miércoles, 8 de abril de 2026


 

MADELINE MENDIETA

 

 

[El péndulo plateado, hipnótico…]

 

Cerrar la tarde es necesario
guardar los verbos y adjetivos
limitarse a la interjección
la onomatopeya el grito
apagado
Leticia Herrera

  

El péndulo plateado, hipnótico me empuja a tus versos dolientes
Como este frágil duelo entre mis manos.

Acaricio con vehemencia el lomo de estas voces apiladas de júbilo,
de cuidadas palabras, de tantas mujeres hablándole a Sylvia.

Ella quien aspiro el humo de la muerte porque el duelo que cargaban
sus letras no pudieron consolarla.

Llevo el péndulo de plata a mi pecho y palpitan esas voces
como corazonadas de un buen augurio, en medio de la noche.

y solo el grito apagado se escucha quedito como murmullo silente
de secreto guardado.

 

ANTENOR SAMANIEGO

 

 

 

Busco algo más (VIII)

  

No de Vallejo el padecer terrible,
ni de Hugo el grande, el ritmo soberano,
ni de Darío el cántico profano,
ni de David la lira intransferible.
Algo más, algo críptico, intangible,
un leve resplandor ultramontano,
el iris que, surgiendo del pantano,
brilla en el cielo y tórnase inasible
Sugestión, nada más, relumbre raudo,
en cuyo examen ejercite laudo
no la razón, sino el instinto solo.
Siendo áptero, remonte vuelo altísimo,
siendo silencio, sueñe… Pequeñísimo
silvano de la cítara de Apolo.

 

 

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN

 

  

Un alto

  

Ha interrumpido la marcha.
En sus hombros se posa la sombra
de un halcón que lo sigue,
dicta el paso y señala el rumbo.
Esa fue la enseñanza sajona impuesta en casa
y en aquel centro educativo donde osaron inscribirlo:
si caes, si ruedas por el peñasco, levanta esa frente.
Se jactaba de recibir aquella educación primaria apta
para todo muchacho que anhela captarla a la primera.
Un entorno elemental, sin lecturas e interpretaciones,
donde la fuerza de un remolino clarifica
y se desplaza como huracán en el golfo.
Le sacaba una sonrisa de orgullo. Entendía el mensaje.
Lo hizo suyo. Se compenetró con el guion,
esas líneas que orientan la mirada, y empezó a caminar,
que no hay camino, caminante,
el camino se hace en medio de estos claustros.
El olor de las hembras sumergidas detrás del matorral
inspira su instinto afilándolo como una serpentina de acero.
Mira desde la noche su infancia con incertidumbre.
Sin duda los hay, pues todos, a la larga,
atravesamos días oscuros.
De ese destino nadie se libra.
Bajo el cielo eterno hay esferas que se desplazan lentas
como camiones atascados en el fango.
Eso lo supo desde el primer día:
que de esas noches se sale con las justas
y luego se cae en otras, sin respiros,
a lo sumo un break de 20 minutos para resistir la jornada.
Lo entendió tanto que llevaba su escudo en la frente.
Una marca, un sello, un corazón de pantera en pleno salto.
Esas armas fueron las suficientes para entender lo central:
mientras más simple, más claro;
mientras menos ideas, tanto mejor.
Que lo suyo es continuar, seguir la marcha, caer, levantarse.
El olor de las hembras es un buen estímulo.
Esa sangre pegada a los muslos, esa boca entreabierta, esa mirada.
Era tiempo, digamos, de instalarse.
Mirar el cielo y decirlo en un puñado de palabras.
Dentro de poco encontrará el lugar.
Cuando llegue tropezará con las aguas
que vienen desde lo alto, detrás de las montañas,
y se dejará hacer, sin voluntad.

 

 

JOSÉ RUIZ ROSAS

 

 

 

Como contarle cuentos a los árboles

  

Como contarle cuentos a los árboles
un hombre está sintiéndose follaje.

Amplio, de corazón más amplio que la tarde,
siente venir la tierra hasta su sangre
y repetirse alegre cada invierno
florido, señorial, salvaje.

Un hombre ángel
como contarle cuentos a los árboles
está puro follaje.

No es soledad la suya
porque está conectado con el aire,
porque lo abruman lianas y parásitos,
nidos, ardillas, aves.

Y está metido allí, callado; enorme,
un hombre vegetal. Que Dios lo guarde.

 

GUADALUPE VELASCO

 

   

Accidente nuclear

  

A solas
hasta Chernóbil
florece.  

 

SEBASTIÁN SALAZAR BONDY

 

 

Mujer y perros

A Augusto, que la conoció

 

Recuerdo en Lima una mujer, una cansada
sombra de pordiosera que juntaba
perro a perro como los frutos de su vientre.

Eran canes de paso, animales
manchados, negros, hoscos, melancólicos hijos
que la escuchaban en el suelo y lamían su mano
agradecidos de una llaga,
un harapo mejor, un simple hueso.

Una mujer que se sentaba en una plaza
y cosía el alba y el ocaso al calor
húmedo y triste de sus perros.