Oda
a las manos
Os
saludo, manos mías, dedos míos prensores, uno de ellos quedó atrapado por un
portazo en un coche, le hicieron radiografías —la mano en esa imagen parecía un
ala dislocada— un trocito de hueso perfilado por su propio contorno. El dedo
corazón de la izquierda, que había tenido un anillo, ahora ha enviudado y
carece de su adorno. Quien me dio el anillo, ya hace tiempo que no tiene dedos,
sus manos se han confundido con las raíces de los árboles.
Manos
mías, que tantas veces habéis tocado las manos de los muertos y las manos
fuertes y cálidas de los vivos. Sabéis acariciar a las mil maravillas, y en ese
tacto perdéis la distancia que separa una existencia de otra existencia, el
cielo de la tierra. Manos a las que no os es ajeno el dolor del desaliento,
pegadas entre sí como dos pájaros temerosos, desamparados, que buscan a ciegas
las huellas de tus manos en todo.
De: “Oda
a las manos”
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