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sábado, 29 de noviembre de 2014

ANTONIO CISNEROS


 

I- Hampton Court

Y en este patio, solo como un hongo, adónde he de
mirar.
Los animales de piedra tienen los ojos abiertos
sobre la presa enemiga ciudades puntiagudas y
católicas ya hundidas en el río hace cien lustros
se aprestan a ese ataque. Ni me ven ni me
sienten. A mediados del siglo diecinueve los
últimos veleros descargaron el grano. Ebrios
están los marinos y no pueden orime las quillas
de los barcos se pudren en la arena.
Nada se agita. Ni siquiera las almas de los
muertos número considerable bajo el hacha, el
dolor de costado, la diarrea. Enrique El Ocho,
Tomás Moro, sus siervos y mujeres son el aire
quieto entre las arcadas y las torres, en el
fondo de un pozo sellado. Y todo es testimonio de
inocencia. Por las 10,000 ventanas de los muros
se escapan el león y el unicornio. El Támesis
cambia su viaje del Oeste al Oriente. Y anochece.

 

II. Paris 5e

“Amigo, estoy leyendo sus antiguos versos en la
terraza del Norte.
El candil parpadea. Qué triste es ser letrado y
funcionario. Leo sobre los libres y flexibles
campos de arroz: Alzo los ojos y sólo puedo ver
los libros oficiales, los gastos de la provincia,
las cuentas amarillas del Imperio”.
Fue en el último verano y esa noche llegó a mi
hotel de la calle Sommerard.
Desde hacia dos años lo esperaba. De nuestras
conversaciones apenas si recuerdo alguna cosa.
Estaba enamorado de una muchacha árabe y esa
guerra la del zorro Dayán le fue más dolorosa
todavía. “Sastre está viejo y no sabe lo que
hace” me dijo y me dijo también que Italia lo
alegró con una playa sin turistas y erizos y
aguas verdes llenas de cuerpos gordos,
brillantes, laboriosos, “Como en los baños de
Barranco”. Y una glorieta de palos construida
en el 1900 y un plato de cangrejos. Había dejado
de fumar. Y la literatura ya no era más sus
oficio.
El candil parpadeó cuatro veces. El silencio
crecía robusto como un buey. Y yo por salvar algo
le hablé sobre mi cuarto y mis vecinos de
Londres. de la escocesa que fue espía en las dos
guerras, del portero, un pop singer, y no
teniendo ya nada que contarle, maldije a los
ingleses y callé. El candil parpadeó una vez más.
Y entonces sus palabras brillaron más que el lomo
de algún escarabajo. Y habló de la Gran Marcha
sobre el río Azul de las aguas revueltas, sobre
el río Amarillo de las corrientes frías. Y nos
vimos fortaleciendo nuestros cuerpos con saltos y
carreras a la orilla del mar, sin música de
flautas o de vinos, y sin tener otra sabiduría
que no fuesen los ojos. Y nada tuvo la apariencia
engañosa de un lago en el desierto. Mas mis
diosos son flacos y dudé. Y los caballos jóvenes
se perdieron atrás de la muralla, y él no volvió
esa noche al hotel de la calle Sommerard. Así
fueron las cosas Dioses lentos y difíciles,
entrenados para morderme el higado todas las
mañanas. Sus rostros son oscuros, ignorantes de
la revelación. “Amigos, estoy en la Isla que
naufraga al norte del Canal y leo sus versos, los
campos del arroz se han llenado de muertos. Y el
candil parpadea”.

 

domingo, 23 de noviembre de 2014

ANTONIO CISNEROS



Un Perro Negro

 

Un perro. Un prado.
Un perro negro sobre un gran prado verde.

¿Es posible que en un país como éste aún exista un perro
negro sobre un gran prado verde?

Un perro negro ni grande ni pequeño ni peludo ni pelado
ni manso ni feroz.

Un perro negro común y corriente sobre un prado ordinario.
Un perro. Un prado.

En este país un perro negro sobre un gran prado verde
Es cosa de maravilla y de rencor.

 

 

lunes, 17 de noviembre de 2014

ANTONIO CISNEROS



Y Antes Que El Olvido Nos

 

Lo que quiero recordar es una calle. Calle que nombro por no
nombrar el tambo de Gabriel
y el pampón de los perros y el pozo seco de Clara Vallarino y
la higuera del diablo.
Y quiero recordarla antes que se hunda en todas las memorias así
como se hundió bajo la arena del gobierno de Odría en el año 50.
Los viejos que jugaban dominó ya no eran ni recuerdo.
Nadie jugaba y nadie se apuraba en esa calle, ni aun
los remolinos del terral pesados como piedras.
Ya no había hacia dónde salir ni adonde entrar. La neblina o el sol
eran de arena.
Apenas los muchachos y los perros corríamos tras el camión
azul del abuelo de Celia.
El camión de agua dulce, con sus cilindros altos de Castrol.
Yo pisé entonces una botella rota. Los muchachos (tal vez) se
convirtieron en estatuas de sal.
Los perros (pobres perros) fueron muertos por el guardián de la
Urbanizadora.
Y la Urbanizadora tenía unos tractores amarillos y puso los
cordeles y nombró como calles las tierras que nosotros no
habíamos nombrado.
(También son sólo olvido.)

Lo que quiero recordar es una calle. No sé ni para qué.

 

 

martes, 11 de noviembre de 2014

ANTONIO CISNEROS



Una muerte del Niño Jesús

 

No he prendido el lamparín de kerosene desde hace cuatro noches.
Mis ojos sin embargo están clavados en la mecha reseca.
Ciego ante las tinieblas como es ciega la polilla ante la luz.
Mis ojos de carnero degollado. Pobre mierda: lechuza de las dunas.

Y sé que el Niño no premia ni castiga. Aquí no hay Dios.
Y sé que hay luna llena pues me duelen las plantas de los pies.
Luna que en un par de horas ya será más oscura que este cielo.
Y Aguas y vientos color de uva rosada.
Y los devotos entonces a la mar ?por unos pocos peces.
Y las devotas entonces a los campos ?por unos pocos higos.
Tanta vaina carajo. El gallo enterró el pico.
Un mar de cochayuyos y malaguas y un arenal de mierda.
Somos hijos de los hijos de la sal.
No haré un huerto florido en esta tumba. A Mala iré,
por fiar mangos verdes y maduros y una torre de plátanos.
Después
por mi negocio iré. Todo a Lima, compadre, a Lima iré.
El Niño está bien muerto. El aire apesta.
Clavo la puerta.
Entierro la atarraya.
Enciendo el lamparín.

 

 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

ANTONIO CISNEROS

 

Tranvía Nocturno

 

Sido como fui el fauno real de Niza, la pantera -de
Argel- en el Hyde Park, gárgola alegre del
valle de Huamanga,
oh vedme convertido en el gorgojo tuerto del Danubio:
pimientos y vigilias sin rumbo y sin respuesta.
Virgen necia entre las vírgenes prudentes, un solo ojo
apestado que no ve
el cielo atrás del cielo, el triunfo de los hombres
que vendrán.
Sin lámpara de aceite que descubra las más verdes colinas
en los ojos
de un borracho fondeado en el tranvía a la hora del búho.
Campos de ámbar y avena que no oteo, gorgojo que ahora
evito:
No hay días venideros, apenas un tranvía cargado de
borrachos
como un carbón prendido entre la niebla.

 

 

 

viernes, 1 de junio de 2012

ANTONIO CISNEROS





Nocturno



Vivo en una casa protegido
por mujeres pequeñas, alegres y benignas.

Fuera de eso, el aire es áspero y azul
(y malo para el asma).

Un abra entre las nubes y la tráquea
atrás del horizonte.

Inmóvil dentro y fuera del pulmón,
compacto y plano.

Las hormigas pululan a la luz de la luna
y sin destino.

Las aguas se retiran y nos privan
de todas las especies comestibles.

No tardes, Nora Elvira, amada y lenta.
Lenta mía y bucólica no tienes

ni siquiera la excusa
de algún verde pasado rural.


De "Propios como ajenos" Antología personal