"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 16 de enero de 2026
LUIS DÍAZ
LUIS
DÍAZ
este
año tres hermanos se encargan de esquilar a las ovejas uno las tumba en el
suelo dos les quitan la lana ese es tu chico pregunta uno de los hombres sí
dice mi padre sin apenas mirarme las ovejas solo se resisten un segundo antes
de que les pasen la máquina tan sucias por fuera blancas por dentro algunas
huelen mi mano otras rehúyen las caricia.
De:
“Hombres con un diente de leche”
DOMINGO ZERPA
Jujeñita
Abajeña
linda,
carita rosada,
mujer de las melgas,
paloma del Zapla.
batita
celeste,
sombrerito ‘i paja,
pañuelo de seda,
zarcillos de plata.
Un
día de ferias,
bailando en las carpas,
me miraste tanto
después de una zamba,
que
desde esa tarde,
jujeñita guapa,
pa mi no pasaron
las ferias de Pascua.
Por
eso me’i güelto
con ochenta cargas
a cambiar tus ojos
por lo que quisiera
dármelos tu tata.
Traigo
en mis burritos
mil kilos de lana,
cuarenta picotes
y un almud de grasa,
barracanes
finos,
chalonas y papas,
sombreros alones
de purita alpaca.
Pero
por si acaso
no afloje tu mama,
le traigo dos onzas
de pepitas de oro
de la Rinconada.
Y si
con todo esto
todavía se trancan,
tengo un macho zaino
de correr guanacos
pa echarte a las ancas.
Abajeña
linda,
carita rosada
como las arenas
que amontona el huaira.
Mujer
de las melgas,
paloma del Zapla,
te ofrezco mi pecho
como un oratorio
llenito de guaicas.
Te
ofrezco mi tierra
con sus llanos anchos
y sus peñas largas,
mis cerros azules
cubiertos de puyas,
perfumaos con salvias.
Te
ofrezco mi choza
guaillada con iros,
pircada con champas;
te doy, como a nadie,
los blancos corderos
del corral de mi alma.
Vamos,
jujeñita,
que ya tengo lista
la yegua ensillada;
vendremos cada año,
pa cuando haiga ferias,
con muchas petacas.
Y
entonces, bailando
de nuevo una zamba,
las mozas solteras
que se te reían
lloraran de rabia.
Vamos,
jujeñita,
ramito de albahaca,
mi magre te espera:
la Puna callada,.
la
Puna tristona,
desnuda, lejana,
que esta en las alturas
como nuestra Virgen
de la Candelaria.
Abajeña
linda,
carita rosada.
Mujer de las melgas,
paloma del Zapla,
un
día, en las ferias,
bailando una zamba,
se quedo mi vida
de tras de tus ojos
cercaos de pestañas.
LUIS ALBERTO ARELLANO
Escrito
con ceniza
El
hombre que duerme hace dos años
en el parque frente a mi casa
me ha dicho que mis poemas
le transmiten mensajes cifrados
desde un planeta más allá
de Alfa Centauro
me
ha pedido que pare
que detenga mis ganas de joder
y que ya nada le diga de los genios
que habitarán la Tierra dentro de mil años.
Que
me guarde las coordenadas precisas
de la abducción
y otras minucias siderales que a nadie convienen.
Que
no le recuerde lo que ha visto con horror
con ganas de volver las entrañas.
Que
me calle
que no escriba
que no dé la razón a los ángeles
de tristes alas que le recitan el Código Civil
en vocales muy cortas todas las tardes.
Yo
lo miro y tiemblo de pies a cabeza
como un pez fuera del agua
que empieza a boquear con resistencia
y se deja ir lentamente
hacia la muerte.
Le he dicho que sí
que nunca más
que esto no puede seguir
que también a mí me resulta insoportable.
Así
que estas líneas
no tienen ningún mensaje oculto
ni nada que se le parezca
aunque haya quien / lleno de esperanza / afirme lo contrario.
GRACIELA MATURO
Un
viento desordena los días
Un
viento desordena los días
trae de lejos una lluvia ardiente
que remueve las hojas muertas de nuestras almas.
Es el gran viento del amor que llega
con los presagios descendidos y abiertos
sobre la tierra sola
sobre la vasta acumulación de los fósiles
y los helechos de fría piedra
sobre el oro arruinado de los tiempos que ha quemado
los huesos del hombre y de su casa
sobre murallas y cóleras quebradas.
El viento abre el follaje
y un carro con hortensias se pudre hacia el olvido.
La
lluvia avanza su gran lengua de hiedra
sobre los rostros, las maderas.
Esperamos el rayo que nos trae el verdor.
En tanto nos amamos
duramos en la esperanza
calentamos el pan con nuestro aliento.
Pero una espada acecha los amores mortales.
Qué hacer de las violetas y la lámpara en el portal,
del vino apagado y solo de las alcobas,
cuando llegan las aguas sin memoria.
Temblamos
ante el silencio en que se engendran
los hijos de la lluvia
ante el soplo animal que abre nuestras carnes
con estremecimientos de dicha y de pavor.
Somos muy débiles aún
para su violencia de rey exterminador
que devora a sus deudos con codicia de amante.
Débiles. Y escuchamos, contempladores de la noche,
el alto fragor de las constelaciones silenciosas.
Y las bestias del sueño nos arrasan con su pelaje ciego.
La
lluvia llega y suelta su cabellera de delicias
sobre la tierra toda convertida en un mar.
Y las piedras se abren ante la gran mordedura celeste.
Llega el verano de semillas
el girasol que arde en la furia del cielo
encendiendo los fuegos y las fiestas.
En vano querrán negarlo quienes remueven este gran osario
en vano intentarán avivar sus lámparas con el aceite
de la argucia
El amor adelanta sus banderas
y abre el libro del sol entre los muertos.
HALINA POŚWIATOWSKA
Oda
a las manos
Os
saludo, manos mías, dedos míos prensores, uno de ellos quedó atrapado por un
portazo en un coche, le hicieron radiografías —la mano en esa imagen parecía un
ala dislocada— un trocito de hueso perfilado por su propio contorno. El dedo
corazón de la izquierda, que había tenido un anillo, ahora ha enviudado y
carece de su adorno. Quien me dio el anillo, ya hace tiempo que no tiene dedos,
sus manos se han confundido con las raíces de los árboles.
Manos
mías, que tantas veces habéis tocado las manos de los muertos y las manos
fuertes y cálidas de los vivos. Sabéis acariciar a las mil maravillas, y en ese
tacto perdéis la distancia que separa una existencia de otra existencia, el
cielo de la tierra. Manos a las que no os es ajeno el dolor del desaliento,
pegadas entre sí como dos pájaros temerosos, desamparados, que buscan a ciegas
las huellas de tus manos en todo.
De: “Oda
a las manos”
MAX JACOB
La
madre del cura
Yo
que golpeo en vuestra ventana,
Con mi saco y con mi bastón,
Con mis zuecos, mi pobre ropa,
Ha de llegar mi hijo a cura.
No juntaré ya más los restos,
En el camino toda mi vida.
“Madre, envíame a los hermanos,
de allí me iré para el seminario.”
Ni siquiera hace diez años
Que mi hombre el granjero ha muerto.
-Venderemos pared y techo
para que subas al altar,
que al seminario te puedas ir.
Hijo mío, tú irás a Nantes.
Cuando vendí tierras y granja
Me fui por campos y por calles
Para a las ferias ir a cantar.
A la madre del cura todo se le perdona,
Sin purgatorio, el paraíso tendrá
Y ya pronto en el presbiterio
Iré a la puerta a ver quién llama.
Entre usted pues, que soy la madre
Del señor cura, o de Monseñor
O del Papa si lo merece.
Yo
que golpeo en vuestra ventana,
Con mi saco y con mi bastón,
Con mis zuecos, mi pobre ropa,
Ha de llegar mi hijo a cura.
