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sábado, 6 de enero de 2024

VICENTE QUIRARTE

 



Para Zoe, en su presente perfecto

 

Al tiempo que cae la tarde sobre el río
se encienden farolas y en el cielo
inician su turno las estrellas.
El día se termina, igual que muchas vidas.
Mañana será el amanecer
y aunque algunos
no habrán de verlo nunca más,
ese llanto infantil
nos dirá que tenemos otro día.
La fragancia del pan,
la nota café que la celebra
han de ser rituales
jamás advertidos por la niña
hoy a salvo del tiempo y de sus sombras.
Cura nuestros pesares su risa flamboyana.

 

De: “Bisturí de cuatro filos”

 

viernes, 5 de enero de 2024

VICENTE QUIRARTE

 


 

El albañil de junto, el que pone las tejas,
contesta su teléfono:
habla de comunes parientes, de las estaciones.
No dice en su diálogo una sola palabra
besada por el diablo
y habla del trabajo como una bendición.
Hoy no me has dolido.
Hoy estuviste más conmigo.

 

De: “Bisturí de cuatro filos”

 

 

jueves, 4 de enero de 2024

VICENTE QUIRARTE


 

 


La casa está en silencio
y es hora de dormir.
Estás presente
en todos tus sonidos que no haces:
en los muebles
que no sienten más tu peso, en la duela
que ya no es herida en tus tacones.
Hay dos formas de ver esto que pasa:
dolerme de tu ausencia
o sentirte de lleno en lo que llenas.
Me hundo en el sueño y tú conmigo,
rebelde a las lágrimas y al duelo,
cicatriz, tatuaje, incrustación
en mi carne más viva y más sedienta.

 

lunes, 31 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE




Mar abierto 



No fue por la palabra misma que yo dije:
“Tu pecho parece el Mar Egeo”.
El mar era entonces sólo un niño
y la espuma aprendiz de esbeltos pasos
rompía en tus pies, dorándolos apenas.
Es verdad:
ciertas noches busqué desesperado,
por frescos callejones de Florencia
el recuerdo de un mar más presentido.
El mar tiraba de mí como promesa,
así como de la planta son futuro
la nube fugaz y el sol que la mantienen.
Mar Tirreno, islas del Egeo,
esmeraldas celestes coronadas
por mis ojos que siempre han visto todo
aunque a veces el brillo los engañe.
Y quién negaba que yo pudiera irme,
que pinceles y muros me dejaran
abandonar la luz, la sombra espesa,
que aquel sereno lago en que bebía
dejara de alimentar mi sed de viaje
y el horizonte nuevo que tendías
dijera hay otros mares
en qué descubrir mi oficio de hombre.
Dije otra vez:
“Tu pecho parece el Mar Egeo”.
Las islas navegaban otras aguas,
asombradas de piel nunca antes vista.
Más allá de las colinas tersas
la espuma plateada me esperaba:
sin saberlo el velero recorría
el mar Mediterráneo por tu vientre.
Y qué fecundo mar y casa y mar amigo
y qué lisura inmortal para mi proa
y qué ansias por ver el mar abierto.
Sin la audacia y el coraje de otros hombres,
marineros de sueños destruidos
por el sueño grotesco de la muerte,
estuve allí, nadé por aguas tersas,
por encrespadas olas que morían
sólo después de castigar las peñas.
Quise decirte mar Mediterráneo,
otra vez colinas tersas, islas del Egeo
(¿lo dije alguna vez? quizá mentía),
pero ya estaba mi arboladura desplegada
y tu vientre anunciaba el maremoto.
¿Quién habló de cortar los mástiles
y detener el vértigo?
¿Qué grito cobarde en la tormenta
imploró la piedad de un cielo sordo?
A toda vela hacia el desastre
quise saber tu nombre, madona,
pero no estaba en mí sino buscarlo,
no saber ni pensar, sólo sentirlo,
y ser uno contigo en esa lucha
donde el cielo y la tierra desembocan.
Y te llamabas yegua y eras otra
y te llamabas carne y aguacero.
Te llamaba entre el viento y respondías,
busqué el ojo del huracán, quise perderme,
Carabela de náufragos del cielo,
Fiel faro de los ángeles caídos,
Madre total, nodriza de delfines,
Relámpago en medio de la noche,
Playa de carena en el crepúsculo,
Canto de las sirenas para Ulises,
Estatura dormida con ahogados,
Isla en nacimiento, sima absorta,
Verde esposa del sol en la mañana,
Guerrera de las nubes, bienhechora,
Refugio de ballenas en invierno,
Acero del tridente de Neptuno,
Promesa de horizonte para el paria,
Veladora del Fuego de San Telmo,
Guardiana de tesoros sumergidos,
Mascarón rescatado por tritones,
Tejedora del traje de la espuma,
Campanario en mitad del maremoto,
Ceñidora del cetro de las olas,
Perfume de la rosa de los vientos,
Señora de los piratas condenados,
Pitonisa de brújulas y cartas,
Hada de los salmones peregrinos,
no me salves no pidas no renuncies
a dejarme en la gloria de perderme,
de ascender al cielo y ver de frente
lo que algún día habrán de ver los ojos
que crucen otro mar abierto y azaroso
ahora y en la hora de nuestras vidas,
Madona.

Regresé con el triunfo en mis banderas.
Los hombres me rodearon en el puerto
envidiando la hazaña de mi buque.
Su casco estaba bruñido, carenado
como esa larga noche en que tus muslos
fueron concebidos por mis manos.
De nadie sino tuya la tristeza
de ángel que camina entre los hombres.
¿Quién puede vivir con gloria en tierra
cuando el tiempo nos quita el goce eterno?
Por eso no olvido, Madona,
por eso no pidas, mi Lucrezia,
que olvide el viaje por ese océano abierto,
márcame para siempre con tus ojos
y después de la herida nazca el mundo.


De “Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrezia Buti”


martes, 25 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE




Bahía Magdalena



Volvemos al barco por la tarde. Nos bañamos, sabiendo que el agua no puede borrar los crepúsculos vividos por el día; leemos libros donde se detallan los pasos de la ballena gris, la Eschrichtius robustus, al sumergirse, y en silencio reímos por la distancia que existe entre páginas muertas y la sabiduría de Laco, por quien vimos el abanico enorme —la cola de la ballena— hendir el aire. En la pantalla vemos imágenes de pájaros, dunas y ballenas, como si nuestra tecnología fuera capaz de aprisionar el vuelo, el salto, la lucha contra la muerte y contra el hambre. Después de la cena, los cigarros, los besos a la luz de la luna. En la serenidad de la noche, cuando en apariencia la lucha ha terminado, casi junto a nuestro lecho, como la arteria principal de nuestra galaxia, el resoplido. Arriba, parece que las estrellas temblaran y fueran a derrumbarse en la laguna.

*

Revive una forma en mi memoria: la ballena que emerge, respira, se arquea. A punto de mirarla por entero, la imagen se desvanece. Estamos en La Paz, en un hotel por cuyas ventanas entra un jardín salvaje. Entre la frescura de las sábanas, regresa a mis pies el calor de las dunas, los muros esculpidos por el viento, el brillo intolerable de la espuma al fondo de montañas de un oro fino y silencioso. Por la ventana, la última línea del crepúsculo a flor de tu piel pulida y tersa donde también parecen desvelarse todos los vientos y las aguas. Miraré a través de otras ventanas la forma de los cerros y estarás dormida, como ahora, entre mis brazos. En ese vaivén entre el sueño y la vigilia, volverá la línea que se ondula, se quiebra, estalla en un resoplido caliente, salvaje y espumoso. Como a veces la vida.


De: “María Magdalena”



miércoles, 19 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE

  


Cuerpo Encarcelado



Cuando te verdaderamente beso toda, cuando dejo de pensar estos son dientes, lengua tibia, tu saliva, lentamente me entero de tu historia; y algo que no sabes tuyo me transmina, desencadena mareas inaudibles, como si mi cuerpo tendido en la arena fuera bahía que recibe al mar de la resaca. Ese beso llega de sorpresa, sin que podamos conjurarlo a tiempo, y todo le es propicio: el marco de una puerta que nos guarda de la lluvia, el intermedio entre los trastos, la cómplice penumbra de los parques. Pero si el beso ocurre en una cama, las sábanas combaten, como si ellas quisieran enterarse de su propio cuerpo, de aquel pliegue antes dormido que la nueva caricia reconoce. Porque esos besos son como el milagro que nos deja vivir los otros días en que nada parece rescatable. Y los milagros ocurren, para gracia de todos los mortales, de cuando en cuando y sólo si son absolutamente necesarios.

*
Cuando te tiendes desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios: el ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si, aun dormida, construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia —inútilmente— mi pasión, siento el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto.


jueves, 13 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE




Tres poemas de Carrara 



I (Presagio)

La luz, descendiendo por pinares,
iba en pos de bahías en qué anegarse.
Antes que las gaviotas
te anunciaba el incendio del verano
en la llama más verde de Toscana.
Hacías arder el aire en sus azules
y de tanta luz el orbe estremecías.
Los bloques de mármol bajo el mediodía
eran la promesa de la estatua
y tu cuerpo el futuro de mi mano.
La sonrisa mojada que se abría
en toda tu cara como los batientes
se abren para dejar que entre
el aire recién llovido de la calle
te hacían aparecer por vez primera,
como si nadie, antes que yo, te hubiera visto.
Carrara flotaba por el cielo
y el resuello del joven Miguel Ángel
inflamaba tu oreja y mis te quiero,
mientras la luz —absorta— se colmaba
y el tren iba a su encuentro en la distancia.


II (Mediodía)

Primero es una sed de labios hacia afuera,
un abrir de párpados henchidos
por toda la arena del mar y el sol en alto
Hay un conjuro de espuma estremecida,
un lejano cantar de niño ahogado,
de mármol que espera ser herido.

Llevo entre los días
el memorial de tu epidermis,
cuaderno de bitácora a deshoras,
sin marino capaz de terminarlo,
sin isla en qué apagar la sed de navegantes
hartos de fatigar sus besos
sobre la piel azul del mar y su mentira.

Frente al Tirreno bebimos vino blanco
y la arena y el sol y aquel deseo
contenido y sereno como el mármol
donde late una sangre más eterna.

La violencia empezó con tus palabras:
“No uso nada debajo del vestido”.

El roce de tu cuerpo con el mío,
la madrugada, el frío, te quiero tanto,
son historias por otros ya contadas.


III (Amanecer)

La piel tiene un lenguaje y su memoria
alza banderas blancas por el cielo.
Me hablo de una piel ya conocida,
de una piel sumergida y recobrada
que vuelve a amanecer como una aldea
donde todos los ritmos se conjuran
cuando el sol dora, lento, la mañana.
No hay ventana ni lecho, no hay futuro.
La única certeza es el saberme
hecho de una piel que reconozco
en otra que me anuncia desde el sueño
con la fatiga y la fuerza de la yegua
que bebe quietamente en el arroyo
después de haber corrido
toda la noche bajo las estrellas.


De: “Puerta del verano”



viernes, 7 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE




Retrato de la lluvia



En la zona más dura de la noche, cuando el insomne y el suicida sueñan, la lluvia. Desde sus primeros pasos anuncia la inminencia del diluvio. Sus primeras caricias, labios que en otra boca inician ese lento combate que habrá de concluir en el naufragio, dicen que su canción será larga como esa vía o aquel muro de piedra cuyo final no vemos al fondo de la calle. Súbitamente se cierra, ocupa el último espacio virgen de la atmósfera y se deja caer sobre árboles, plazas, azoteas, con una furia tal que pareciera combatir al calor de todos los veranos, o fuéramos a mirarla por última vez. Y cuando la mano toca el cuerpo elegido para que el amor tome forma en otra carne —que es ya la nuestra— sentimos, como la ciudad, lavarnos interminablemente, seguros de amanecer con rostro nuevo, dispuestos a combatir aunque sepamos que la derrota es el único premio de los héroes.


De: María Magdalena


sábado, 1 de julio de 2017

VICENTE QUIRARTE




[Una mujer y un hombre...] 



Una mujer y un hombre pueden, por ejemplo,
entrar en un hotel (ese templo escondido
que de ser invocado se aparece)
y amarse a plena luz del día.

Pero una mujer y un hombre deben antes
entrar en un cine, aunque jamás se enteren
de lo que pasa en la pantalla
y él mire la pelusa de durazno en su mejilla
y ella le oprima el muslo cuando sienta miedo.

O una mujer y un hombre pueden
salir a caminar y que la mano de él parezca
prolongación de la cintura de ella
y que entonces sea mayor la cadencia
del caminar de la mujer,
pues a eso sólo se parece
un barco bogando en altamar
en el umbral de la primavera.

O pagar el café ya frío cuando los ojos
y las manos han dicho sí mil veces.
Y ya sin tocarse, hacerse o decir nada,
una mujer y un hombre pueden, finalmente,
entrar en un hotel y darse el cuerpo,
dejar abierta la ventana para que pasen
la brisa caliente de los parques,
el rumor de los que salen del cine,
las campanas golpeando contra tazas,
la débil voz que va diciendo “así”.

*

Tú no sabes
que al partir te pareces a la lluvia,
a su terco perfume que no olvida
los pliegues más ocultos de la tierra.
Si tú te vas no sabes que me dejas
la luz de aquella tarde
que en tu nuca encontró mejor respuesta,
tu violenta hermosura entre las manos,
el peso de tu aliento en esta boca
que siempre ha de querer decir tu nombre.
Hermana de los trenes del verano,
dejas en mi oído
tu herida más blanca,
y esa música sólo semejante
a estrella sobre los tejados
o nubes de huilotas
que llegan al ciruelo cuando cae la tarde.
Si te vas, si te fueras,
me dejarías a todas las mujeres,
porque en todas te encuentro y porque en todas
habré de probar la misma agua
que una tarde probé bajo tu sombra..

*

(Posdata para Filippo Lippi)

Escúchame bien, maestro,
mientras contemplo tu madona
y su perfil por el que nace el día:
la que vive en estos versos
no inspiró el soneto más diamante de Petrarca
y si caminó por las calles de Florencia
fue cobijada por alas de Alitalia
o por las del ángel de nuestra Independencia.
Ella ama, suda, come y duerme, como todas,
y ocupa, como todas,
un solo lugar en el espacio.
Pero ella, como Lucrezia Buti,
que ahora veo y no veo en ese perfil
por el que navegan los peces en el cielo,
al despertar se mira en el espejo
y otorga a las paredes voz de plata.
A esa hora cantan los pájaros
desde los Indios Verdes al Ajusco
y salgo feliz, seguro como tú, Filippo Lippi,
de tener por el mango la lanza de Amadís.


De: “Puerta del verano”



miércoles, 29 de marzo de 2017

VICENTE QUIRARTE




La piel del mar



I

Por mano de varón, sus maravillas.
Los músculos de un hombre levantaron
sus cumbres y sus puentes;
le tensaron la piel sobre los huesos,
la pulieron a fondo entre los muslos,
dura y terrible y nimia en los pezones.
Del talento de un hombre la sustancia
que lubricó su entraña.
Y al final de la hechura,
la mano de varón abrió la herida
que a un tiempo da la luz y trae la muerte.

A tanta perfección, puerta cerrada.
Fue mano de mujer, la curadora.
De sudor de mujer, la aguja de diamante;
de su saliva, el hilo en nudos ciegos;
de sus aceites íntimos, el bálsamo
que extinguió los dolores del naciente.
Con nombre de mujer nació la lluvia.


II

La memoria es un barco de papel
donde puedes guardar una ballena.
Armado en astilleros del pupitre,
lo doblan manos frescas de muchacha,
navega sin que nadie lo bautice
y resiste las peores marejadas.

Con su velamen de papel periódico
y sus jarcias de tinta,
se embriaga como barco adolescente
o asesina gaviotas
como el viejo marino que navega sin rumbo.
Cuídalo del naufragio y no lo turbes:
ese barco navega por los sueños
y si tú lo despiertas
nadie sabrá qué hacer con su locura


III

                             A Ximena Amescua Cuenca

Bienaventurada la mujer que mire una ballena,
la aleta prodigiosa
que es en verdad tan fina,
tan poblada de huesos y tejidos
como los largos muslos
de las hembras terrestres.
Bienaventurada la que sienta,
en la ballena que emerge en pos de aire,
el pulmón de la vida,
el fuelle gigantesco de esa vaca profunda
que igual a las mujeres de la tierra,
siente crecer su cuerpo
y canta las canciones de cuna del nonato.
Bienaventurada quien escuche
el ronco ritual del macho
en vigilia de amores, mar adentro,
y los violines niños del cachorro
afinar el silencio en la bahía.
Bienaventurada la mujer
que en la lengua pulse la sal de la mañana
y ante sus ojos pase
un coro de ballenas con sus nuevos infantes,
grávidas las hembras,
orgulloso el varón de la manada.
Bienaventurada aquella
que al tiempo que su vientre se ilumine,
en el aire que bebe reconozca
que ella también va llena
y es criatura dilecta de los mares,
donde nació su historia.



jueves, 23 de marzo de 2017

VICENTE QUIRARTE




El mundo



Queremos nombrar el centro de las cosas,
el corazón sonoro de las cosas,
el fervor silencioso de las cosas.
Creemos: develar el misterio
nos salva del transcurso
de las horas que gastan la memoria.

Mejor dejar las cosas
tras la tela paciente de la araña,
tras el ala del ángel traicionado
o el camisón que crece en tu hermosura.
El alma de las cosas
es la niebla purísima que deja
adivinar su nombre verdadero.
No buscar los prodigios. Esperarlos:
tu bramido de amor
que sale del espejo que te copia:
esa reconstrucción lenta del mundo
que afirma su materia más durable.



viernes, 17 de marzo de 2017

VICENTE QUIRARTE




Preludio para desnudar a una mujer



Que esté, de preferencia, muy vestida.
Por eso es importante que las medias
sigan cada contorno de sus muslos; que disfruten
la pericia, el estilo del tornero
que supo darles curva de manzana,
maduración de fruto al punto de caída.
Goza de la tela perfumada
encima de los jabones y los ríos.
Acaríciala encima: su vestido
es la piel que ha elegido para darte.
Primero las caderas:
es la estación donde mejor preparas
el viaje y sus sorpresas. Cierra los ojos.
Ya has pasado el estrecho peligroso
que los manuales llaman la cintura
y tus manos se cierran en los pechos:
cómo saben mirar, las ciegas sabias,
el encaje barroco de la cárcel
que apenas aprisiona dos venados
encendidos al ritmo de la sangre.
Si los broches y el tiempo lo permiten,
anula esa defensa: mientras miran sus ojos
deslízale el sostén. Y si protesta,
es tiempo de estrecharla.
Acércala a tu boca y en su oído
dile de las palabras que son mutuas.
En un ritmo creciente, pero lento,
trabaja con los cierres, las hebillas,
los bastiones postreros de la plaza.
Aléjate y admírala: es un fruto
que pronto será parte de tu cuerpo
y tu sed de morderla es tan urgente
como la del fruto que anhela ser comido.
Has esperado mucho
y tienes derecho a la violencia.
Deja que la batalla continúe
y que el amor condene a quien claudique.


sábado, 11 de marzo de 2017

VICENTE QUIRARTE




Encuentro con la nieve

A Nelson De Vega



Nevó toda la noche y amanece
la tierra inmaculada.
Quién pudiera decir que bajo el manto
prepara su verdor la primavera.
Si la pureza existe,
qué semejante es a la nieve:
hoja blanca cedida por el mundo
para probar que nada permanece.


domingo, 5 de marzo de 2017

VICENTE QUIRARTE




Elogio del Vampiro



Para qué perseguirlo,
clavarle una estaca de madera,
condenar de antemano su apetito,
lamentar su presencia en nuestra vida:
el Vampiro no pasa
si nosotros no abrimos la ventana.

Escucha su canción,
no sólo desde el páramo o el bosque:
en el agua turquesa de los trópicos,
en los cuartos de hoteles,
en la tela de loro del mercado,
dondequiera que el hombre reconoce
el brillo de otro cuerpo y necesita
el marfil del Vampiro en su garganta.

Inocente, el Vampiro:
le decimos que es cruel cuando nos hiere,
e invocamos a Dios cuando el diluvio
que nuestra propia sangre ha conjurado
mantiene a la deriva hasta los muebles,
a pesar de las leyes y de Newton.

El Vampiro es tan bello
que el azogue se niega a reflejarlo.
Si su sombra te alcanza,
olvidarán tu nombre los espejos,
pero hallarás un eco en la hermosura
de quien has elegido como doble.

Quisiera amar la luz pero ya sabe
que el amor sabe a sombra perseguida,
al vahído final de los ahorcados,
a todo lo que termina en arrebato.

Ábrele tu ventana.
Cuando pruebes su vino,
sentirás que la vida se prolonga
y el agua de sus copas es de vidrio.
Acepta sus mentiras:
nunca estarás más vivo que en sus brazos.

*

Y jamás le reproches su abandono.
Te mordió porque es bestia,
y su sed es la sed del mar vencido
que mitiga su rabia con naufragios;
su pasión, la del niño traicionado
porque el reino se pierde.
No pienses en que dijo “para siempre”:
el huracán no deja un tronco entero
ni cambia sus azotes por caricias.
Si de algo te sirve, los vampiros
aman sólo a los fuertes y a los locos,
pero nada los ata.
Dirás que nunca más, que ya no quieres.
El Vampiro es un vicio refinado
y esperará, paciente, tu retorno.