"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 10 de mayo de 2023
ANTONIO CILLÓNIZ
Opus
est. III Tardes de otoño
Al
pasar por el Parlamento,
escuché voces contrapuestas y encendidas
que decían estar hablando en mi propio nombre
todas al mismo tiempo, entonces
quise exponer mis opiniones
sobre aquello que había oído, pero
en la puerta un ujier
me cerró el paso y me dejó en la calle.
Yo
he sido quien los viese madurar
mezclando hojas de olivo y de laurel
con las pequeñas ramas del ciprés.
Y en el solsticio del invierno
que al ocio hace tan largo casi
como al negocio
y más aún el del estío,
así también de vanos
habrán de ser después sus sueños.
Si
no distingues al halcón de entre los buitres
o al lobo del cordero
y al zorro de una liebre,
¿cómo sabrás después
elegir el momento
de coger o dejar las cosas
y de si debes proseguir o detenerte?
Lo que crece y entonces se alza,
se ensancha, extiende y ramifica
y no lo cortas,
acaba por caer al suelo
para al final ahí pudrirse.
PABLO ABRIL DE VIVERO
Estética
(Realidad,
incierta realidad o sueño.
Mujer siempre dormida en el poema.
Gacela despierta en suave paisaje de nube.
ausente de césped y horizonte
ALBERTO URETA
Estabas
conmigo todavía
Estabas
conmigo todavía
y eras ausencia ya.
Y venías en tu voz como un eco lejano,
que llega desde el monte o desde el mar.
Venías
en tu mirada distante,
en tu indolente ademán,
en tu halo de cosas sin mañana,
que era ya un poco muerte y un poco eternidad.
Venías,
sobre todo,
en aquella ansiedad
de los pobres viajeros que parten
sin saber adónde ni por qué se van.
Y te
amaba en tu ausencia todavía presente,
como si fueras más
viva y más intacta en el recuerdo,
y más real.
ARTURO CORCUERA
Fábula
biográfica del zancudo
Noctámbulo
y sinuoso,
emblema de la Parca,
arrastra mala fama
por toda la comarca.
Por
su sed insaciable
y su cárdena renta:
espectro de oligarca.
No
vive de sus manos,
colérico y picudo,
sorbe la sangre ajena
el fúnebre
zancudo.
BENITO BONIFAZ
A
una mujer
¿Por
qué me esquivas tu semblante hermoso
Y tus ojos apartas de los míos?
¿No temes, di, que apaguen tus desvíos
Mi ardiente corazón?
¿No te imaginas que mi vida entera
Puede exhalarse en el mortal suspiro
Que yo arranco del pecho si te miro
Desdeñando mi amor?
Dime,
mujer más pura que la aurora
Al destellar en el rosado Oriente,
Si en tu mirar angélico, en tu frente,
¿Hay algo de mortal?
¿Di si como a mujer debo adorarte?
¡Misteriosa y divina criatura!
Feliz encarnación de la hermosura
¡De mística beldad!
Si
has tomado prestadas bellas formas
Para traer una misión del cielo,
Y rasgando quizá tan débil velo
Nos vuelves a dejar:
Si aquí has venido a disipar la nube
Que limita del nombre el pensamiento,
O te ha enviado el Señor desde su asiento
Trayendo la verdad.
Si
eres un rayo de la augusta aureola
Que circunda la frente del eterno
O el átomo lanzado al mundo externo
De su mente inmortal
Dímelo, pues, que para mí un arcano
¡Es tu presencia aquí!… ¡ah! yo en tu aliento
He bebido del amor el sentimiento
Más puro y divinal.
¡Contesta,
por piedad!… no me desdeñes;
Desengáñame, pues, yo te lo ruego…
Es tan intenso el misterioso fuego
¡Que me consume ya!
¡Tan inmenso es mi amor! ¡Tal mi locura!
Que se pierde mi pobre inteligencia
Y el corazón, latiendo con violencia,
Lo siento zozobrar.
Seas
una mujer, seas un ángel,
Seas nacida aquí, seas del cielo,
Mi albedrío, mi amor, todo mi anhelo
Te quiero consagrar.
¡Ah!
para mí la vida es un martirio
Y me siento morir de pesadumbre…
Me agobia la ansiedad, la incertidumbre
¡La duda perennal!
Si
eres de allá, perdona mis delirios,
Pues dichoso te diera mi existencia,
Si un ligero perfume de tu esencia
Me dieras al pasar.
Mas si naciste como yo en la tierra
Por compasión mis súplicas escucha
De este infeliz, que en tan dudosa lucha
Ya próximo a expirar.
Mi
porvenir sin ti será un vacío
Mil veces más terrible que la muerte…
Tan sólo de pensar que he de perderte
Para siempre quizás,
Siento el dolor que con su mano impía
Rompe todas las fibras de mi alma
Y allá en el corazón, fúnebre calma
O matador afán.
Como
es grande mi amor es mi creencia:
Creo con una fe tan acendrada
Que tú has venido al mundo destinada
Mis pasos a guiar,
Que si me abandonaras a mí mismo,
A mi lado pasando indiferente,
De mi santa creencia y mi fe ardiente
Me harías blasfemar.
Perdona
si te ofendo: mas muy débil
Mi pobre entendimiento se extravía;
Se torna mi razón en insania
Porque al fin soy mortal!…
Pero dime también una palabra
Que llegue a mis oídos: de tu acento
La vibración más tenue y al momento
Mi fe revivirá.
Yo
pulsaré las cuerdas de mi lira
Arrancándole notas armoniosas
Tan henchidas de unción, tan religiosas
Que el mismo Jehová
Entre las arpas santas que su gloria
Para ensalzarle y bendecirle encierra,
Los acentos del arpa de la tierra
¡Ay! no desdeñará.
Óyeme,
pues, y deja que en tus labios
Asome una palabra de esperanza
Querubín o mujer, a ti se lanza
Mi alma sin vacilar;
Yo para ser feliz tan solo espero
Que rasgues con tus labios o tu mano
El misterioso, impenetrable arcano
Que encierra tu beldad.
KILKU WARAK’A
Illimani
Illimani,
gran dios,
fortaleza de nieve, de huesos de piedra.
Con mi aliento empujo las nubes que te cubren
y yo, yo te saludo, cada amanecer.
De
la inmensa llanura te contemplo
y mis ojos se queman en el fuego de tus nieves,
fatigado miro tu alta, tu alta cima,
Señor de los ayllus, Amauta de blanquísimo manto.
El
Sol, al aparecer por el oriente
adora primero tu cumbre helada
y cuando muere en el occidente
con sus pestañas en que el oro tiembla te cubre de sangrienta luz.
La
Luna silente con su rostro suave de ñusta
noche a noche te mira enamorada ¡oh gran dios!
Las estrellas con sus pestañas de plata
abren y cierran los ojos, bellamente, por ti.
Los
torrentes que bajan lanzándose por abismos,
los grandes ríos que calladamente avanzan,
son nada más que tus lágrimas, tu llanto;
retorciéndose como serpientes plateadas
pronuncian tu nombre con su incierto vocerío.
Illimani,
poderoso dios
el que blande el rayo de oro
y con su trueno esparce las tormentas de nieve;
tú fuiste, con el Illanpu,
quien puso la luz en los hombres antiguos,
quien alimentó su fuerza.
Por eso hicieron de la piedra, barro,
y modelando la roca con sus manos levantaron las fortalezas.
Illimani,
poderoso dios, señor de todos los dioses montañas
que tu nieve brille
en nuestras cabezas pensantes,
que tu nieve descienda
de nuestro corazón a lo profundo
para que podamos ser hombre unidos
de vidas hermosas que no ofendan.
Tú
eres, gran Señor,
quien dispone el invierno y el verano;
mirándote a ti, el hombre desfalleciente,
recobra la vida y trabaja.
Las negras nubes henchidas que respiras
vierten la lluvia fecundante;
el viento, el río, la nevada, el rocío,
nacen de tu aliento.
Las
tres cimas, las agujas en que tu nieve acaba,
son el reposo de los cóndores,
y de tu corazón de rocas impenetrables
nacen los pumas.
De
todo ser viviente
el principio, la semilla elemental,
el amor creante, amado, el germinal arquetipo
en tu honda entraña duermen viviente sueño.
Por
eso los hombres de todos los ayllus
cada menguante, cada plenilunio,
vienen a ofrecerte la coca sagrada,
el regocijo, la imploración de sus corazones.
Illimani,
poderoso dios,
fortaleza de nieve de huesos de piedra,
en tu cumbre ha de erguirse
el hombre elegido, el excelso, que renovará el mundo.
El
canto de su clarín marino
despertará a los pueblos,
y un río de sangre caminará,
se extenderá por la faz de la tierra.
El
mismo sol tendrá vergüenza
al ver la masacre humana
y la Luna acongojada
se ocultará tras la nube tenebrosa.
Fin
tendrá el bélico conflicto
cuando rueden muchos años;
después los hombres en acuerdo
nueva organización se darán.
Se
delimitarán las regiones
con más precisión y justicia
y los gobernantes serán
hombres de justa selección.
Los
gobernantes deben ser
patriarcas de verdad,
que con sutileza ausculten
y dirijan a sus pueblos.
Deben
gobernar los pueblos,
doquiera que fuera, los ancianos
de prestigio, los de experiencia,
nunca los que no la tienen.
Bondad
y talento posean
los gobernantes todos
y la existencia humana sea
mazorca de maíz de apretados granos.
Illimani,
gran espejo de plata,
para la eternidad con tu luz
el corazón del hombre alumbra
que vaya al bien, siempre, a la hermosa vida.
Nosotros
contemplamos, todos
cómo de la nieve formas el agua y la repartes
a las tierras de todas las regiones,
cómo apagas la sed del mundo.
Así
la tierra debiera ser repartida
a cada hombre, a cada criatura,
para que el odio no exista,
el odio del rico y el odio del pobre.
Y
advenido ese día, Illimani,
en tu alta cima una estrella giradora
dando vueltas, dando vueltas, brillará
y tus nieves impolutas
al universo darán luz.
Nota:
Kilku Warak’a, Seudónimo de Andrés Alencastre Gutiérrez
