lunes, 8 de junio de 2026


 

CARLOS PINTADO

 


 

James Ensor

 

Pues sí, es muy extraño que no exista,
James Ensor, en Ostende, algún lugar
que recuerde que aquí pintó sus cuadros,
que aquí sufrió, usted, su pesadilla.
Pero también extraño es ese sueño
de las aves dormidas en los cuartos,
y el baile de la muerte a medianoche,
y el abrazo filial de algún amigo.
En Ostende, imagino, ya no hay casas.
Faltaba la memoria de algún parque
en donde también yo vestí mi cuerpo
con sus oscuras ropas, consumido
por el horror, la angustia y el deseo.
Faltaban a mis noches los jardines,
los rostros perseguidos por la tarde,
las columnas sagradas como templos.
Faltaba la piadosa maravilla
y la especulación de algunos hombres,
ante la rosa roja de los bosques.
En Ostende, imagino, nadie duerme.
El eco de mis pasos no retumba
sino en un sueño alto e imposible:
hoy presiento que un hombre me conjura,
y que algo de su miedo ya me alcanza,
y que su rostro puede ser mi rostro,
y que sus manos pueden ser mis manos
y puede que seamos sólo el mismo,
deambulando en Ostende por las plazas.

 

 

EMILIO ORIBE

 

   

 

El tirano

  

Ya solo escribo para ti,
Señor despótico y sombrío que me observas
del fondo de tu cámara lujosa.

Ya solo escribo para ti,
dominador de mis actos y de mi voluntad,
pálido tiranuelo,
que me miras con tus ojos helados,
por los que se deslizan sombras turbias y cambiantes,
bajo los arcos de tus cejas inconmovibles,
lo mismo,
que corren las aguas grises de los ríos
bajo el arco do los puentes inmutables.

Ya solo escribo para ti,
hombre frío y pensativo,
que permaneces sentado
horas y horas, descansando
tu barba en el puño hercúleo y poderoso,
mientras me analizas,
y dejas caer las horas entre tus dedos
como la arena cae en las clepsidras.

Ya solo escribo para ti,
monarca silencioso, ebrio de vanidades egoístas,
que me haces sufrir por las callos
de este Montevideo colonial y puro,
y me has convertido en un ser
callado, taciturno, y desdeñoso como tú;
pues soy reflejo tuyo,
aunque crean lo contrario los buenos aldeanos
que comparten mi vida exterior.

Ya solo escribo para ti,
para que seas eterno…
Y estés vigilante siempre,
oh, tú, fecundo y firme Orgullo mío!

 

GREGORIO CASTAÑEDA ARAGÓN

 

 

 

Barrio de pescadores

  

Alba lila. Arponeros zarpan rumbo al levante
en sus largas barquetas. La ensenada se angosta
en la sutil penumbra. Hila el terral. Saltante
deja el agua azulencos húmedos en la costa.

A correr los cangrejos o a bañarse en rosario,
llegan los chicos. Risas. Su voz de aguda tilde
alegra como un toque de misa al vecindario,
donde ya se alza el humo oloroso y humilde.

Geométrico el pelícano, con su vuelo a la capa
augura un tiempo claro. Sobre este mar de mapa
parece escrito: Esmirna, Chipre, Rodas, Argel.

Se siente el fuerte aroma de las marismas muertas,
de las retamas ásperas. Asoman a las puertas
madrugadores viejos componiendo la red.

 

MERCEDES MARÍN DEL SOLAR

 

  

 

A la hermosura

  

¿Qué eres, dulce hermosura, ante los ojos
del mortal que seduces con tu encanto?
Objeto destinado a verter llanto,
juguete de sus pérfidos antojos.

Raro será el que rinda por despojos
a la pura beldad un amor santo;
el hombre engaña, ríe, y entre tanto
siembra bajo su planta mis abrojos.

Tal es tu vida. La mujer hermosa
cual delicada flor, busqué abrigo
de la excelsa virtud, y cautelosa

el prudente temor lleve consigo
y guarde el amor la pura rosa
al esposo feliz, al digno amigo.

 

 

SIEGFRIED SASSOON

 

  

 

Ataque

  

Al alba surge el lomo, compacto y ceniciento,
en el púrpura salvaje del sol que arde violento,
humeando entre jirones de humo que encapotan
la ladera amenazante, marcada por la guerra; y, lento,
los tanques se deslizan, se inclinan hacia el alambre.
Ruge el bombardeo y cesa. Luego, torpemente encorvados
con bombas, con fusiles, palas y equipo de batalla,
los hombres se empujan y trepan hacia el fuego erizado.
Filas de rostros grises, murmurantes, velados de miedo,
abandonan trincheras, saltando a campo abierto,
mientras el tiempo late, vacío, en sus muñecas,
y la esperanza, esquiva, con puños que se aferran,
se hunde en el barro. ¡Oh, Jesús, haz que esto acabe!

 

 

JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN

 


 

Tu y yo

  

Perfume de una flor que, al desprenderse,
ni una hoja de sus pétalos lastima;
tibio efluvio de luna de verano
que en el disco plateado se destila;
calor de una mirada de ternura
que atraviesa inocente unas pupilas;
roce de un alma que, buscando otra alma,
en sí misma sin ruido se desliza:
ese es tu aliento
cuando suspiras
Lágrima que oscilando sobre el alma,
se evapora al color del dolor mío;
rumor de oleaje que, en desierta orilla,
rueda mugiendo entre escarpados riscos;
ave que huye y, al volar llorando,
quiebra la rama en que dejó a sus hijos;
nota que, al desprenderse de una cuerda
deja al pobre laúd, temblando, herido:
eso, tan triste,
son mis suspiros.