El
Halconero astral
El
hombre que soltaba las elásticas hondas
con actitudes graves,
y hendía los espacios con las piedras redondas
y ensangrentó mil veces el plumón de las aves.
Dueño
del horizonte,
cazador de fieras y garzas de las lagunas,
abandonó una noche su arco sobre un monte
y así creóse el duro creciente de las lunas.
Buscó
asilo en los torreones
de su casa, abrió un foso en el umbral
y adiestró tantas nubes de halcones,
que al volar ocultaban la rueda zodiacal.
Ensayaron
los vuelos más profundos
las aves y trajeron un astro prisionero.
Desde
entonces el hombre ya no fue de estos mundos.
Ya de los astros era el halconero.
Este
halconero astral
era carne de bronce y espíritu ancestral.
La
casa en que vivía,
estaba en el riñón de la montaña
sombría.
El
héroe orgulloso tenía un agudo mirar.
No era el solo habitante de su hogar:
dóciles a su puño generoso,
volvían gerifaltes a millares.
Halcones
amaestrados, de miradas febeas,
que iban hasta los astros por collares
o preseas.
Así
es que el halconero,
miles de piedras celestes,
guardó en urnas preciosas.
Las luces que emanaban de su alhajero,
¡Oh, qué maravillosas!
Juntando
las estrellas como avaro,
estuvo muchos años en olvido.
Las gavillas doradas, que en las constelaciones
espigaban los halcones,
como ramas para el nido.
Un
día, el halconero,
llamó a los hombres
y les mostró el recóndito alhajero.
Cuando
Ellos se fueron,
los halcones dijéronse los unos a los otros:
— Estos, tienen los ojos más duros que nosotros!
Los
hombres, entre tanto,
decidieron matar al halconero,
y así lo realizaron
en un amanecer ventoso y fiero.
Robaron la riqueza
de joyas tan guardadas!
Vaciaron los tesoros de las urnas violadas.
Luz de sus propias almas!
La luz de la Belleza!
Las aves se quedaron aterradas!
Antes
de irse, dijeron los ladrones:
— ¡Coloquemos el corazón de nuestro hermano
sobre estos grandes murallones,
a ver si lo devoran los halcones!
Pero
las aves nunca mancillaron el corazón divino.
Llenas de angustia hacia el azul volaron.
Se ignora cual ha sido su destino.
Yo
las oigo en bandada
volar. El corazón del héroe elevan
en los picos y garras.
Oh, tesoro, el más puro!
Se lo llevan
por la noche estrellada.
¿Reconocéis
al halconero astral?
Sus hermanos lo hirieron sin perdón.
Las bellas aves, las profundas aves,
reintegraron en Dios su corazón!
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