miércoles, 29 de noviembre de 2017


ALEJANDRA RETANA BETANCOURT





Los tristes no olvidamos. Te preguntaba dónde estaba mi casa y apuntabas al norte. Las horas eran esa miel escasa que lubricaba mis ojos en la oscuridad. Quería cantar que era feliz, pero no sabía renunciar a la tristeza. Los tristes perdemos todo porque nos negamos a olvidar. Salíamos a caminar sin rumbo, lujo de los que no tienen prisa, de los que son dueños de la tarde. Veíamos a dos niños meter flores en la alcantarilla y yo quería llorar porque sentía que a veces éramos como esas flores, nunca como esos niños. Siempre quise llorar, de tristeza, de alegría, de ansia embravecida. Quería que colgáramos un mapa de la ciudad en la habitación y dibujar sobre él un rostro cuyas lagrimas desembocaran en tu calle. Quería tanto pero callaba porque la gente triste siempre calla, se prohíbe el deseo. Me hubiera grabado tu nombre en la espalda de no haberla tenido cubierta de otros ya. Me decías que sólo teníamos una estrella y lo creía y pensaba que mi estrella apuntaba al norte, que ella no sabía nada de ti, que no brillaba cuando me desnudabas. Te vi arder, vi todo arder, y no encontré deidad alguna ni testimonio en la ceniza. Quería algo que no me atreví a nombrar, no fuera a ser que lo encontrara. Mas, ante todo, yo quería ser la más triste de los dos.



PATRICIA LABORDE




A Samuel Noyola, poeta desaparecido



¿Dónde escribes tus versos, Samuel?
¿Dónde los insuflas?
En el viento
en la superficie de un lago
sobre la tierra del campo
en el asfalto?
Acaso en tu propio vaho
cubriendo aquella ventana
o en lengüetazos de fuego
o sobre el témpano helado?

Tus versos
luciérnagas siempre emigrando…

Permanecen, tal vez,
encriptados
en la memoria
del último de tus lacayos.



PABLO OSORIO




VIII



Ellos dicen
sentencian
y acusan
A lo mejor
quizás
tal vez
es posible
Que sus premoniciones
después de todo
no sean tan malas:
"Seguir adelgazando
hasta que un día
desaparezcas"


JESSICA FREUDENTHAL

  


Poema curita



Tú no ves, con tus ojitos de botón,
que yo podría volarte la cabeza;
tú no escuchas,
con tus orejas de corcho,
la música que engendra mi saliva.

Tú no sientes,
con tu corazón de hormiga,
que mi corazón,
es de carne molida por tu culpa.

Y cada vez que me golpeas
ni te fijas
que los moretones
pintan un hermoso lienzo
en mi piel blanca
abandonada.

Y yo no entiendo,
como tú
con esos ojitos de botón,
tus orejas de corcho,
el corazón de licuadora
y tu lengua de alfiletero,
puedes tenerme así:

Empolvada y rota,
hecha jirones debajo de la cama,
con las piernas abiertas
y el vestido levantado,
la piel de porcelana y los labios de papel,
toda enamorada
chorreándome
las ganas en las bragas.

Y yo no entiendo por qué admito
que me tengas así,
si yo podría volarte la cabeza....


CARLOS MARZAL




El pozo salvaje



Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,
y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,
por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan
las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
Acepta, brinda y bebe.



ANTONIO PLAZA




Hojas secas



Tú despertaste el alma descreída
del pobre que tranquilo y sin ventura,
en el Gólgota horrible de la vida
agotaba su cáliz de amargura.

Indiferente a mi fatal castigo
me acercaba a la puerta de la parca.
Más infeliz que el último mendigo,
más orgulloso que el primer monarca.

Pero te amé; que a tu capricho plugo
ennegrecer mi detestable historia...
quien nació con entrañas de verdugo
sólo dando tormento encuentra gloria.

Antes que te amara con delirio
viví con mis pesares resignado;
hoy mi vida es de sombra y de martirio;
hoy sufro lo que sufre un condenado.

Perdió la fe mi vida pesarosa;
sólo hay abismos a mis pies abiertos...
quiero morir... ¡feliz el que reposa
en el húmedo lecho de los muertos!...

Nacer, crecer, morir. He aquí el destino
de cuanto el orbe desgraciado encierra;
¿qué importa si al fin de mi camino
voy a aumentar el polvo de la tierra?

¿Y qué la tempestad? ¿Qué la bonanza?
¿Ni qué importa mi futuro incierto,
si ha muerto el corazón, y la esperanza
dentro del corazón también ha muerto?...

¿Sabes por qué te amé?... Creí que el destino
te condenaba como a mí, al quebranto,
y ebrio de amor, inmaterial, divino,
quise mezclar mi llanto con tu llanto.

¡Ah!... ¡coqueta!... ¡coqueta!... yo veía
en ti de la virtud excelsa palma...
¿ignoras que la vil coquetería
es el infame lupanar del alma?

Di, ¡por piedad! ¿qué males te he causado?
¡Por qué me haces sufrir?... Alma de roble,
buscar el corazón de un desgraciado
para jugar con él, eso es... ¡innoble!

¿Me hiciste renacer al sentimiento
para burlarte de mi ardiente llama?...
Te amo hasta el odio, y, al odiarte siento
que más y más el corazón te ama.

Fuiste mi fe, mi redención, mi arcángel,
te idolatró mi corazón rendido.
Con la natura mística del ángel,
con el vigor de Lucifer caído,

que tengo un alma ardiente y desgraciada
alma que mucho por amar padece;
no sé si es miserable o elevada,
sólo sé que a ninguna se parece.

Alma infeliz, do siempre se encontraron
el bien y el mal en batallar eterno;
alma que Dios y Satanás forjaron
con luz de gloria y lumbre del infierno.

Esta alma es la mitad de un alma errante,
que en mis sueños febriles reproduzco,
y esa mitad que busco delirante,
nunca la encontraré: pero... ¡la busco!

Soy viejo ya, mi vida se derrumba
y sueño aún con plácidos amores,
que en vez del corazón llevo una tumba,
y los sepulcros necesitan flores.

Te creí la mitad de mi ser mismo;
pero eres la expiación, y me parece
ver en tu faz un atrayente abismo,
lleno de luz que ciega y desvanece.

No eres mujer, porque la mente loca
te ve como faceta de brillante
eres vapor que embriaga y que sofoca.
aérea visión, espíritu quemante.

Yo que lucho soberbio con la suerte;
y que luchar con el demonio puedo,
siento latir mi corazón al verte...
ya no quiero tu amor... me causas miedo.

Tú me dejas, mujer, eterno luto;
pero mi amor ardiente necesito
arrancar de raíz; porque su fruto
es fruto de dolor, fruto maldito.

Quiero a los ojos arrancar la venda,
quiero volver a mi perdida calma,
quiero arrancar mi amor, aunque comprenda
que al arrancar mi amor, me arranque el alma.