domingo, 3 de diciembre de 2023


 

ESTEFANÍA ARISTA

 


 

Loba

  

A menudo cuando debo disfrazar la verdad
la saco de mis bolsillos y la aviento a la mesa
en la que estamos comiendo.

Es la pieza de Lego o de madera
con los orificios de triángulo, círculo, cuadrado.

Pero la he moldeado y decorado tanto
que en ningún momento es digna de encajar
en el juego de otro.

En voz alta te la ofrezco a ti
y cuando la tomas entre tus manos
los niños son los únicos que entienden tu euforia.

Inspeccionas la verdad desde el otro lado
de la mesa. Me das la espalda para recoger
una cuchara del suelo,
veo el tatuaje de loba en tu hombro,
la mariposa que hierve tus mejillas,
y en tus tobillos
las mismas ámpulas
que mi mamá se cura en las noches.

Nos veo como personajes
en un escenario de cuerpos enfermos
en el que no cabe hablar de amor
pero sí de este abrazo:
—Yo tengo epilepsia.
—Yo tengo lupus.

El mundo empieza a fracturarse
cuando dejamos de ocultar tu diagnóstico
y el mío:
atrapamos la verdad con los dientes
y salimos corriendo.

 

De: “Hipocampo”

 

 

FRANCISCO SEGOVIA

 

 

 

Consejos para andar en el infierno


            41
no calces sandalias
 que en el infierno todos van descalzos
no vistas ropa limpia
 que en el infierno sólo gastan garras
no comas fruta fresca
 que en el infierno mascan polvo
no bebas agua clara
 que en el infierno mascan sólo polvo
no lleves un bastón no te apoyes
al andar en un bastón
 que en el infierno todos reptan
no te alegres no sonrías
 que en infierno todo es llanto
 y mueca de dolor
no beses a quien amas
 que en la boca de los muertos
 no han quedado labios
no abraces a quien amas
 que ya no tienen fuerza
 los brazos de los muertos
no perfumes tu cuerpo no lo untes
de ungüentos deliciosos
 que atraerías a los muertos y los muertos
 te rodearían te rondarían como moscas
no hables con quien amas
 que no hay palabras allá abajo
 ni hay conversación sino sólo
 gemidos y lamentos
no despiertes a Ninazu la que duerme
desnuda sin adornos en el pecho la que muestra
sólo la espalda nuestra Madre Ninazu la que duerme
no la despiertes
 porque te enredarían sus voces de protesta
 como un hechizo te rodearían
 los espectros como moscas
 te raptarían te retendrían las sombras”.

Pero Enkidú no oyó no quiso oír.
Calzó sandalias
 y las sombras del infierno lo rodearon
vistió ropas limpias comió fruta
 y las sombras del infierno lo rodearon
sonrió bebió agua limpia se alegró
 y las sombras del infierno lo rodearon
se perfumó allá abajo allá abajo
dijo en la oscuridad unas palabras claras
 y las sombras del infierno lo rodearon
despertó a Ninazu nuestra madre la que duerme
 y las sombras del infierno lo prendieron
 se le echaron encima lo raptaron
 no dejaron volver a Enkidú no dejaron
 que volviera a respirar entre los vivos.

No cayó en el campo de batalla como un héroe
no lo atrapó Ninazu no lo raptó Nergal 
¡las sombras del infierno lo prendieron!

 

De: “Siduri”

 

NAHUEL LARDIES

 

 

 

Ángeles

  

Donde estaba el impulso
ahora hay una cuchara.

Donde estaba la taza
hay un círculo negro.

Donde estaba el verano
quedan miga y harina.

Donde va el adjetivo
hay un círculo negro.

 

JULIO MARÍA

 

 

 

Telémaco gatea desnudo en las playas de Troya

 

Lo épico,
   lo heroico, lo realmente
extraordinario, hubiera sido Ulises cargando a Telémaco,
la odisea completa con su hijo en brazos. Un columpio en la arena.
Soldadito de bronce. Ternura del ámbar. Telémaco
   montado en los hombros de su padre. Un bebé flotando
por encima de los cascos, sobre los escudos, los arcos, las espadas.
Un bebé contemplando las estrellas, el fuego de las murallas,
balbuceando entre aedos y rapsodas, Telémaco, no chupes la lira.
   Eso hubiera sido
lo difícil, un rey de dos cabezas, la fiebre,
el berrinche por las noches, el vómito
entre los pechos de Briseida. Agamenón desvelado:
“No soporto ese mocoso, dénselo a los perros.
No necesito a Ulises para ganar esta guerra, Atenea,
por favor, cómetelo de un bocado”.
   Imagina.
Ocho mil soldados en pausa, sudando bajo el sol de Troya.
Ocho mil estatuas de bronce, esperando, la orden de su rey.
Ulises bañando a su hijo en la bahía. Un niño desnudo
viendo hombres morir como si nada, aprendiendo a mentir
como si todo. Eso hubiera
sido lo hermoso. Que Calipso lo adoptara sin rencor.
Que Circe lo besara sin veneno. Caballito entre flores de acanto.
Un príncipe montado en un cerdo, feliz con su corona de olivos,
feliz cumpleaños, Telémaco, hijo de Ítaca, dormido en la panza
del cíclope. Polifemo derrotado con ternura, no con inteligencia.
Eso hubiera
   sido lo bello,
la epopeya: un padre y su hijo atados a un mástil
para escuchar la voz de las sirenas. Ulises y Telémaco
llegando a Ítaca con los mismos ojos, las mismas cicatrices.
Que el viejo Argos los olfateara moviendo su cola
en un palacio vacío. Que no encontraran ningún telar,
ninguna torre, ningún recuerdo.
   Que Penélope se hubiera ido, ya,
desde hace años.

 

De: “La isla que canta”

 

 

FERNANDA MARTÍNEZ VARELA

 

  

 

las muchachas pasaron sin voltear a verme
ni pena ni asco nos das al voltear me decían
que te sea el amor breve, interrumpido coito
por una mosca que en tus nalgas mete la lengua

agradece que tus genitales bese sin escupirlos
sin deshacerlos en sexos, sin respirarlos antes
como una caricia que tiende a la corteza
los amores haces ineficaz e ineficiente
no eres ni vasta como insufrible
y se te aguanta por ternura
de quien daña la vista
hecha de carne

pero ellas rieron
al invitarlas a casa
al decirles hoy pesqué un pez
es mi cumpleaños, quisiera afecto
estoy sola y estoy solo, dos veces triste
y me siento dos veces feo, quise insistir
qué hermoso cadáver lucen de mañana

 

 

ROBIN MYERS

 

 


Playlist



No es que la playlist me dijera qué hacer, pero ayudó. Con ciento doce horas de voces fantasmales cantando en un sin número de lenguas, alguien que conocía sin saber la había urdido y lanzado al espacio donde la pesqué y guardé para otro momento. El momento llegó y me agarró preparada para recibirla en cualquier orden. Esa era la ordenanza. De lo continuo, dios del canto. Aunque yo no canté, siempre escuchaba. Caminando durante un chaparrón, arraigándome a la cama que alquilé mientras el corazón daba retumbos. Era un intérprete. Cuando andaba desolada, me lo decía. Cuando mi pensamiento se tiraba asombrado de cabeza a lo que estaba por venir, me lo decía. Cuando me acordaba de que no pasé la vida con quien yo me decía que podría hacerlo, que los cuerpos son dientes de león, que el vínculo con cualquier lugar es algo imaginario o corre por su cuenta, que le juré obediencia a este mi oído interno, que yo era solamente una persona, me lo decía. Cuando decía algo que no quería escuchar, saltaba a la siguiente. Cuando cambié, cambió.

 

Versión de Daniel Lipara

De: “Centro”