado de vejeces.
Prefiero el bello mármol estatuario
de Miguel Ángel a las candideces
de Henry Moore. (lo juzgo estrafalario).
Señores de la crítica, mil veces
les ruego me perdonen. Soy sincero.
Y escribo así, porque yo así lo quiero.
ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN
El
rival
Se
despoja, se sacude, se alista para arrojarse a la poza
y hacer lo que se hace en una poza:
sumergirse, empujarse, aflojar
y obligarse a hacer cuatro o seis largos en el entendido
de que se lleva la cuenta de a dos.
Es un sencillo ir y venir
en unas aguas que dejan ver el fondo
como si fuese un vientre liso y sedoso.
Ve sus brazos e intuye la existencia
de dos piernas entumecidas que se inyectan de sangre
y le dan a entender que van vivas.
Mueve la cabeza y aspira el aire a bocanadas
como si se tratara de un licor enviado a darle ánimos.
Reconoce el agua en el pecho
y en la manera en que se desplaza y se aleja.
Su cuerpo está concebido para que todo
lo que tropiece con él desaparezca.
Va hasta el fondo
y de pronto considera que existe una segunda vez,
otro momento en que demostrará
que después de haber llegado
será capaz de emprender otro extenso recorrido
de 50 metros tensos y colgados de un alambre.
Respira,
se toma el pulso, realiza unas flexiones
y reconsidera que a su edad los dioses no lo toman en cuenta,
las mujeres lo obvian y que está solo en su carril,
en el poyo enfrentado a la ráfaga nocturna
y a las marcas de la competencia.
Si entrenara, si viniera a diario a practicar el rigor del ejercicio,
entonces sería capaz de vencer a su eterno rival,
esa sombra creada por él durante sus insomnios;
en caso contrario, por cierto,
solo se convertirá en su perenne escolta.
Sonríe.
Se ajusta el gorro, los anteojos,
se sacude y relincha: por fin se empuja.
Las de cosas que se le cruzan por la cabeza:
alcanzar el primer lugar por puesta de mano,
colocando la uña, encrespando el cronometro electrónico
y sacarle chispas por décimas de segundos,
como si chocar contra la pared
fuese un remoto y antiguo forcejeo
y todo él fuese todavía un verdadero roble
que se lleva lo que encuentre a su paso: un caudal crecido,
tropezando entre la lluvia, el lodo y la maleza.
JOSÉ RUIZ ROSAS
Licor,
icor hermético, incesante,
raudo canal, giróvago y centrípeto
brindis de todo túmulo y tibieza,
corriente, río subcutáneo y ciego;
premonición de llagas y de muerte
en el múrice tono de la fuerza,
parte de mí que palpo con sueño
en un afán tenaz de cuántos dóndes
puestos en sucesión de oculta herida,
terco laboratorio palpitante
donde con pausa grave y solemnísima
florifica lo líquido su estado,
aluvión que a sí mismo se detiene
para salvar la vida, guarda férreo
que enfrenta la envoltura del ambiente,
postillón del oxígeno, cadena
desde la madre al hijo, sucesiva,
nave de un solo puerto intermitente
en que navega mi final espectro
sumergido en su patria de tejidos
soledad de millones en alarma
que pudiera diezmar algo bastardo
en una sola noche sin luceros;
pez; habitante cálida que gusto
como si fuera dueño del destino
y que una vez, al fin, ya detenida,
no reconoceré, quizás, por turbia,
por helada, cambiando ya de forma
gracias a multitudes antropófagas.
SEBASTIÁN SALAZAR BONDY
Patio
interior
A Luis Loayza
Viejas,
tenaces maderas
que vieron a tantas familias despedirse,
volverse polvo y llovizna,
retornar a las dunas como otra ondulación,
os debo algo,
dinero, melancolía, poemas,
os debo cierta ceniza plateada y claustral.
Columnas
fermentadas que persisten
soportando la sala, la alcoba, la despensa,
la cocina donde humeó algún sabor frugal,
os debo riquezas sin ira,
grandes palideces pensativas.
Patio
interior,
cuervo de ociosas neblinas
entre cuyas largas plumas los amantes
se deslíen como una inscripción de pañuelo
os debo ahora mismo mi fosforescente vicio,
y os habito,
os corrijo,
os firmo con mi rápido nombre de cuchillo.
