"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 28 de enero de 2026
TEÓFILO CID
Niños
en el río
Allí,
Bajo los puentes,
Donde pasa el río urbano
Arrastrando en su bruma el ensueño de la gente;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros esculpidos por glacial fruición de muerte.
Fue
arrebol de su dominio
El fluvial convoy silvestre
Donde brilla como témpano el vacío,
En fanal en que ellos vieron florecer la llama esbelta
Y el carnal derretimiento de sus pétalos ardidos.
Allí,
Junto a las duras piedras humanizadas,
En lo hondo de la espuma,
Entre redes de fulgor;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros enjoyados por la ráfaga invernal.
Cuando
iban ya sus bocas a decir lo que se ama,
En cariátides de hielo se quedaron,
Sus sueños congelados en los labios.
¡Oh, palabras que no hienden su vestido corporal!
Cuando
iban ya sus ojos a mirar ojos más tiernos
Se quedaron convertidos
En emblemas de rigor.
¡Oh, palabras que no sienten su amargura forestal!
Cuando
iban ya sus manos a tocar la gloria extrema,
El estambre de la flor correspondida,
Una gélida escultora congelo sus rostros finos.
¡Oh, palabras que no quiebran su cristal!
Puede
ahora, por la ruta de la hierba
Lucir el arbol, honda, su esmeralda
Y echar sus aves a volar;
Pero el día está escondido de verguenza
Y, en la ausente claridad,
Las lágrimas vacilan como pajaros de exilio.
La
nota puede acaso retornar a la garganta
Y en un temblor de idilio diluir su coro antiguo;
Pero el día tiene el rostro entre las manos
Y en la espesa claridad que se filtra de sus dedos
Las nubes ya no quieren caminar.
Oh,
enojo del Destino -Manto grave
Que ha cubierto las pupilas con su trémulo llanto;
Nadie sabe ya decir donde se encuentran,
En qué parque de alegría epitalial
Sus sombras comen;
En que lírica tahona
Sus sombras se hartan;
En que lecho de cabina maternal
Sus sombras duermen.
Nadie
sabe ya decir la palabra del idioma
Natural que corresponde,
La palabra de piedad
Que surge pálida en la noche,
Como el blanco de los dientes,
Como el blanco de los ojos,
Como el blanco de las almas.
Nadie
sabe ya llorar
En la antigua soledad resonante como un organo,
Llorar a solas de piedad
Por aquellos que no fueron sino flores desdeñadas
Sin pasión de jardinero que su aroma cultivara.
¡Nadie,
nadie, nadie!
El mundo ya no tiene lágrimas que dar;
Se quedaron apozadas
En el fondo de los cuerpos
Y en el lago cerebral que allí disponen
Los árboles no sacian su ansiedad.
Nadie
ha mirado estos puentes,
La avenida sombría que cubren
Y los álgidos jardines que atan.
Nadie.
Solamente
la noche
Que también suele ofrecer
El bouquet de sus miradas a los pobres.
Y en
sus manos de escultora perennal
Plasmó sus cuerpos.
¡Ay
de aquel que es observado por la noche!
La
noche no sabe discernir.
Sea amante dichoso o niño desolado,
Pone su fresca atonía en los ojos,
Contrae sus lenguas sepulcrales
En torno a la raíz de las palabras
Y deja caer un astro que, cual veneno, se disuelve.
Solamente
la noche
Los miró con amor,
Con ese amor que brota
De las cosas que se hallan mas allá de las cosas mismas.
Solamente
la noche los amó
Y pensó que siendo ella una artista inmemorial
Bien podría esculpirlos con su aliento.
Y ahora estan allí,
Henchidos por la brisa que recorre sus sentidos,
Llevando estériles mensajes.
Allí,
Allí.
Yo
os pido por eso
Que no vengais con lagrimas tardías
A llorar su silencio
Y a intentar que de nuevo
La luna en sus ojos resplandezca
Y el perfume en sus sentidos
Y el ensueño entre sus labios.
¡No
vengais con vuestras ánforas oh madres!
A ungir de aceite inútil su madura rigidez.
Están unidos por la brisa que lleno de hojas sus almas
Y de otoño virginal los fríos cuerpos.
Están unidos y vuestras lágrimas podrían separarlos.
Bajo
los puentes
Donde el río parte en dos el egoísmo,
Donde lucen las parejas su privada primavera,
Y el policía hace el amor a la más dulce
De las doncellas de servicio;
Junto al parque,
Que en invierno llora sólo por toda la ciudad…
Allí,
Bajo los puentes,
Allí quedaron
Con un nudo interrogante entre los labios.
CARLOS COCIÑA
2c
Dentro
de sí ves el aire que inspira y la vibración de éste
cuando entra alternativamente, sin orden, por las fosas nasales
o la cavidad bucal y adquiere una presencia tan nítida
que la voz retrocede, aún conservando su mayor intensidad.
La respiración, el aire que se acoge en el cuerpo y luego retorna, tiene la
forma sonora de una única presencia. Ya no escuchas,
estás inmóvil en el aire y eres la respiración que escucha
cómo otro oye las palabras que se forman en la voz.
De:
“Tres canciones”
ÉDOUARD GLISSANT
Te
he nombrado Tierra herida, cuya fisura no es gobernable, y te he
vestido de melopeas extirpadas de los recovecos de ayer
Triturando polvo y desplomando mis palabras hasta los cercados y
empujando hasta los bordes los grises toros mudos
Te he consagrado pueblo de viento donde zozobras por silencio para
que tierra me puedas crear
Cuando eleves en tu color, donde es cráter para siempre frondoso,
visible en el porvenir
ROGER GILBERT-LECOMTE
Duelo
de azur
Cual
corazón que gotea
Lentas lágrimas pálidas
Bajo
esa máscara de perlas
Ahoga un gran grito rojo
Estrangula
al aullante
Ciclón en remolinos de la sangre
El
pájaro púrpura abatido
Del árbol de la vida
Los
pulpos del vértigo
Con todos sus brazos lo estrechan
Una
agonía presa
De besos de ventosas
Palpita
y se estremece
Con apagadas plumas
En
su última sacudida
Agita un ala rota
Denunciando
la presencia
Inmóvil de las puertas
HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA
La
visión
Yacía
obscuro, los párpados caídos hacia lo terrible
acaso con el fin del mundo, con estas dos manos insomnes
entre el viento que me cruzaba con sus restos de cielo.
Entonces ninguna idea tuve, en una blancura enorme
se perdieron mis sienes como desangradas coronas
y mis huesos resplandecieron como bronces sagrados.
Tocabas aquella cima de donde el alba mana suavemente
con mis manos que traslucían un mar en orden mágico.
Era el camino más puro y era la luz ya sólida
por aguas dormidas, resbalaba hacia mis orígenes
quebrando mi piel blanca, sólo su aceite brillaba.
Nacía mi ser matinal, acaso de la tierra o del cielo
que esperaba desde antaño y cuyo paso de sombra
apagó mi oído que zumbaba como el nido del viento.
Por primera vez fui lúcido mas sin mi lengua ni mis ecos
sin lágrimas, revelándome nociones y doradas melodías;
solté una paloma y ella cerraba mi sangre en el silencio,
comprendí que la frente se formaba sobre un vasto sueño
como una lenta costra sobre una herida que mana sin cesar.
Eso es todo, la noche hacía de mis brazos ramos secretos
y acaso mi espalda ya se cuajaba en su misma sombra.
Torné a lo obscuro, a larva reprimida otra vez en mi frente
y un terror hizo que gozara de mi corazón en claros cantos.
Estoy seguro que he tentado las cenizas de mi propia muerte,
aquellas que dentro del sueño hacen mi más profundo desvelo.
LUIS FELIPE CONTARDO
El
último lucero aún encendido
está cuando hoy he abierto la ventana,
y la aurora, de súbito ha invadido
la quietud de mi celda franciscana.
La pequeña terraza toda llena
de maceteros y rocío, nada
en la luz matinal. Una azucena
levanta su blancura perfumada
cerca de mí. Pasa en el viento un blando
roce de alas tendidas y de vuelos.
Y yo, inmóvil y absorto, estoy mirando
la belleza del mar y de los cielos.
Junto con el rumor de la marea
sube el trémulo son de una campana;
las voces del Océano y la aldea,
que rezan la oración de la mañana.
Y esas voces se alejan misteriosas
y van a naufragar en el profundo
silencio de los seres y las cosas;
y una mística paz envuelve al mundo.
Me exalta la dulzura que se encierra
en el milagro de la luz que avanza,
y canto: ¡Hermano Sol y hermana Tierra,
digamos al Señor toda alabanza!
