Desde el lugar de los muertos
Las
calles fueron pintadas por las manos de los niños lustrabotas. Los relojes de
las plazas marcaban el taconeo coreográfico de los ambulantes. La copa del
sombrero no tiene valor ni el nudo de la corbata, el pago es por otras
necesidades; le cuesta el reloj, no el
tiempo, tiene tiempo ilimitado, tanto como pueda gastar, dicen las
vendedoras. Y mientras tanto, la noche desviste cuerpos que pagaron por
camisas, zapatos, pañuelos… y una vez desnudos, bailan. El cuerpo es un cruce
de calle, una esquina de barrio, la ventana entreabierta de casa, el cigarro
marchito sobre el cenicero, la mano bajo el muslo, la señal de mujer en la
espalda lastimada, los labios fibrosos y el olor a niña. Y sobre las farolas
cuelga una luz sin precio.
Nieto:
Mariana
Rodas,
ahora que tu nombre está grabado sobre la piedra,
sepulcro níveo y callado,
dime ¿qué se siente dormir?
¿A qué juegan por las noches las Manuelas?
¿Y Luz Elena, aún grita?
Dime que salvaron su memoria.
Flor Alba,
¿cuántas veces has despertado a los jardines?
Desde el fondo de un ojo amarillo,
una paloma mira el vuelo de tus manos blandas.
Ivanova Jácome,
el lirio azul reescribe tu voz en la noche oscura,
descubre tu sombra en el vuelo callado de la tarde.
Mery Arias, Margoth Alicia, Carlina Ramón,
bajo el cielo de esta patria aún escucho sus pasos,
rotos, desfilando hacia el reino del reloj
(memoria antiquísima a su propia historia).
Las he visto antes
(¿en un sueño, acaso?),
eran la arena con la que construyeron mi nombre
y levantaron la plaza,
la misma arena con la que cubrieron la piel de Dolores.
Dolores:
un
grano de arena esparcido en la memoria del niño triste
que aprende de la vida al perder un diente,
que al envolverlo en una fría mano descubre la soledad
y las largas horas que conlleva el fracaso;
ese niño envejece en un día, y al otro
se lo puede tratar como a un ciudadano más,
un oyente callado que corre al resguardo de las sombras;
así nacen los hombres y las mujeres,
escondidos de sí mismos,
esperando que un golpe al descuido les abra la boca
para aprender a sonreír.
***
Nieto:
Te
conocí tarde,
apenas ayer descubrí tus lágrimas.
Dolores:
si
llegara a cortar mi vida
como una cebolla sobre la mesa de casa,
no sería para mezclarme con el agua
y probar unos labios a punto de secarse,
lo haría por amor al oficio.
Pocos son los que piensan en el oficio
del cuchillo
o de la cebolla,
en el oficio propio.
Si llegara a cortar mi vida
lo haría por el simple oficio de vivir.