viernes, 12 de junio de 2026


 

CARLOS PINTADO

 

 

 

Cuartetas de otoño

  

Me han concedido el fuego del pecado.
Sólo el fuego; el amor jamás ha sido
En mí sino una sombra. Yo he soñado,
—en las eternas noches del olvido—,

Que alguien me ama y me sueña. No he podido
Corresponder. Soy triste como el hado
Que invierte los destinos del amado.
Soy el amado; no quien ama. He sido

El traidor y el amigo. He complacido
A oscuros dioses el manjar sagrado.
Alguien en la penumbra me ha buscado.
Alguien en la penumbra me ha vencido.

 

 

EMILIO ORIBE

 

 

 

 

El Halconero astral

  

El hombre que soltaba las elásticas hondas
con actitudes graves,
y hendía los espacios con las piedras redondas
y ensangrentó mil veces el plumón de las aves.

Dueño del horizonte,
cazador de fieras y garzas de las lagunas,
abandonó una noche su arco sobre un monte
y así creóse el duro creciente de las lunas.

Buscó asilo en los torreones
de su casa, abrió un foso en el umbral
y adiestró tantas nubes de halcones,
que al volar ocultaban la rueda zodiacal.

Ensayaron los vuelos más profundos
las aves y trajeron un astro prisionero.

Desde entonces el hombre ya no fue de estos mundos.
Ya de los astros era el halconero.

Este halconero astral
era carne de bronce y espíritu ancestral.

La casa en que vivía,
estaba en el riñón de la montaña
sombría.

El héroe orgulloso tenía un agudo mirar.
No era el solo habitante de su hogar:
dóciles a su puño generoso,
volvían gerifaltes a millares.

Halcones amaestrados, de miradas febeas,
que iban hasta los astros por collares
o preseas.

Así es que el halconero,
miles de piedras celestes,
guardó en urnas preciosas.
Las luces que emanaban de su alhajero,
¡Oh, qué maravillosas!

Juntando las estrellas como avaro,
estuvo muchos años en olvido.
Las gavillas doradas, que en las constelaciones
espigaban los halcones,
como ramas para el nido.

Un día, el halconero,
llamó a los hombres
y les mostró el recóndito alhajero.

Cuando Ellos se fueron,
los halcones dijéronse los unos a los otros:
— Estos, tienen los ojos más duros que nosotros!

Los hombres, entre tanto,
decidieron matar al halconero,
y así lo realizaron
en un amanecer ventoso y fiero.
Robaron la riqueza
de joyas tan guardadas!
Vaciaron los tesoros de las urnas violadas.
Luz de sus propias almas!
La luz de la Belleza!
Las aves se quedaron aterradas!

Antes de irse, dijeron los ladrones:
— ¡Coloquemos el corazón de nuestro hermano
sobre estos grandes murallones,
a ver si lo devoran los halcones!

Pero las aves nunca mancillaron el corazón divino.
Llenas de angustia hacia el azul volaron.
Se ignora cual ha sido su destino.

Yo las oigo en bandada
volar. El corazón del héroe elevan
en los picos y garras.
Oh, tesoro, el más puro!
Se lo llevan
por la noche estrellada.

¿Reconocéis al halconero astral?
Sus hermanos lo hirieron sin perdón.
Las bellas aves, las profundas aves,
reintegraron en Dios su corazón!

 

GREGORIO CASTAÑEDA ARAGÓN

 

 

 

Puertos de color

  

Ahogándose en la sorda catarata
del mar, se oye en la tarde la marimba
porteña: una sonrisa
tristona, de marimba

Es el músico un negro grave y flaco
que habla en ingles meloso
y fuma su tabaco
de virginia, amarillo y oloroso

en puertos de color que el sol estaña
—Cristobal, Fort-de-France, Puerto España—
de esta música lánguida sus lloros

En verdes, claros puertos de palmeras,
con multicolores banderas
y muelles con negros y con loros.

 

 

MATILDE LADRÓN DE GUEVARA

 

 

 

 

Diosa iberia

  

La península Hispánica mecida en noble cuna
se conmovió del fruto que descubrió entre mares
y enfilando sus huestes hacia la airosa América
entre audaz roquerío y extraña hechicería

Desposó los copihues con los rojos claveles.
Los ríos legendarios bajaban de los Andes
mordiendo con su espuma araucarias longevas,
el puma entre los montes, sobre el picacho del cóndor

Y bajo los copihues, entre hierbas fluviales
mi cuna la mecían los violines del pehuelche.
Yo nací diosa Iberia en la virgen América.

De España me devienen los ímpetus viajeros
de gitana, de toros, mantillas, castañuelas,
de rítmicos bailares, de airados taconeos.

La sangre que me enciende paganas primaveras,
el caliente perfume de azahares de esa tierra
y aquel rasgueo intrépido de fuego en sus guitarras
que me anuncia del génesis: valiente diosa Iberia

Viniste de una tribu y hoy eres su princesa
con reino de copihues y cetro de claveles.
Tú, el bárbaro del norte, centauro de mis sueños
me raptas en un vuelo de adagios y de alegros.

América sonríe, América es abuela,
niños de ojos azules corren por sus montaña.
Todas sus fuerzas vírgenes dejarán una huella,

En su sorpresa alegre nacida a un nuevo mundo
del universo vivo lleno de lo profundo,
¡mentes alucinadas de anhelo y maravilla!

 

 

SIEGFRIED SASSOON

 

  

 

Ante el Cenotafio

  

Vi al Príncipe de las Tinieblas, con su séquito,
de pie, descubierta la cabeza, junto al Cenotafio:
sin ostentación, respetuoso, allí permanecía
y elevó la siguiente oración.

«Hazles olvidar, Señor, lo que este monumento
significa; revive sus ideas desacreditadas;
siembra la fe de que la guerra es purificadora
prueba del orgullo y poder de estar vivos;
aumenta el impulso biológico de los hombres
por rehacer el mapa de Europa, Señor de los Ejércitos;
eleva sus corazones en vasta ansia destructiva;
y corona sus frentes con una paz ciega y vengativa.»

El Príncipe de las Tinieblas ante el Cenotafio
se inclinó. Y al marcharse, le oí reír.

 

 

JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN

 

 

 

Imposible

  

Dejadme recordar; y en ese limbo
en que agitan sus alas los amores,
y suspiran insólitos rumores,
que el alma sabe traducir no más,
las palmas donde duermen los recuerdos
abaniquen mi frente sudorosa,
que, al beso de su brisa mentirosa
en un seno de amor se dormirá.

¡Qué dulce realidad la del recuerdo,
vaga ilusión que a otra ilusión imita!
No entiendo el corazón cuando palpita,
mecido por su aliento celestial.
¡Y me habla tanto en su lenguaje mudo!
¿Cuándo lo entenderé?… Cuando la vida,
en mundo de recuerdos convertida,
de mentiras engendre una verdad!